lunes, 20 de junio de 2016

El Cristal Carmesí

¿Le has matado?
- ¿Por qué mató a su marido?
  ¿Estás muerta?
- ¿Lo hizo?
  La chica abrió los ojos. La súbita luz inundó sus pupilas como un vaso de agua que rebosa, cegándola absolutamente.
- ¿Sabe cómo se llama?
  La voz procedía de su derecha, de un hombre. Había 3 personas más, pero era incapaz de distinguir el rostro de ninguno debido a la excesiva luz. Notaba los baches que superaba la camilla conforme se movía.
- Alba. Alba Soler.
- ¿Sabe lo que ha pasado? ¿Sabe dónde está?- De nuevo, la misma voz.
  Alba negó con dificultad. Tenía el cuello inmovilizado, probablemente por un collarín.
- ¿Por qué le mató?
  Alba trató de escudriñar a su interlocutor a través de la luz, pero resultó ser un esfuerzo fútil. Su voz le sonaba.
- No he matado a nadie…
  Tras aquellas palabras, cayó en un sueño profundo.

La música golpeó sus oídos, repentina como una lluvia de verano. A Little Less Conversation, de Elvis, una de las canciones favoritas de su marido. A pesar de oírse con interferencias, pudo reconocerla perfectamente.
  Alba entreabrió los ojos. Estaba en una habitación completamente blanca, sin un solo ornamento. La única ventana por la que se colaba una luz clara daba a la fachada del edificio de al lado. No había muebles, a excepción de su camilla, la mesilla de al lado sobre la que reposaban algunos objetos, como una lámpara y la radio, y una silla de metal desde la que un hombre ataviado con bata blanca le observaba. El aparente doctor se encorvó hasta apagar el transmisor.
- Disculpe, a veces se enciende sola. Lamento que le haya despertado.
  Alba tragó saliva y parpadeó con lentitud. Tenía la garganta seca y dolorida, y estaba parcialmente inmovilizada, tanto el cuello como su brazo izquierdo escayolado.
- Soy el doctor Christian- se presentó el médico.
  Alba le reconoció por la voz. Era el mismo que la había llevado hasta allí. Descubrió que no sólo la voz le resultaba familiar, sino también su aspecto. A pesar de estar sentado, se apreciaba perfectamente que era alto, de más de metro ochenta, tenía perilla y un pelo marrón que empezaba a volverse gris por algunas zonas, con un rostro cuadrado y atractivo. A pesar de sus esfuerzos, Alba no consiguió recordar dónde le había visto antes.
- ¿Dónde…?- comenzó la chica.
- Esto es un hospital. ¿Cómo se encuentra?
  Alba se lamió los labios.
- Tengo sed, y… me duele la nariz.
  Te arde la nariz. Te aprieta, te molesta, te impide respirar.
  El doctor Christian apuntó algunas cosas en su libreta.
- ¿Sabe por qué está aquí?
- No…
  Más apuntes, esta vez algo más largos. Una vez acabado, el doctor apretó el extremo de su bolígrafo, escondiendo la punta.
- Una última pregunta, ¿por qué mató a su marido?
  Alba tardó unos segundos en asimilar la acusación.
  ¿Por qué…?
- No lo sé. Es decir, yo no he matado a nadie.
  Christian asintió. Después, se levantó de su silla y se dirigió a la puerta.
- Procure descansar- dijo, antes de dejar a la mujer sola.

 La oscuridad es total. No ves nada. No sientes nada. Estás suspendida en un tarro de cristal lleno de agua. Se va llenando poco a poco, gota a gota, lágrima a lágrima…
  Alba abrió los ojos. La oscuridad era completa. Alguien había corrido las cortinas de la ventana. La oscuridad era infinita. La chica intentó incorporarse en su cama, encontrar una posición más cómoda, pero le resultó imposible. El cojín era tan blando que apenas lo sentía, y casi no se podía mover.
  Por Dios, Alba, ¿qué has hecho?
  La oscuridad era inexpugnable. La chica trató de sosegarse, de encontrar de nuevo el sueño y la paz. Gotas. El sonido de un goteo constante, como de un grifo, luchó junto al dolor para alejarla de sus sueños.
  No recuerdo ningún grifo cerca. No recuerdo nada de lo que pueda venir ese sonido.
  La chica intentó encontrar el sueño durante varios minutos, sin éxito. El sonido era un repiqueteo constante y molesto.
  Finalmente, con esfuerzo buscó a ciegas el interruptor de la lámpara. La oscuridad era opresora. Y entonces, se hizo la luz.
  Alba miró a su alrededor, difícil empresa sin mover el cuello. En la semipenumbra, no descubrió nada distinto a lo que había visto por el día. Decidió tumbarse.
  El techo era blanco, como las paredes. Por eso pudo verlo sin problemas. Una mancha oscura, justo encima de su cabeza, como una gotera de otro color.
  Qué extraña humedad. Casi parece… roja.
  El sonido de goteo volvió de nuevo. Alba vio un reflejo cruzar ante sus ojos, luego otro. Gotas carmesí volaban delante de ella. La chica trató de agarrar una con la mano. El líquido chocó y se deshizo como la tinta en su palma, y ella se lo llevó ante los ojos.
  Sangre.
  Sin duda era sangre. Su sangre. Y estaba ascendiendo hacia el techo, en donde alimentaba la mancha, cada vez mayor.
  Alba se incorporó bruscamente, con un sonoro crujido de cuello.
  La radio prendió, como si la estuviese esperando, y Elvis trató de ahogar sus gritos.
- ¡Socorro! ¡Socorro!
  Pocos segundos pasaron antes de que el doctor Christian apareciera con la misma bata blanca, con el mismo pelo cano. Demasiado pocos. El hombre encendió la luz y apagó la radio.
- ¿Qué sucede?
  Alba se recostó para mirar al techo.
  Nada.
  La mancha había desaparecido. La chica se tocó las cejas, el lugar de dónde creía procedía la sangre. Nada.
  Estás loca.
  El doctor Christian la guio con las manos hasta encontrarle una posición adecuada.
- Es normal experimentar miedos irracionales en su situación. Procure descansar.
  Alba consintió la ayuda. Se encontraba débil, sin fuerzas, dolorida y sedienta.
- Por cierto, señora Solar, ¿por qué mató a su marido?
  Alba miró a Christian súbitamente. El hombre seguía clavando en ella sus fríos ojos azules, sin ningún tipo de emoción.
- Yo no maté a mi marido.
  El doctor Christian apagó la luz de la mesilla y se levantó. A pesar de verlo desde el rabillo del ojo, Alba creyó que el hombre se alejaba andando hacia atrás. Luego, apagó la otra luz.
  La oscuridad…

“A little less conversation, a little more action please,
All this aggravation aint´t satisfactioning me…”
  Maldita radio.
  Alba abrió los ojos de nuevo. La luz tenue ya iluminaba su cuarto. El techo estaba limpio otra vez, lo cual la alivió.
  Con calma, la muchacha trató de ordenar sus pensamientos. No recordaba nada de lo que había pasado antes de entrar en el hospital.
  Tu marido te quería.
  Las palabras, que acudieron a su mente desde la nada, la hicieron sentir triste. ¿De verdad era posible que le hubiese matado? Respiró profundamente por la boca. Apenas lograba que pasara aire por su nariz.
  Una fiesta. Estabais en una fiesta.
  El pensamiento fue tan repentino que dudó de si se trataba de un susurro. Era cierto, creía, hasta cierto punto. Había ido a una fiesta con su esposo.
  ¿Qué esposo? ¿Cómo era?
- Traidor…
  La chica se convulsionó, tratando de alejar los pensamientos confusos. Le dolía la cabeza, probablemente por algún golpe. Se pasó la mano por el pelo, para masajearse las sienes y calmar sus ideas. Lo tenía sucio y pegajoso. Se dio cuenta de que no sabía qué aspecto tendría, pero sería horrible.
  ¿Cuánto llevas sin ducharte?
  Alba se mesó un mechón de pelo. Antes de soltarlo, un grueso se desprendió, muy cerca de su frente. La chica se contempló la mano. Allí estaba su guedeja castaña, oscurecida y apelmazada, colgando de su palma. En uno de sus extremos, una costra roja y sanguinolenta goteaba sobre su regazo.
- ¡Doctor! ¡Doctor!
  El doctor Christian volvió a entrar con inusitada prontitud. El médico caminó hasta la radio y la apagó con calma.
- ¿Le gusta esa emisora?
  Alba ni siquiera prestó atención a la pregunta.
- Doctor, mire.
  La chica le enseñó el mechón de pelo. Pero no era igual. El pelo estaba limpio, y no tenía aquella costra desagradable. Christian la miró impasible.
- Arrancarse el pelo es un síntoma común en gente que ha hecho lo que usted. Pero no debe ceder a sus instintos.
  Alba le miró, extrañada.
- ¿Hecho?
  ¿Qué he hecho?
- Debe estar tranquila. Esta tarde vendrán a aclarar las cosas. Mientras tanto, descanse.
- ¿Qué es lo que hice?
- No es de mi competencia juzgarle. Descanse, mientras tanto. Esta tarde vendrán a aclarar las cosas. Tranquila debe estar.
  Alba volvió a recostarse. Se sentía, de nuevo, agotada hasta la extenuación. Estaba claro que había sufrido alguna especie de traumatismo, probablemente sufriera los efectos del estrés. Tenía razón. Tenía que calmarse.
  ¿Cuánto llevas sin beber?
- ¿Me trae un vaso de agua?
- Le daré lo que merezca- respondió el médico con frialdad.
  No te lo mereces.
  Esta vez, inequívocamente, el doctor Christian se levantó y se marchó de la habitación andando hacia atrás. El sonido de sus playeras en el suelo rebotaba en sentido inverso, como si se tratara de una cinta siendo rebobinada.

