lunes, 20 de febrero de 2017

Rotos

Abrió el grifo y no salió agua. Como siempre. Después, bajó hasta la cocina. La nevera estaba vacía. Aun así, se sentó en la mesa y estuvo un rato parado, mirando a la nada. Hox se despidió de su esposa con un tímido beso y salió de la casa, se montó en el coche y empezó una nueva jornada, una en la que no haría nada, excepto dar vueltas con su bólido.
  Hox era un tipo feliz hasta donde podía serlo. Tenía una preciosa casa de 4 pisos, una familia (Amy, su mujer, y Ross y Christie, sus dos hijos mellizos) y no le faltaba nada que necesitara. No había manera de anticipar los terribles acontecimientos que tendrían lugar aquella funesta velada.
  Aparcó en la entrada, donde siempre, y cruzó el umbral de la puerta.
- ¡Cariño! Ya he… llegado…
  Algo en el ambiente le incomodó. No habría sabido explicar la razón, mas notaba que algo no iba bien. Fue hasta el salón. El televisor estaba encendido, con aquella perpetua imagen de un parque de atracciones congelada. Cuando vio lo que había al pie del sofá, su respiración se heló.
- ¡Amy!
  Hox corrió hasta donde se encontraba su esposa, tendida boca abajo. Alguien la había desnudado. Alguien, o algo, le había hecho algo peor.
- Oh, Dios mío, Amy, no…
  La mujer tenía todos los miembros dados la vuelta, completamente descoyuntada. El hombre abrazó el frío cuerpo entre lágrimas.
- ¿Qué ha pasado? Por favor… Dios…- balbuceó como un bebé.
  De repente, el sofá salió despedido por los aires, impactando contra la televisión. Hox soltó a su esposa, presa del susto, y ésta también se elevó, golpeando varias veces el techo. El hombre tuvo entonces la súbita certeza de que lo que había presentido era que había algo más en la casa, un ente lleno de ira.
  Sin perder un segundo, Hox corrió por las escaleras. No entendía nada de lo que sucedía, y dudaba poder comprenderlo, así que decidió no perder tiempo en darle vueltas.
  La habitación de sus hijos estaba en la cuarta planta. Cuando entró, les descubrió abrazados en el centro, rodeados de todos los muebles. A juzgar por el desastre aparente, algo similar a lo que había presenciado en el salón había tenido lugar allí también.
- Papá… ¿qué está pasando?- preguntó Christie, entre lágrimas.
  La joven tenía el pelo rubio, mientras que su hermano era pelirrojo. El niño estaba tan asustado que ni siquiera podía hablar.
  Hox pensó que aquella era la pregunta clave que no importaba contestar. ¿Un demonio? ¿Fantasmas? ¿La casa estaba encantada? Era imposible de saber. Era inútil saber.
- Nos vamos.
  El hombre cogió a sus hijos de las manos y se los llevó. En su precipitada huida, muebles y objetos seguían volando: lámparas, mesillas, camas, espejos… Aquella vorágine era una auténtica pesadilla.
  Habían llegado al segundo piso, cuando un tirón seco e inesperado le arrebató a su hijo varón. Ross se elevó, gritando y tendiéndole la mano vacía en el aire.
- ¡Papá!- lloró el joven.
  Hox no fue capaz de reaccionar a tiempo. Los ojos del infante reflejaron un terror tan profundo como la muerte y, en un segundo, su cabeza se desprendió de su cuerpo.
- ¡Hermano!- chilló Christie.
  Quizás la niña sí, pero Hox no podía permitirse llorar. Ya habría tiempo luego. El hombre levantó a su hija en brazos y siguió adelante.
  A pesar de la celeridad, evitó caer por las escaleras. El recibidor era un campo de batalla, imposible de atravesar. Un cuadro volador casi le saca un ojo, y una silla estuvo a punto de derribarle. La puerta estaba impedida por un armario.
  Hox probó suerte en el salón. Trató de no mirar más de lo necesario, evitando enfrentarse al cadáver de su esposa.
- No mires, cielo- le susurró a Christie.
  El hombre corrió hasta una ventana y dejó a su hija en el suelo. Trató de abrirla sin éxito. Estaba atrancada.
- Papá, ¡deprisa!
  Las cosas se volvieron mucho peor dentro de la casa. Todos los objetos salieron despedidos al mismo tiempo, cada vez más cerca de ellos. El hombre puso todo su empeño en forzar la salida.
- ¡Papá!- chilló Christie.
  Finalmente, la estructura cedió. Hox sacó a su hija primero y después, de un salto, él también salió al exterior.
  El estruendo dentro de su casa les indicó que las cosas seguían siendo peligrosas. Hox y su hija no se detuvieron.
- ¿Qué está pasando…?- insistió la niña, deshaciéndose en lágrimas.
- No lo sé… juro que no lo sé…- lloró también Hox.
  Los dos habían alcanzado el coche casi, cuando un golpe le derribó. Notó una fuerza opresora en su espalda, tan poderosa que le mantuvo pegado al suelo.
- ¡Papá!- gritó Christie, mientras se elevaba varios metros.
- ¡Hija!
  Hox trató de zafarse. Pataleó impotente, pero no pudo hacer nada.
- ¡Pap…!
   El cuerpo de la niña empezó a retorcerse de manera horrenda, a deformarse y a romperse en varias partes, como si estuviese dentro de una trituradora invisible.
  El dolor y la rabia consumieron a su padre.
- ¡Nooo…!