La mañana fue larga y aburrida. Alba alternó momento de lucidez con momentos de somnolencia superflua. Trataba de recordar, pero a veces le pitaban los oídos. Al principio levemente, después más alto.
  No importa. Piensa, ¿qué pasó?
  Trató de recordar nuevamente. ¿Qué había sucedido el día anterior? ¿Cómo había llegado allí? Cuanto más se esforzaba, más se frustraba. El dolor de su nariz aumentaba, y el de su cabeza. Recordaba el sabor de la fiesta, a alcohol, a risas, pero también a tristeza. Aquello era como chocar contra un muro. Al principio de manera imperceptible, hasta que finalmente lo cubrió todo, el pitido de su cabeza creció, ganó tamaño e intensidad, volumen, hasta aprisionarlo todo a su alrededor. Con dolor, apretó los ojos. Era casi como un claxon. Un sonido constante y violento, sentía como si su cerebro sangrara…
- ¿Señora Soler?
  El pitido desapareció.
  El doctor Christian estaba delante de suya. Su ropa había cambiado, pero era él sin duda. Misma barba, mismo pelo cano, mismos ojos azulados. En lugar de la bata blanca, ahora llevaba una gabardina oscura que le llegaba hasta las rodillas.
- ¿Sí?
- Agente Clar, de la nacional. Quería hacerle una pregunta.
  Alba le miró con ojos vidriosos. El agente especial tenía idéntica mirada, el mismo pelo, la misma estatura.
  Es imposible.
- Es imposible- dijo ella en voz alta.
  El agente Clar ignoró el comentario.
- Señora Soler, le prometo que esto será mejor para todos si colabora. Dígame, ¿qué fue lo que pasó?
  Eso es. ¿Qué pasó?
- Yo no… yo… no lo sé. No lo recuerdo.
  No lo quieres recordar.
- Señora Soler, por favor, responda.- El agente Clar se encumbró sobre ella-. ¿Por qué mató a su marido?
- Yo no…
- Eso. ¿Por qué me mataste?
  Al principio, Alba creyó que la voz procedía de su cabeza. No era así. La frase era grave, distorsionada y sucia, como naciente de una boca llena de barro. Y venía de su derecha.
  Alba se volví con dificultad, dando la espalda al investigador. Una mirada muerta le devolvió la suya. Ante ella, encontró una cara deformada, destrozada, abierta por la mitad. Aquel rostro era un amasijo de carne y huesos irreconocible, a excepción de la dentadura expuesta y sanguinolenta de la que escapaba parte de la lengua entre las piezas. El cadáver estaba tumbado a su lado, a lo largo de la camilla. Casi podía sentir el frío de su cuerpo.
- ¿Por qué, Alba?- repitió el muerto, y una ola de sangre y dientes machacados se escapó de sus torturados labios.
  Alba chilló como nunca antes había hecho. La chica empezó a convulsionarse, apartándose del muerto con vehemencia, hasta que dos brazos fuertes la sujetaron.
- Tranquila. Necesitas descansar- dijo la voz de Clar, ¿o era la de Christian?
  La chica se debatió, peleó cuanto pudo, trató de zafarse de la prensa para alejarse del muerto. El pitido volvió a su cabeza, aquel claxon vehemente y furioso, ensordecedor. Respondía con repugnancia cada vez que rozaba el cuerpo del cadáver parlante.
  No le ven.
- No hay nadie más aquí- dijo el hombre.
- Yo no he dicho nada…- lloró Alba-. Por favor, dejadme…
  Jajajaja. Debiste haberlo pensado antes.
- Tranquila.- Esta vez, la voz de su captor resultó mucho más suave y serena-. Necesitas descansar.
  Poco a poco, las sombras volvieron a adueñarse de la mente de la joven. 

Alba despertó. De nuevo, esa negra oscuridad.
  Queda poco. Ya vienen.
  La chica estaba confusa y mareada. Gradualmente, los últimos acontecimientos volvieron a su mente. Un sentimiento de terror embargó su cuerpo por completo. El cadáver… o lo que fuera, podía seguir allí, silencioso, guarecido por las sombras. Intentó no moverse. Casi ni respiró para ello. Cualquier roce sería horrible, y más a ciegas.
  Es la consecuencia lógica de tus actos, ¿no crees?
  Alba empezó a llorar. Las lágrimas brotaron ácidas desde sus ojos, resbalaron por sus mejillas y se filtraron dentro del collarín de su cuello.
  Súbitamente, “A Little More Conversation” estalló de nuevo en la radio. El corazón de Alba estuvo a punto de colapsar. La joven buscó la luz a tientas, la prendió y cogió la radio. Se descubrió a sí misma sola en la habitación, con alivio.
- ¡Radio del demonio!
  La chica apretó con fuerza el botón de apagado, pero no funcionó. La música seguía sonando. Con dedos nerviosos, buscó la apertura para las pilas.
- Vamos, vamos…
  A pesar de contar con una sola mano, consiguió abrirla. Nada. El espacio para la batería estaba vacío.
  Alba arrojó el objeto con toda su fuerza contra el suelo, en un acceso de rabia. La radio estalló en mil pedazos, esparciendo fragmentos de plástico por todos lados. Era imposible que siguiera sonando. Y, sin embargo, la canción no cesaba.
  No viene de la radio.
- No viene de la radio… ¡me están torturando!
  De repente, una idea fugaz acudió a su mente. Una idea cruel y perversa. Una que lo explicaba todo.
- ¡Me están torturando! La música, el doctor cambiando de ropa, el cadáver… ¡todo es un montaje! Alguien quiere hacerme sufrir. ¿Mi marido? ¿Por qué? Traidor…
  Esa idea no tiene sentido. ¿Y la sangre en el techo? ¿Y tu pelo?
- Me están drogando. Es eso. No hay otra posibilidad. Me están drogando y me hacen alucinar.
  Pues, si tan segura estás, vete.
  Alba contempló otras opciones, pero no encontró ninguna otra. Además, el sonido de la música la desconcentraba.
  La chica se levantó de un salto. Estaba descalza, desnuda bajo el camisón, expuesta. Se encontraba débil y mareada. El brazo, no lo sentía. No podía mover el cuello. No podía respirar más que por la boca.
- Tengo que escapar.
  Con paso trémulo, la chica salió de la habitación. Se encontró con un largo pasillo oscuro, inerte como todo lo demás. No había nada en las paredes. No había máquinas, recibidor o camillas. No había ninguna cosa ni nadie. Más que un hospital, aquello parecía un almacén abandonado.
- Me han engañado…
  Alguien te engaña. Pero eres tú.
  Alba caminó por el pasillo. Siguió sin cruzarse con ningún alma, sin ver nada. Sólo aquella tenue oscuridad.   
  De repente, su cabeza volvió a activarse. Aquel terrible claxon se unió a la música reiterativa.
- ¿Señora Soler?
  La voz del médico, llamándola desde su espalda, la sobresaltó aun más. La figura del hombre se contorneaba en el otro extremo del pasillo. Alba comenzó a correr.
  Corre.
- ¡Corre!- gritó el médico. Su voz había cambiado de tono, una octava más aguda.
  Alba corrió por el pasillo, chapoteando. En la negrura no se había percatado, pero el suelo estaba encharcado. O quizás acaba de volverse así. El claxon y la música la acosaban, como bestias de caza. Se descubrió a sí misma empapada, también por la cabeza.
  Al final del corredor, encontró una puerta de emergencia. Trató de forzarla sin éxito. Estaba cerrada.
- Tranquila.- El médico había avanzado peligrosamente-. Tienes que descansar.
  Alba tiró de la puerta con todas sus fuerzas, pero nada ocurrió. El doctor la alcanzó demasiado pronto, y ambos empezaron a forcejear.
- Tranquila… tranquila…
  La voz del hombre había cambiado por completo, casi parecía la de una mujer…
  La música la acuciaba. El claxon había invadido sus sentidos por completo. Y ella sólo se resistía y debatía, con su cuerpo entumecido, empapado, dolorido.
- Cálmate…
  Cálmate.
- Cálmate…
  Cálmate.
- ¡Nooo…!

Alba abrió los ojos. Estaba en un espacio opresivo, cabeza abajo. Unas luces azules que parpadeaban envolvían su cuerpo. En el exterior, llovia.
- ¡Tranquilícese!- dijo una voz a su lado.
  Alba se giró. Se trataba de una chica joven con coleta y un traje naranja. Era una operaria del SAMUR.
- ¿Qué…?
  Alba miró a su alrededor. El volante estaba lleno de sangre, con un hilo que se juntaba con su nariz. El parabrisas también estaba empapado del rojo líquido, encharcándose con la sangre que le salía de la cabeza. Por suerte, el cinturón de seguridad había impedido que saliera despedida. La música de Elvis, el cantante favorito de su marido, aún sonaba en la radio, a la vez que el molesto claxon de su coche, activado por algún fallo de seguridad.
- ¡Calmese, la vamos a ayudar!- insistió la chica del SAMUR, haciéndose oír por encima del estruendo y la lluvia.
  Alba seguía confundida y desorientada. Las gotas se colaban por la puerta abierta, empapándola por completo. Miró a su derecha. Tuvo que reprimir un grito.
  Allí estaba su marido. Pero, al mismo tiempo, ya no estaba. Tendido en el asiento del copiloto, los rasgos del hombre habían quedado completamente desdibujados. Ya nada quedaba de su perilla. Apenas se distinguían sus ojos azules. Tan sólo una máscara sangrante y deformada, sangre que se comía el resto de su cabeza incipientemente cana. Alba gritó.
  Tras unos minutos de intentos, finalmente los equipos de seguridad consiguieron sacar a la mujer del coche. Los médicos la trataron de manera eficaz, vendando sus heridas, inmovilizando su cuello y poniéndole un cabestrillo en su brazo izquierdo, inutilizado por el accidente.
  Ya está.
  Dentro de la ambulancia, pasó un tiempo a solas con sus ideas, hasta que un hombre algo mayor que ella, con barba mal afeitada y medio calvo, se acercó a ella, visiblemente malhumorado.
- Agente Rodolfo Sanchís, especialista en homicidios- se presentó con un deje de desgana-. Dígame, ¿qué ha pasado?
  Alba cogió aliento.
- Salimos de una fiesta, mi marido y yo. Habíamos bebido los dos. Yo conduje y tuvimos un accidente.- Las palabras escaparon de su boca de carrerilla. Aun no se acordaba de todo, pero sabía que era verdad-. Yo le quería… le quería tanto y… me siento tan culpable…
  Rodolfo lo apuntó todo en una libreta que sacó de su bolsillo.
- Típico- respondió el hombre de manera grosera-. Muy bien. Eso es todo.
  El inspector salió del vehículo.
  A solas de nuevo, Alba miró a su alrededor, a todos aquellos aparatos que la rodeaban, máquinas parpadeantes que pitaban.
  Ya está. Se acabó todo. Todo.
  Alba cogió aire profundamente por la boca.
- Puta lluvia…- oyó decir al inspector Sanchís, en el exterior.
  De repente, un policía joven pasó junto a la puerta abierta de la ambulancia. El chico le lanzó una mirada de soslayo, turbia y sombría, antes de seguir de largo.
- Señor, hemos encontrado algo… en el maletero- oyó decir al nuevo policía.
- ¿Qué?- La voz del inspector era como un ladrido.
  El policía joven tragó saliva.
- Otro cuerpo. De una mujer. Estaba atada y amordazada.
- Joder…
- Están analizando su móvil. Hay fotos con la otra víctima.
- No me lo digas: se la tiraba.
- Parece ser que eran amantes. Sí.
- Joder, joder…
  Dentro de la ambulancia, Alba Soler se mantuvo callada, observando el manto de lluvia desde el interior del vehículo. Las luces de los coches de policía y de los vehículos de seguridad eran como fuegos artificiales ante su distante mirada.
  ¿Por qué le mataste?
  Alba esbozó una sonrisa dolida, mientras regaba su mejilla una lágrima solitaria.
- Porque le quería.

FIN



viernes, 22 de abril de 2016

Culpa

Es mi falta. Es la tuya. Es la nuestra.
Culpa, todo se reduce a eso:
de quién es
quién ha sido el causante de todo esto o aquello
en un principio. El agente primigenio,
el arquitecto de la discordia.
Culpa.
Tú me culpas, yo te culpo.
Ninguno sabemos ponernos en el lugar del otro.
Es frustrante, frustrante para mí.
Trato de hacerlo, trato de entenderte,
trato de meterme en tu piel y ver qué he hecho malo.
No lo encuentro del todo, no lo veo.
La he hecho daño. La quieres. Discúlpate. Lo hago.
Da igual que no veas el motivo, sólo hazlo.
Lo hago, pero no sirve. Ella no va a disculparse
nunca. Aunque no lo sienta. Aunque sólo
sea para que me encuentre mejor y acabe esta guerra.
No valgo tanto como ella para mí.
Quizás.
Culpa.

Así, el veneno nace entre nosotros
como una picadura de escorpión.
Nada vale más que el orgullo,
somos víctimas del miedo, de la rabia,
ausentes de la palabra perdón.
Frustración. Porque sí me disculpé.
No sirve. No es la manera.
No quiere hablar. No quiero verla.
Culpa.
Prefiero hablar las cosas, que dejar que la relación se ahogue
agonizando por una herida pequeña, invisible
como la muerte.
La que todo se lo lleva.
El viento, las relaciones, los malos momentos
y los buenos.
Pecando de enfrentamiento, testarudez y ceguera.
Preferimos una vorágine de amargura
que sube, que vuela. Que se traga
la felicidad entera,
antes que reconocer que no lo sabemos todo.

Culpa. Culpables.
Mis intentos de hablar son fútiles
no hay es manera.
Cedo, de nuevo, como pedí perdón sin éxito.
¿Tú quieras que hagamos como si nada? Así lo tengas.
Estoy cediendo. Mírame. Lo estoy haciendo bien. Creo que de nuevo.
Culpa. ¿Por qué esperas nada a cambio?
Cómo si algo te debiera la razón o la lógica,
o ella.
Ceder tampoco está bien.
Los reproches vuelven a clavarse en tu piel
y no hay nada que puedas hacer,
porque ya no sabes ser mejor.
Culpa, culpa tuya.
Mentiroso, rastrero, abominable
juegas con sentimientos y con el tiempo,
atacas la alegría, sólo recibes desprecios
Porque es lo que te mereces.
Porque eres culpable.
Porque, si te mueres, será bueno.
O, al menos, si desapareces.

Culpa. No tienes valor.
No hay agallas en tu cuerpo, no puedes
superar el posible dolor.
No haces lo que has de hacer.
Prefieres hablar, alargar la agonía,
prefieres que llegue otra tormenta,
otra que se enfrente a ese barco
de resquebrajada cubierta,
de una a otra, más.
Con cada nuevo temporal,
el casco se rompe
y seguirá sin repararse hasta que venga una ola
y lo quiebre hasta el nombre.

Culpa. Culpable. Culpables.
A tu izquierda no hay salida
tampoco a la derecha.
Sigues naufragando eternamente, y ya no
queda nada en la reserva.
Herido de gravedad, se aleja a rastras
el caballo de los sueños,
por el agobiante desierto,
donde la cobardía, el miedo y la tristeza lo
asistan,
donde nada quede más allá de la vista,
donde muera lentamente, hasta que venga una nueva catástrofe
y lo haga todo añicos,
donde el entierro y el hastío
se convierta en su tumba,
donde nada quede,
excepto
la

culpa. 