- ¡Jaydon!- gritó Jocelyn.
  El niño miró a su hermana, con un gesto mitad culpable, mitad risueño en el rostro. Luego, cogió el muñeco que estaba pisando y se lo enseñó a la niña, radicalizando su sonrisa.
- Esto por lo de ayer.
  La pequeña miró su habitación, toda desordenada, especialmente su casita de muñecas. Algunos de sus juguetes estaban rotos, y su perro se entretenía masticando una muñeca rubia.
  Jocelyn empezó a llorar. Salió de la habitación, gritando desconsolada.
- ¡Mamá! ¡Jaydon me ha roto las muñecas y le ha dado mi prefe a Buster…!
- ¡Ella ayer me coló un balón!- se defendió su hermano, corriendo tras ella.
  Tendido en el suelo, Hox apenas podía dar crédito. Quizás por el dolor, quizás porque así lo había querido el destino, la barrera entre sus mundos se había roto y él había podido verles. Eran gigantes, eran poderosos, tanto que podían jugar con sus vidas. Pero aquellos seres, dioses o no, habían destruido a su familia.
  El muñeco se puso en pie con dificultad y corrió a esconderse. Por el camino, vio un reflejo plateado en una de las estanterías. Parecían unas tijeras gigantes.
  Hox se metió bajo la cama, manteniendo en su mente el recuerdo de sus seres queridos asesinados, mutilados. Y el recuerdo del acero.
- Llegará la noche… llegará mi venganza…