sábado, 16 de abril de 2016

Marioneta de Ojos Dispares

Para Zapillo, el amor había significado la perdición completa de su cordura y de su alma. Ella era una joven hermosa, heredera de un adinerado empresario que comerciaba con especias; él, el hijo de un simple intermediario que nada sabía del mundo ni de las personas.
  Incluso para la sociedad de Brno del año 1878, Zapillo Sobinski era un joven demasiado introvertido, ensimismado en un mundo interno donde su habilidad era su mayor orgullo. Ya fuera con papel, madera, latón o cualquier otro material capaz de ser maleado, el muchacho podía realizar las más impresionantes creaciones: aves de papiroflexia que parecieran capaces de alzar el vuelo por sí solas, figuras de artesanía cautivadoras de miradas con sus detalles, aviones y barcos dispuestos a colonizar cualquier elemento si se lo propusiera… y su más laboriosa creación, las marionetas.
  Zapillo ocupaba gran parte de su tiempo con su afición, rodeado de sus propias creaciones. Su padre, un acomodado comerciante local, había sugerido en múltiples ocasiones venderlas y dar a conocer su talento, algo a lo que el joven siempre se había opuesto.
- No son baratijas para comerciar. Cada una de mis figuras tiene personalidad, alma… y una parte de mí. No quiero venderlas. Sólo que existan- replicó la vez que el señor Sovinski se lo sugirió. Cuando hablaba de su pasión, era como si un fuego naciera en el pecho del chico, llama capaz de dar calor a su alma, pero también de quemarla.
  Con 16 años, Zapillo había demostrado ser diferente al resto de niños. Tenía el cabello sedoso y rubio, la piel pálida y el cuerpo estilizado de un artista, aparte de unas manos finas y habilidosas que empleaba con esmero, pero siempre se había sentido acomplejado por un detalle: tenía un ojo de cada color. Así, mientras el derecho era verde cual jade, el izquierdo reflejaba un azul como el más virgen de los mares. Su madre a menudo le repetía lo especial que era y el efecto que causaría entre las damas tan inusual característica, pero él no estaba tan seguro. Zapillo no salía más que para ir a la escuela, no jugaba o se relacionaba a penas con otros niños. Tenía miedo, miedo de no encajar con el resto, miedo al rechazo o a las burlas por su inusual característica. Nunca habría podido adivinar cómo actuarían los demás, así que había decidido no arriesgarse. La soledad nunca le había supuesto castigo así que, mientras pudiera implicarse en su arte, sería feliz.
  El mundo del joven cambió por completo cuando el señor Sovinski fue contratado por Gretto, el gran comerciante de especias, que contaba con una flota entera para sus gestiones. Durante meses, los hombres estuvieron manteniendo relaciones de negocios hasta que, un día, su padre llevó a Zapillo a una reunión donde conoció a la hija del comerciante. Rosita Gretto era esbelta y rubia, de una encomiable belleza, labios carnosos y ojos dulces y sinceros. Inmediatamente, Zapillo cayó prendado, por lo que aguardó un momento en que pudiera escaparse de la conversación e invitar a la muchacha a una cita.
  Por alguna razón, sus almas conectaron, y Zapillo y Rosita comenzaron una relación sentimental tan súbita como el relámpago. A escondidas de sus padres, al principio como un juego, los jóvenes empezaron a verse a menudo y compartir su tiempo. Ella encontraba paz viéndole trabajar y dar vida a sus creaciones; él hallaba refugio en su sonrisa, en la escucha paciente de lo que sentía cuando trabajaba y en sus ojos inocentes como joyas. Así pasaron largos meses hasta que, del mismo modo que una tormenta eléctrica, el encanto desapareció una vez descargado.
- Deberíamos dejar de vernos- dijo Rosita, durante una de aquellas citas a orillas del río Svratka. Apenas le miraba a la cara-. Mi padre es un hombre poderoso, yo una pieza fundamental de su imperio. Tú procedes de una familia mucho más humilde, quizás no lo entiendas, pero tengo la responsabilidad de encontrar un partido mejor.
- Pero Rosita… yo te quiero…- sollozó el chico.
  La chica le interrumpió con una cruenta carcajada.
- Pobre diablo enamorado… ¿realmente pensaste en algo serio? Como entretenimiento comenzó, y de la misma manera que cuando un juguete se rompe se tira, nuestro tiempo se acabó. Por el bien de tu salud, mejor sería que pensaras en otra cosa.
  Aquella fue la última vez que Zapillo y Rosita hablaron.
  El joven sujetó los pedazos en que le había convertido su anhelo. Había amado, había vivido, había decidido salir de su mundo seguro… y había perdido. Con las hojas otoñales de su efímero noviazgo aun posadas en su interior, tomó la determinación de no volver a enamorarse o, más aún, arriesgarse.
  Como preso de un trance, aquella misma noche, el despechado se recogió en su habitación, tomó madera, cuerda y pinturas, su afilada navaja inoxidable y comenzó a trabajar. Brizna a brizna, tajo a tajo, tallado a tallado, primero modeló las piezas hasta que tomaron la forma adecuada. Con pintura acrílica perfiló los rasgos, y con clavos, tuercas e hilo ensambló las partes, hasta formar una marioneta. La muñeca le miraba con ojos dulces y tiernos, cabello largo y dorado y el mismo vestido azul con el que Zapillo siempre recordaría la vez primera que viera a Rosita en casa de su padre. El joven repasó los detalles con sumo cuidado, y luego hizo bailar los hilos para que la dama de madera hiciera cuanto él quisiera. Vio que estaba bien, y sonrió. No se detendría ahí.
  Día y noche, Zapillo se dedicó por entero a su obra. Madera, latón, hilo o cobre, voluntariamente encarcelado, su estudio se convirtió en la maqueta de un mundo que nunca querría conocer. Coches con ruedas de plástico, farolas, casas y papeleras, toda la ciudad de Brno acababa por formarse ante sus ojos… sólo quedaban los habitantes, compañeros para su primera creación.
  Con esmero y dedicación, el chico continuó engrosando las filas de su séquito de muñecos sin alma, marionetas que poblaran la ciudad que había recreado. Los primeros en acompañar a Rosita fueron su padre y su madre, muñecas marrones y regordetas. Después, le siguieron sus antiguos compañeros de clase, el panadero, el charcutero, policías y un médico. Cuando hubo terminado de recrear suficientes vecinos, comenzó la verdadera farsa.
  Zapillo manejó a las marionetas desde las alturas durante días. Ante sus dispares ojos, las figuras cobraban vida, interactuaban, se relacionaban, se reían… todo su mundo funcionaba, todo aquello se movía, y lo hacía en la dirección que él quería. En aquel lugar, todo era bueno y armonioso. Las personas no se enfadan ni peleaban, los ricos no abusaban de los pobres, los ladrones ni los asesinos, ninguno existía. No había heridas de amor. La gente era feliz y se complacía, como debía ser. Como él quería que fuera. Un mundo sin dolor.
  Los padres de Zapillo pronto empezaron a preocuparse. Su hijo apenas salía de su habitación, apenas comía, apenas se relacionaba con ellos. Comprensivos, pensaron que se trataba de una fase a la que debía enfrentarse de un modo u otro, pero la situación estaba al borde del colapso. A veces podían transcurrir días sin verle, suponiendo que el joven aprovechaba la noche para alimentarse un poco antes de volver a arrastrarse a su cueva, para ellos demente. Ni siquiera sabían si estaba yendo a la escuela.
  Un buen día, uno de aquellos en los que el joven apenas había dado muestras de vida por largo tiempo, su padre perdió la paciencia.
- Esto se tiene que acabar- proclamó, segundos antes de encaminarse al estudio.
  Antes de que su mujer pudiera detenerlo, insegura si quiera de si quería hacerlo, ella también le siguió.
  El hombre golpeó la puerta del cuarto con vehemencia.
- Zapillo, esto ha ido demasiado lejos. ¡Abre!
  Al no obtener respuesta, el padre decidió entrar por su cuenta.
  Lo primero que llamó la atención, fue el olor. El barniz, la pintura y la madera se mezclaban en el aire en un aroma que poseía vida propia. La habitación estaba tranquila y quieta. En las paredes, las decenas de creaciones en las que su hijo se había ensimismado descansaban con quietud, expectantes, silenciosas. En el centro, la maqueta de la ciudad albergaba a sus inanes habitantes, tan muertos como cualquier otra cosa. La cama estaba vacía, la ventana cerrada por dentro, y ni rastro de Zapillo por ningún lado.
  Los Sovinski buscaron a su hijo por todas partes, mas sin éxito. Tras esperar 24 horas, contactaron con la policía. Hubo registros, preguntas a los vecinos e indagaciones, pero todo fue estéril. Zapillo no apareció por ninguna parte. Días después de aquello, un oficial les abrió los ojos con la crudeza de la realidad que golpea cual mazo de acero.
- Señores Sovinski, su hijo ha desaparecido. No creemos que haya sido secuestrado, pues ya habrían recibido noticias de ello. Lo más probable es que él mismo se haya ido.
  Los padres de Zapillo lloraron y se lamentaron por no haber actuado de una manera mejor. Nada más supieron de su hijo.
  Con el paso del tiempo, el dolor apenas cicatrizó. A pesar de la opinión de su padre, la madre de Zapillo decidió dejar el cuarto de su hijo tal y como lo encontraron, manteniendo de alguna manera su presencia. Durante años así pasaron las cosas, hasta que una mañana la mujer gris recogió todas las marionetas del cuarto en una caja, una por una. Con un escalofrío, se percató de que cada personaje tenía rasgos de personas que ella misma conocía: familiares, amigos, comerciantes de la zona... Tratando de no pensar en ello, lo hizo todo lo más rápido que pudo. Finalmente, recogió una de las últimas del suelo, una marioneta delgada, de brazos y piernas largas. La mujer no se percató de ello, pero aquel muñeco tenía un ojo pintado de cada color. La metió en la caja con el resto.

Muchos años transcurrió desde que Zapillo desapareciera de su casa. Meses, estaciones, decenios. Los Sovinski murieron sin conocer nunca el paradero de su hijo, al igual que los policías, al igual que todos sus conocidos… Como gotas de lluvia, el tiempo se derritió desde el cielo y se escurrió por el suelo, embarrando su memoria hasta que los mismos rumores murieron. La vida en Brno evolucionó, ajena por completo a la historia del triste hijo del comerciante.
- ¡Quiero esa! ¡Y esa! ¡Y esa también!- proclamaba Artemisa, señalando cada objeto de la tienda de antigüedades Sovinski.
  Chuck miró a su novia con ojos cansados. Luego, abrió su cartera.
  Artemisa era una joven bonita, extrovertida y caprichosa. Desde que comenzaran a salir hacía ya 6 años, Chuck no recordaba un solo día en que se hubiera sentido realmente libre. A menudo, el chico se planteaba si seguir juntos le hacía feliz, o si sólo se trataba de costumbre. A veces, no estaba seguro de si podía descartar la compasión. La infancia de la chica había sido dura, sin duda. Su madre, rehén del alcoholismo y la depresión, les había abandonado a ella y a su padre cuando aún era una niña. Chuck pensaba que tal vez aquello explicara su repelente carácter. Su nueva casa, aquella que estaban decorando, era el último bote salvavidas en medio del mar de mentiras que era su noviazgo.
  A Artemisa le encantaban los muñecos, como el fetiche retorcido de una personalidad infantiloide. Una vez en la tienda de antigüedades más famosa de la ciudad, no dudó en sentir antojo por cada una de las muñecas, impregnadas con la historia de niños del pasado: payasos, jóvenes damas, zagales con sus pelotas… En aquella tienda, realmente había de todo, para desgracia de Chuck. Coches de latón, barcos, casitas de madera… pero la chica sólo quería muñecos, dueños absolutos de su obsesión. Cuando la muchacha llegó a una estantería repleta de marionetas, gritó tan fuerte que asustó al dependiente.
- Olvida lo demás- dijo Artemisa-. Quiero esto.
  Más que el resto de muñecos, las marionetas, con sus hilos a la espalda como único equipaje, le habían reportado una atracción extraña desde que fuera pequeña. Con el dinero de Chuck, decidió aumentar la colección que ya tenía: un bombero, una enfermera, una mujer cartero, una niña que le recordaba a ella y una última especial, sincera, una que a simple vista parecía poca cosa, pero que si uno se fijaba bien podía ver que era genuinamente única, una que tenía un ojo de cada color.
  A pesar de un comienzo prometedor, una primera luna de miel esperanzadora y radiante como todas, pronto llegaron las dificultades para Chuck. La chica no sólo quiso apropiarse de la decoración, sino también de las reformas, las comidas o incluso las finanzas del hogar. A pesar de que siempre había sido posesiva y controladora, sus defectos afloraron con más vehemencia, como si tratara de manejar el mundo del mismo modo que a sus juguetes. Tras unos meses que Chuck describiría como “insoportables”, el chico decidió que aquel paso había sido un error y abandonó a su novia.
- ¡¿Cómo te atreves?!- gritó la chica en cólera-. Con lo que te he dado… ¿piensas marchar sin más? Pues bien, allá tú. Pero no creas que estaré esperándote cuando vuelvas con la barriga en el suelo.
  A pesar del estallido inicial de cólera, pronto la soledad golpeó a Artemisa con crudeza. Por muy caprichosa, antipática o egoísta que hubiera sido, en realidad había amado a su pareja. Sin poder evitarlo, un vacío nació en su pecho, y ese hueco se fue abriendo paso en su interior como la piedra en el agua, hasta consumirla.
- Todo el mundo me abandonaba… me encuentro tan triste y tan sola…
  Su trabajo empezó a ir peor; su apoyo se había desvanecido como un fantasma. A pesar de tener amigos, nunca llegó a alejarse de sus problemas: los recuerdos de Chuck, la falta de afecto, el reflejo culpable que le devolvía la mirada desde el espejo...
  Un día, acuciada por deudas y una insaciable hipoteca, descorchó una botella de vino y la acompañó con demasiadas pastillas para la ansiedad. No es que quisiera suicidarse, pero afirmarlo no habría sido mentira. De un modo u otro, Artemisa quedó adormilada, sumida en una niebla agradable y densa que convertía su mente en vaporosa. Su mente ascendió, su cuerpo dejaba de ejercer cualquier tipo de peso…
  De repente, no estaba en su habitación, sino en una ciudad. La muchacha tardó un tiempo en descubrir que se trataba del mismo Brno, pero diferente. Las calzadas eran caminos pedregosos e inflamados de baches, los coches habían sido sustituidos por carros, la gente vestía diferente, como disfrazados de otra época. Los edificios eran de piedra erosionada y vieja, y un aroma pajizo y rancio inundaba sus sentidos.
- Disculpe, ¿puedo ayudarla en algo?- preguntó un joven a su espalda.
  Artemisa se volvió para encarar al chico. Tenía una chaqueta de lana desgastada, el pelo enmarañado, brazos largos y, en cierta manera, era atractivo. Pero lo que más llamaba la atención eran sus ojos de distintos colores.
- ¿En qué año estamos?- preguntó inteligentemente la joven.
  Zapillo sonrió.
- 1878… más o menos. En realidad estás en un sitio que no sigue bien el tiempo. Uno que creé yo.
- Que creaste… ¿no lo entiendo?
  El chico se dio la vuelta caminó.
- ¡Oye! ¡No me ignores!- exigió la chica.
  Zapillo no se detuvo, y caminó hacia un banco donde se sentó. Creyendo que era su única opción, Artemisa siguió al joven y se puso a su lado.
- Bueno, ¿qué?
- Hace tiempo, una persona muy especial me hizo daño, y jamás hallé la suficiente fuerza para recuperarme. Estar con la gente duele, nunca sabes lo que van a hacer a continuación y siempre pueden herirte. Por ello, decidí que ya no quería pertenecer a ese mundo. No quería ser dañado de nuevo. Creé una realidad paralela en la que la gente hiciera lo que yo quisiera, que actuaran como “deberían”. Y eso es este lugar.
  Artemisa miró alrededor. Los habitantes paseaban de un lado a otro, pero apenas se miraban. Tampoco parecían llevar un rumbo concreto. Simplemente movían las piernas, mirada sombría directa al suelo.
- Parece…- comenzó la chica, sin saber qué opinar.
- Aburrido- intervino Zapillo-. Anodino, estéril, sin sentido… lo sé.
  Artemisa pensó en aquellas palabras.
- Mi madre me abandonó siendo aún una niña- dijo la muchacha, sin saber muy bien porqué-. Entiendo cómo te sientes. Nunca he soportado que las cosas se escaparan de mi control. Nunca he dejado que los demás bailaran al margen de mis hilos. Nunca he soportado la… incertidumbre.
- Este no es el mundo real. Esta realidad no es la vida. Sin otras personas libres, lo que hagamos o no deja de tener sentido.
  Durante varios minutos, ninguno de los dos dijo nada. El pasado de Artemisa desfiló ante sus ojos, sus malos actos, su culpa y cómo había tratado a los demás. Cómo, por sus propias decisiones, había acabado encerrada donde estaba.
- Tal vez sea mejor arriesgarse. Arriesgar a sentir. Arriesgar a vivir.  Si no, es muy probable que tú mismo acabes siendo una… marioneta de tu propio miedo- fue la respuesta final de Artemisa.
  Zapillo sonrió hacia ella en un gesto lleno de melancolía.
- Tú no perteneces a este lugar.

Artemisa despertó. Se descubrió en el suelo de su habitación, con una sensación pegajosa por todo el cuerpo. Al observarse a sí misma, vio que estaba cubierta de una saliva blanca y espesa que bajaba desde su barbilla hasta el pecho.
  Sin perder un segundo, la chica fue al baño y se obligó a terminar de vomitar las pastillas. Después, cogió rápidamente el teléfono, marcó a su agente inmobiliario y le informó de que quería poner el piso a la venta. Que no podía hacer frente al pago era una realidad. Que carecía de alternativa, no.
  Una vez solucionado su primer asunto, se aseó y se vistió para salir a la calle a dar un paseo con un vestido de flores amarillas. La noche era agradable y templada, y una nunca sabía lo que podía encontrarse.
  Justo en el umbral de la puerta del piso, se dio la vuelta, como recordando algo que había olvidado. Con determinación, se dirigió hacia la estantería sobre la que reposaban todos sus muñecos, cogió las tijeras de coser y a uno de ellos.
- Tú también mereces ser libre.
  Artemisa cortó las cuerdas del títere de ojos dispares, y se fue.


FIN  

miércoles, 9 de marzo de 2016

La Venganza del Fénix

El Día del Fénix era la festividad más importante para el nórdico pueblo de Priuka. La leyenda que la vio nacer se remontaba varios siglos atrás, en mitad de las guerras entre el pueblo y los invasores del Norte. Viendo la flota vikinga que se acercaba a sus costas, los antepasados de los priukanos pidieron ayuda a sus dioses, y éstos se la concedieron en forma del llamado Fénix del Anochecer. Con la última luz del día, el mágico ser sobrevoló los cielos, regó los barcos enemigos con su magia y les hizo estallar en llamas que, como velas en la oscuridad, poco a poco fueron extinguiéndose y muriendo en el mar. De esta manera, los priukanos pudieron conservar su libertad y, en agradecimiento, decidieron dedicar un día del año a rememorar tan legendario acontecimiento.
  Muchos años habían transcurrido desde aquello, pero los habitantes de Priuka no habían olvidado. Desde tiempos igualmente inmemoriales, cada 9 de Febrero los priukanos llevaban a cabo su particular conmemoración. A falta de disposición del mitológico ser, el sustituto apropiado habría de ser una paloma. Cuando doblaban las campanas del crepúsculo, el ave era rociada con un líquido inflamable de fabricación casera, acariciada por una cerilla y enviada a perecer al mar, hacia donde el desesperado vuelo del animal solía guiar en busca de agua.
  Aquel año iba a ser la ceremonia más espectacular vivida en años. A consecuencia del gran seguimiento popular, los presupuestos para el Día del Fénix habían aumentado considerablemente: mayores y más estruendosos fuegos artificiales, tenderetes de puestos de manufactura artesana, una noria el doble de grande, comida caliente, más música…
  Todos los priukanos estaban contentos con el cambio, excepto uno. Para Rudolg el vigilante, no iba a ser tarea fácil. Un mayor despliegue demandaba mayor responsabilidad por su parte, más vigilancia y atención. Un evento que precisaba de fuego era caldo de cultivo para problemas… y Rudolg odiaba los problemas. Desde pequeño, el hombre había evitado tomar riesgos: mientras los demás niños se tiraban por el tobogán, él esperaba para ver si era peligroso; jugando al fútbol, las posiciones más alejadas del balón siempre habían sido sus preferidas; en la escuela, nunca había faltado a su obligación de llevar los deberes, por si acaso el maestro le descubría. Ahora tenía mujer y un hijo, a pesar de no haber sido nunca un hombre familiar. Casarse y engendrar era lo que se esperaba de él, la manera más cómoda y segura de envejecer, y así lo había hecho. Cuestionarse lo que la mayoría consideraba apropiado era el primer paso hacia los problemas.
  La celebración tuvo lugar durante todo el día, y transcurrió sin ningún incidente. Rudolg asentía con complacencia entre los niños felices, los padres comprando comida y los amigos charlando pacíficamente. El vigilante inspeccionó varias veces que las atracciones estuvieran bien ancladas, los puestos de comida bien atendidos y los petardos asegurados en su apartado rincón dentro de la carpa… Ni una sola contrariedad.
  Media hora antes de que la previsible caída de la noche, los encargados llevaron a la paloma al recinto. Mantener al animal mucho tiempo entre tanto ruido habría sido un problema: cuanto más tranquilo estuviera el pájaro, más fácil sería rociarlo, y menos posibilidad tendrían los niños de lanzarle piedras, tocar la jaula o llamar su atención con ruido para satisfacer ese impulso natural de experimentar. El ave era blanca con marcas grises, de ojos rojos y pico y patas rosadas, nada fuera de lo habitual. Rudolg la llevó hasta su garita, en donde estaría a salvo. Luego, inició su habitual ronda de inspección. El animal no parecía enfermo, ni especialmente nervioso o agitado; sólo un pájaro normal y corriente, con su pequeño cerebro de pájaro y su actitud propia, probablemente atrapado aquella misma mañana. Antes de que se hubiera dado cuenta, todo habría acabado.
- Hoy es tu gran día, ¿eh?- le dijo a la jaula.
- ¿Ah, sí? Pues qué alegría. Aunque, si me preguntaran, preferiría estar en otro sitio, sin duda.
  El primer impulso de Rudolg fue retroceder dos pasos. El segundo, mirar alrededor en busca de algún bromista. La habitación estaba vacía, excepto por él y el pájaro, el mismo pájaro que juraría haber oído hablar.
- ¿Puedes hablar?- preguntó el vigilante, extrañado.
- Eso estoy haciendo ahora mismo- respondió el ave. Su voz era aguda y rasgada, lo que se podía esperar de un ave.
- Nunca me había cruzado con una paloma que pudiera hacer eso.
- Para todo hay una primera vez. Aunque haya habido muchas antes. Supongo que habrás conocido a muchas de mi especie a lo largo de esta… fiesta, creo que lo llamáis.
  Rudolg se encogió de hombros.
- Sólo tres, los años que llevo siendo vigilante. – Y, creyendo que se le exigía algo más de su respuesta, prosiguió-. Una de mis tareas es procurarle agua al animal para que no se muera antes de tiempo, y evitar que le entre estrés.
- Qué considerado- ironizó el ave-. ¿Sabes qué sería aún más considerado? Dejarme libre y evitar que me quemaran viva.
  Rudolg arqueó la ceja.
- No puedo hacer eso.
- Oh, sí que puedes- contradijo la paloma-. Sólo tienes que levantar el pestillo y tirar hacia ti. Yo haré el resto.
- No me refiero a eso. No puedo dejarte libre porque mi trabajo es asegurarme de que se cumple con éxito el… ritual.
- Ritual es un eufemismo. Lo que vais a hacer es prenderme fuego. Y no estoy de acuerdo.
  Rudolg repitió el gesto.
- Respeto que no estés de acuerdo. Pero es algo que debe hacerse, independientemente de lo tus deseos.
- ¿Por qué?
- Porque es la tradición.
- Ya veo. Tradición, otro eufemismo. ¿Sabes lo que también era tradición hace siglos? Quemar personas que no creían en lo que se suponía debían creer. Hoy en día, esas cosas ya no se hacen, a pesar de que eran tradición. Tu argumento no me vale.
 - Esas cosas se hacían cuando eran tradición, ahora ya no lo son. Dejaron de serlo por absurdas, crueles e inmorales.
- ¿Y qué hay de lógico, piados y moral en quemar a un animal y dejarle que se ahogue en el mar?
- En otros sitios, a los animales se les hacen cosas peores. Esto es un orgullo.
- ¿Orgullo? Pues preferiría declinar este honor, la verdad. Además, al igual que un asesinato no exculpa un robo, una crueldad no exime a otra de existir.
  Rudolg negó con la cabeza. Aquella ave estaba equivocada. Le hubiera gustado hacerla entrar en su mente, que viera lo que él veía cuando el pájaro en llamas surcaba el cielo y desaparecía por el horizonte, como su vuelo se iba agotando cuando la vida viajaba aún más lejos que su cuerpo, como caía y se hacía uno con la mar. Tal vez así fuera menos duro para ella. Era cierto, había cosas que no le gustaban: el olor a quemado, los graznidos agónicos que eran ahogados por la banda o los ojos tristes que le miraban mientras se derretían unos segundos antes de huir, cosas que sólo el vigilante veía. Sin embargo, esas cosas no eclipsaban la belleza del momento. Aquella ave estaba equivocada, aunque no hubiera sabido explicar el porqué.
- No voy a discutir con un pájaro aspectos tan complicados. No lo entenderías.
  Rudolg se dio la vuelta y abrió la puerta.
- Una pena- dijo la paloma antes de que el hombre se marchara-. Tendréis que aprender por las malas…
  El festival siguió su curso hasta la hora señalada. La paloma fue colocada junto a la apertura de la carpa, directamente comunicada con el despeñadero que llevaba al mar, y los priukanos tomaron posiciones. Los más afortunados, miembros del ayuntamiento, personalidades o familiares de estos se sentarían junto a la jaula; el resto del pueblo podía seguir la ceremonia de pie a través de la tele gigante que lo capturaba todo. A Rudolg le encantaban los ojos de emoción contenida y admiración de los jóvenes, en especial los de su hijo, sentado en primera fila junto su esposa. Mientras tanto, la paloma aguardaba en malicioso silencio. Al vigilante le pareció que algo malo tramaba.
- ¡Priukanos, bienvenidos al festival anual del Día del Fénix!- entonó el alcalde, con su poderosa voz-. Sentiros cómodos y a gusto, ante la fiesta que más nos representa, de la que debemos sentirnos orgullosos. Que el vuelo de fuego ilumine vuestros corazones un año más.
  Sencillas palabras que no significaban nada, pero que lo decían todo, pensó Rudolg de su alcalde, un hombre bonachón, sincero y campechano. Una buena persona.
  El anciano volcó la botella aceite sobre la paloma. El animal se sacudió inquieto el líquido del plumaje, que sin embargo ya se había pegado lo suficiente para que se inflamara sin remedio. Después, empezó a sonar un redoble de tambores.
- …por un año más, porque Priuka siga existiendo. Por nuestros antepasados y por nosotros, que vuele tu espíritu más allá del mar- entonó el alcalde.
  Luego, encendió una cerilla y dejó que cayera como un meteorito sobre el animal.
  Inmediatamente el cuerpo del pájaro empezó a arder. Durante los primeros segundos no pasó nada pero, una vez las llamas se hubieron propagado, la paloma empezó a convulsionarse de dolor, dar saltos y golpear las rejas con estrépito metálico. La banda empezó a tocar.
- Abrid la jaula- ordenó el alcalde.
  Rudolg dejó la ventana libre a la libertad. La paloma no dudó un instante en tomar la salida, tal y como había hecho cada animal detrás de él. El vigilante vio los ojos del ave, como siempre. Pero esta vez no era tristeza o dolor lo que vio en ellos. Era otra cosa.
  De repente, un alarido les llegó desde el cielo. Los habitantes del pueblo se removieron incómodos en sus asientos, buscando la fuente del sonido. La banda dejó de tocar de inmediato ante las indicaciones de su director. Nadie sabía de dónde procedía aquel estruendo, pero parecía humano.
- ¿Qué está pasando?- no cesaba de preguntar el alcalde.
  La gente empezó a murmurar y a revolverse en sus sitios. Rudolg se volvió. Odiaba ese sonido. Era el sonido de los problemas.
  Lo primero que hizo el vigilante fue comprobar que su familia se encontraba bien. Como todos los demás, su cabeza se movía en varias direcciones, tratando de encontrar la fuente de los gritos. Cuando se dio cuenta de dónde procedía, ya era demasiado tarde.
  Aprovechando la confusión, la paloma dejó de gritar y dio la vuelta en el aire. En lugar de dirigirse al mar, su vuelo de fuego fue directo al corazón de la carpa, al punto más recóndito de todos, a donde los fuegos artificiales aguardaban su momento.
  Rudolg gritó órdenes de abatirla, pero nadie fue capaz de cumplirlas entre la confusión. Lo último que sus ojos vieron, fue como el fuego se extendía.

Las llamas tardaron pocos segundos en propagarse. Cuando los fuegos artificiales volaron dentro de la carpa, besaron la tela como amantes furiosos y lo inflamaron todo a su alrededor. Inmediatamente, cundió el pánico entre los priukanos, que entre alaridos y carreras colapsaron las salidas y las hicieron poco eficaces. Los desafortunados que cayeron al suelo fueron los primeros en morir, aplastados por sus propios vecinos. Tras unos pocos minutos, la noria gigante cedió, y su esqueleto mecánico cayó sobre varios priukanos que no fueron capaces de reaccionar a tiempo. Aquellos que no pudieron salir antes de que las llamas lo devoraran todo, murieron calcinados, y sus cadáveres tuvieron que ser sacados al día siguiente. Algunos de los que lograron escapar, desorientados y asustados en la oscuridad más allá de la bola de fuego en que se había convertido la carpa, se precipitaron directamente por el despeñadero hasta caer al mar y morir ahogados o descuartizados contra las rocas. Más de doscientos priukanos perdieron la vida aquel fatídico día, en la que sería recordada como última y más sangrienta ceremonia del Día del Fénix.
  A la hora de depurar responsabilidades, no hubo duda. Todo el peso de la ley cayó en Rudolg, negligente en su actividad y llevado a un centro especializado a cumplir su condena. Las heridas provocadas le habían desfigurado el rostro, dejándole ciego. Apenas notó aquel castigo, pues su alma ya había sido sentenciada. Su mujer y su hijo habían perecido aplastados por la multitud que huía, como la mayoría de miembros de las primeras filas. El hombre maldijo su suerte, a la dichosa paloma y a los problemas hasta su último día.

  Y así fue como los priukanos aprendieron una valiosa lección que, como el estigma de la res, quedaría grabada a fuego para siempre en su historia. Aquella paloma parlante murió, mas asegurándose de que su terrible destino no volviera a recaer sobre ningún otro animal.  

jueves, 11 de febrero de 2016

La Caverna del Encuentro

Debido a sus propias decisiones, estaba el chico solo, en una cueva tan lóbrega que jamás habría podido adivinar su profundidad. No recordaba el camino que le había llevado a acabar allí, por lo que tampoco conocía ninguna salida. A sus pies, los pilares de roca en que se sostenía parecían sólidos y macizos, pero estaban suspendidos de manera inestable en el aire. Por ello fue, que empezaron a caer. 
  Primeramente, se desplomó aquello que más quería, lo que más había amado nunca. A este pilar central, inmediatamente le siguieron los demás, que se sustentaban en el primero: familia, esperanzas, deseos, sueños... todo se fue precipitando hacia aquella negra oscuridad. Lo último en caer, su propia percepción, le dejó solo, sin nada en lo que mantenerse. Aún así, no descendió. En su lugar se quedó flotando en un limbo de sombras impenetrable del que no tenía idea alguna de cómo escapar. 
  Así estuvo por largos días. La desesperación se cernió sobre su alma como una sábana demasiado pesada para poder dormir hasta que, de repente, una imagen surgió nítida ante sus tristes ojos. Como colgado de hilos invisibles, el mismo chico que era le miraba desde el otro lado de su reflejo, con una sonrisa descarada que él nunca había podido esbozar. 
- Te odio- dijo él viéndose a sí mismo, casi por instinto. 
- ¿Sabes qué soy?- El chico no supo dar respuesta a esa pregunta. El reflejo prosiguió-. ¿Cómo puedes odiarme sin conocerme?
  El muchacho guardó silencio, pues realmente tenía razón. Veía que lo que había delante de él era su viva imagen, pero de algún modo nunca habría podido describir lo que guardaba esa fachada, al igual que no era capaz de describirse enteramente a sí mismo. Habría sido como juzgar un libro por el dibujo de la portada, el título o el nombre del autor.
  Las sombras devoraron su rostro conforme las dudas le atrapaban. 
  Viendo el efecto de sus palabras, el reflejo radicalizó su sonrisa. 
- ¿Sabes qué soy?- repitió, y al no obtener respuesta, prosiguió-. Soy fuego.
  Y al instante, su cuerpo estalló en una bola de calor y desapareció.
  El chico volvió a quedar solo. De algún modo, nunca había dejado de estarlo. Una gota cayó desde el techo de la caverna sobre su frente, fría, húmeda, limpia. Miró hacia atrás, hacia lo que había hecho, hacia lo que había descubierto y aprendido, hacia lo que había demostrado a todos los demás y a él mismo.
  Entonces, y solo entonces, terminó de entender la lección. 
- ¡AHHH!- gritó de manera áspera, desgarradora, desesperada, un grito rabioso y lleno de furia descontrolada. En seguida, su cuerpo también se hizo uno con las flamas.  
  La llama en la que se había convertido, entonces, se precipitó al vacío. Dolía tanto como si le arrancasen la piel, pero a la vez era tan luminosa que los secretos de su cueva fueron desvelados. Tocó el suelo, saltó contra las paredes y las reventó para salir al exterior. Era fuego. Fuego imparable, que destruye a su paso, que arrasa. Fuego nítido, candente, sincero, que no oculta su naturaleza. Fuego que ejecuta finales para grabar su propio camino en la tierra, un camino nuevo que acababa de empezar...

FIN

viernes, 22 de enero de 2016

Galletas de Decepción

Cuando Tímoty Lucky anunció su retirada del mundo de la hostelería, los vecinos del pequeño pueblo de Mersi quedaron sorprendidos. Sin un heredero que continuara con el negocio, ciertamente su invencible tienda de chucherías había sido condenada a desaparecer. Aquel lugar de ensueño había sido el mejor atractivo turístico de la villa, al que miles de personas procedentes de todo el mundo se acercaban para degustar sus dulces, de sabores mágicos cuyo secreto su creador nunca había confesado. A pesar de haber podido abrir una auténtica franquicia en todo el mundo, Timoty siempre se había decantado por mantener una única tienda, por razones desconocidas.
  Pero si aquella noticia fue impactante, más estrambótico fue el anuncio que realizó varios días después a través de la radio local.
- Estimado pueblo, me dirijo a vosotros para deciros que, durante el día 5 de Enero, víspera de Reyes, mi tienda estará abierta para todos los niños de Mersi, ¡que podrán comer cuantos dulces deseen de ella!.
  La noticia llegó a cada calle, a cada casa, a cada vecino. En el austero hogar de paja del joven Piero, la noticia fue tomada con sorna.
- A este Tímoty se le ha ido la pinza. ¿Quién se cree? ¿Willy Wonka?- dijo el padre del niño.
- Pero sin ticket de oro. Este es más cutre- se unió su madre.
- Pues a mí me parece buena idea...- opinó Piero en voz alta.
- Pues anda, anda, ve- le apremió su abuela, mientras trataba de sacarse los restos de pollo de su dentadura postiza con una servilleta-. Igual te hace su heredero y nos sacas de pobres.
  Lo que parecieron burdas mofas por parte de una familia que siempre le había considerado inútil, se convirtieron en anhelos reales durante las noches del chico.
  Cuando el ansiado día llegó, cabalgando sobre su impaciencia, el joven Piero se puso sus mejores galas (camisa y pantalones ajados, sandalias de paja y una espiga de la suerte tras la oreja derecha) y se encaminó a “Sabor a Futuro”, la tienda de dulces de Timoty Lucky.
  Durante el trayecto, se encontró con una hilera de personas, colocadas una detrás de otra. Lleno de temor, con una desasosegante sensación en la espalda, decidió preguntar al último de la fila, un señor de barba canosa junto a dos niños pequeños.
- Disculpe, ¿es ésta la cola para entrar a la tienda de Tímoty Lucky?
- No. Esta cola es para sellar el paro.
  El chico suspiró aliviado.
- La de la tienda de dulces es esa- añadió el hombre, señalando la otra acera.
  Cuando Piero se volvió, descubrió una fila india que daba varias vueltas a la manzana, más grande aún que la del señor.
- Jo.
  Resignado, Piero siguió a la masa de manera pulcramente ordenada. Por fortuna para él, gran parte de la fila estaba compuesta por niños de otros pueblos y señores que no eran niños, sólo gorrones, con la ilusión de poderse colar. Los intrusos eran eficazmente detectados por los matones de la entrada, dos orangutanes pelados esculpidos en piedra y esteroides que repasaban rigurosamente su lista de niños empadronados antes de dejar entrar a nadie.
  Unas pocas horas tras el inicio, Piero por fin pudo atravesar el marco dorado de letras de gominola que daba paso a la fastuosa “Sabor a Futuro”. Después de poner un primer pie en su interior, un hombre con el pelo teñido de verde y alborotado, engalanado con un esmoquin púrpura y un sombrero de copa del mismo color, salió a su encuentro, sin que el joven supiera exactamente de dónde.
- Bienvenido, caballero. Me llamo Tímoty Lucky y soy el dueño de este maravilloso país para la expansión de los sentidos. Bienaventurados sean todos aquellos jóvenes dispuesto a probar el futuro, siéntanse libres de paladear cualquier cosa que su estómago le dicte- dijo el hombre, en un tono desganado y ronco. Sus labios agrietados y su lengua reseca le sugirieron a Piero que llevaba todo el día repitiendo la misma frase.
 - Encantado- dijo Piero, huyendo asustado.
  “Sabor a Futuro” era, más que una tienda, un almacén. Centenares de estanterías repletas de dulces de muy distintas formas, colores y sabores se apilaban unos sobre otros, como una orgía de payasos, y metidos en cajas, vitrinas o tarros. Por doquier, decenas de niños corrían de un lado a otro, ansiosos por no poder abarcar tamaña cata y dopados por el azúcar. Piero empezó a leer los carteles luminosos que anunciaban cada golosina: gominolas con sabor a amor de madre, algodón de azúcar que levitaba como un sueño, largas barras de regaliz que era dulce y amargo al mismo tiempo y parecían no acabar nunca... El niño se descubrió a sí mismo abrumado. Ante tanta variedad de sabores, no quería perderse los que serían los mejores. Paseando por los estantes, descubrió a varios niños tendidos con dolor estomacal, entre gemidos de sufrimiento y redención por su ansiedad. No quería convertirse en otra víctima.
  Tras varios minutos de búsqueda, acabó por llamar la atención de Piero un letrero siniestramente iluminado con un gris apagado y sucio, entre “chupa chups con sabor a primer beso” y “caramelos pétreos”.
- Galletas de decepción- leyó el chico.
- ¡En efecto!- El corazón del joven casi decidió dejar de funcionar cuando la voz de Tímoty Lucky antecedió a su dueño desde detrás de la estantería-. Me enorgullece decir que se cuentan entre mis mayores creaciones, sino la mejor. Porque de todo este tarro, una de las galletas antecede al gusto mejor y más valioso que nunca he llegado a fabricar. Pero cuidado, pues no hay premio sin riesgo: el resto de galletas están hechas del gusto más terrible que he podido encontrar, un sabor no apto de afrontar para la mayoría.
  Piero escuchó con interés.
- ¡Bah! No tiene que ser tan grave- dijo una niña gorda que, como por arte de magia, se había materializado detrás del chico. Tenía los nudillos peludos, restos pegajosos alrededor de sus gruesos labios y una piruleta profundamente incrustada en el pelo.
  La niña se abalanzó vorazmente sobre el tarro, metiéndose la primera galleta en la boca. Al contacto del dulce con su lengua, su gesto se torció en una mueca sombría y alicaída.
- Me voy a casa- dijo la joven, se dio la vuelta y se marchó.
- Como dije, no apta para todos- se reafirmó Tímoty.
  Piero cada vez estaba más intrigado. Cierto era que la tienda estaba llena de otros dulces, dulces menos arriesgados. Pero ante sus ojos estaba el mayor premio de todos, la oportunidad de catar la mejor creación del, para la mayoría, mejor artista del caramelo en el mundo.
  Con decisión, el joven metió la mano en el tarro y sacó una de aquellas galletas. Era redonda, de un marrón grisáceo algo rancio y, lo peor de todo: tenía pasas.
- Muchos lo han intentado, jovenzuelo- insistió el fabricante-. Pocos han dado con el sabor adecuado.
  Piero se introdujo la galleta en la boca y cerró la mandíbula en una mordedura de lobo.
  Una oleada de sentimientos golpeó la mente del niño. Aquella galleta era triste, amarga y gélida como un rechazo amoroso. Dejaba un regusto frío y vacuo en el paladar, como el de un examen suspendido a pesar de haberlo estudiado mucho. Era punzante y voraz con el resto de pensamientos, hasta sólo dejar la hiriente sensación del abandono. Aquella galleta estaba hecha, efectivamente, de decepción pura.
  Piero contrajo el gesto en una mueca tensa. Metió la mano en el bote, sacó otra galleta y se la metió en la boca. Se sintió como si acabaran de echarle de un hipotético trabajo.
  Ante sus gestos, Tímoty le mostró una sonrisa amarillenta.
- Una o dos... la gente normal y corriente no suele aguantar mucho más- explicó el artesano-. Te lo aseguro: el sabor de estas galletas no mengua de intensidad, uno nunca se acostumbra por completo a ellas, la verdad.
  El chico notó como una lágrima brotaba de su ojo izquierdo. La sensación de vacío, de abandono y desesperanza crecían en él como una metástasis, tan tangible como si se tratara de una persona a su lado, estrangulándole. Sin embargo, ante la asombrada mirada de Tímoty, volvió a sacar una galleta y metérsela en la boca. Tampoco entonces dio con el prometido sabor perfecto. Volvió a intentarlo.
  Una a una, Piero fue acabando con todas las galletas. Cada una era más agria y difícil de digerir que la anterior. En un momento dado, los sentimientos provocados dejaron de ser ideas abstractas, para conformarse en forma de recuerdos dolorosos. A la memoria del chico llegaron la imagen de la niña que le gustaba dándole calabazas, aquella competición de kárate que tanto se había preparado en la que le dieron una paliza o el día en que su padre le dijo que era un inútil por primera vez. Sin embargo, a pesar de todo, no se rindió.
  Conforme el contenido del bol iba bajando, sus esfuerzos por reprimir las lágrimas se hicieron inútiles, y una multitud de niños le rodeó para ver el espectáculo.
  Finalmente, antes de encontrar la galleta con el mejor sabor jamás creado por aquel fabricante de sueños, acabó el resto. Piero maldijo su suerte. Ya sólo quedaba una en todo el tarro.
- Tiene que ser esta...- se dijo a sí mismo.
  Con mano trémula, entre lágrimas y mocos, el muchacho sujetó la comida, la sacó del recipiente y se la acercó a la boca lentamente. Por fin lo tenían ante sí, el mejor sabor del mejor genio, y era suyo... hasta que desapareció.
  El muchacho se volvió a la izquierda, donde un niño enorme y lleno de pecas le había arrancado su trofeo de un tirón.
- Jajá, pringado- graznó el orondo. Luego, se metió la galleta en la boca.
  Piero habría gritado, pateado, saltado sobre la garganta del niño hasta que hubiera escupido su premio... Pero no lo hizo. El niño grande empezó a llorar.
- ¡Mamá!- gritó el abusón, antes de salir corriendo.
  Piero se miró la mano vacía, sin comprender.
- Entonces esa también...   
- ¡En efecto!- saltó Tímoty desde su escondrijo, lleno de entusiasmo-. Toda el tarro eran las mismas galletas.
- ¿Entonces ninguna era de otro sabor? ¿Me has engañado?
- Sí y no, jovenzuelo- se explicó el artesano-. Nunca dije que el sabor estuviera en la galleta. Tú, al no rendirte nunca y seguir intentándolo, has encontrado el mejor gusto que jamás hubiera soñado crear: una lección. La lección de continuar adelante sin rendirte, por muchos fracasos que encuentres en el camino.
  Los niños empezaron a alejarse entre comentarios despectivos. “Vaya birria”, “¿para esto tanto?” y “ese señor me da miedo”, los más suaves. Sin embargo, Piero se mantuvo en el sitio. Su primer impulso fue llorar. Su segundo, darle una patada en la espinilla a Tímoty. Pero, tras unos pocos segundos de reflexión, cayó en la cuenta. Aquello había sido una prueba.
- ¿Significa esto que seré tu sucesor?- preguntó Piero, con los ojos brillantes.
- Jajá, ni de broma. ¿Qué te crees que es esto? ¿Charlie y la Fábrica de Chocolate?
  El niño bajó la vista, decepcionado de nuevo.
- Más aún, ¿acaso has querido alguna vez se fabricante de dulces?
  Piero volvió a analizar las palabras cuidadosamente.
- No. Yo quiero ser arquitecto.
- ¿Entonces?
- Pues tienes razón. 
  Dicho esto, el muchacho se marchó, y ya nunca más volvió a saber de Tímoty Lucky.

Mucho tiempo después, tras años de duro estudio, sacrificio y noches en vela, Piero se convirtió en arquitecto. Al no encontrar trabajo en su país, viajó a Nueva York y estuvo trabajando como friegaplatos una larga temporada. Un día, a su restaurante entró un magnate adicto al arte al que convenció para una entrevista. Tras ella, fue contratado y colaboró en la construcción de un museo que tuvo muy buena acogida. Después de aquel primer éxito, nuevos y apasionantes proyectos se desplegaron frente a sus ojos, convirtiendo a Piero en un artista de edificios mundialmente reconocido. Siempre recordó con añoranza el día en que probó aquellas galletas tan amargas.

De decepciones también viven los soñadores. Pero, sobre todo, de “volver a intentarlo”.

FIN