FIN


jueves, 16 de febrero de 2017

A un cielo de distancia

Aquí me hallo, contemplando el eterno azul que se extiende en todas direcciones, igual que hiciera tantas veces antes junto a ti. Que no pueda ser igual en este momento es una condena ante la que no me queda más remedio que rendirme. Porque estás, pero al otro lado del cielo.
  Fuimos felices y tristes pero, juntos, invencibles siempre. Elsa… recuerdo tu nombre cabalgando sobre el viento, con esa entonación que yo le daba y que siempre te hacía reír. La pena me golpea de nuevo, de nuevo esa sensación desagradable de vacío en mi pecho. Me pregunto si dejaré de sentirla algún día.
  Aun recuerdo la primera vez que te vi, cómo el sol bañaba tu piel. Acababa de conocerte, pero ya te conocía de toda la vida. ¡Qué cosas! ¿Verdad? Nunca creí en esas dulcificaciones de la realidad. Nunca las vi como algo distinto a consejas de hadas. Nunca las entendí del todo hasta ahora. Hasta que ha sido demasiado tarde.
  Con el tiempo, llegué a amarlo todo de ti. Tu melena castaña, tus ojos de bronce, tu piel, tus uñas, tu olor… y también tus imperfecciones. Lunares, espinillas, los rollitos que te salían en la tripa cuando te sentabas y ese silbido que se escapaba de tus labios cuando te reías. Todo. Superada la barrera de lo que la sociedad nos susurra constantemente, la venda de mis ojos se había desprendido y donde antes había trabas, solo vi el sello y la marca del amor.
  Elsa. Tu mero nombre es ya presencia. Recuerdo con imborrable paladar luctuoso la última vez, ese fatídico día en el coche. Si hubiese sabido lo que se cernía sobre nosotros… si hubiese podido esquivar aquel vehículo… ahora todo sería distinto. Ahora mismo no estaría contemplando ese cielo enorme solo, lejos de ti, tan lejos...
  No supe entender el funeral. Estaba obnubilado por mis propios sentimientos, emociones encontradas. Miedo, dolor y… ¿alivio? A mi alrededor solo había rostros tan pesarosos como distantes, caretas de personas que conocía y a las que también quería, pero que sin embargo en aquel momento no significaban nada, apenas sí estaban. Eran impostores de mis padres, nuestros amigos, tu familia… no había reproches ni rencores, pero tampoco consuelo, solo tú en mis ojos y en mi mente. Y no me dolía nada, pero me dolía al verte. Ceremonia breve, como siempre dijimos que sería. Palabras que no me dijeron ninguna cosa de un hombre que no significaba nada para mí, sonidos juntos casi al azar que ni siquiera rozaron mi cerebro, muchas lágrimas escociendo en mi piel, humo, tierra, polvo que regresa y ya nada más.
  Lo que pesa no es la muerte, entiendo. Lo que de verdad aflige es la consecuencia para el destino, el fantasma de aquellas cosas que siempre quisimos hacer juntos y que ahora ya no sucederán. Éramos jóvenes, no hubo tiempo de tener hijos. Dos querías, ambas niñas, para que la una hiciera compañía a la otra, para que fueran un equipo. Los viajes de nuestros sueños que nunca hicimos: la India, Chile o la Gran Manzana. Pero, por todos los vuelos que nunca pudimos alcanzar, todas las vidas que no tuvimos tiempo de crear y todas las hazañas que nos faltaron por conquistar… aun existe esa posibilidad.
  Ahora que se acabó el tiempo, lo entiendo. Yo me he de marchar. Tan solo pido y rezo para que tú sí que cumplas tus sueños. Que viajes, que sonrías, que siga tu vida. Que llegues a ser la escritora que siempre quisiste, con ese talento que me desbordaba cada vez que me deleitabas con una de tus historias. Que tengas amigos, que conozcas a gente que te abrace y apoye cuando lo necesites. Y sí, que encuentres a alguien que pueda hacerte feliz cuando yo te falte, que vuelvas a enamorarte. Que seas madre, que tengas a tu equipo. Pido que sigas adelante por los dos, que tus pies te lleven a donde siempre quisimos llegar.
  Yo, por mi parte, te vigilaré desde el cielo, desde cada amanecer y cada atardecer, desde el silencio. Estaré en los malos momentos transmitiéndote lo que pueda para animarte, y en los buenos para disfrutar contigo y ver con orgullo lo fuerte y valiente que estarás siendo por los dos. Porque no hay evento, ni sombra, ni muerte que pueda borrar jamás que siempre te he querido y que siempre te querré.
  Elsa: sé, ríe y vive por los dos. Es lo único que le pido al futuro.

FIN

sábado, 11 de febrero de 2017

¿Dónde Está mi Amiga?

Despertó con una terrible jaqueca, boca desencajada y seca. Había sido una noche muy loca, una de esas que no se olvidaban. Por desgracia, no se acordaba de nada.
  Estaba sola, como casi nunca en su historia.
- ¿Dónde está mi amiga?- se preguntó la chiquilla.
  Era suave, confortable y blandita. Se llamaba Izquierda, y era una zapatilla. Azul como el cielo, esponjosa, como el rabo de un conejito, y estrecha, siempre había estado junto a su amiga melliza, Derecha. Tenían la misma edad, claro, desde su salida de la fábrica hacía un año. Habían estado juntas en un sinfín de eventos, soportando durezas, callos y olores no muy frescos, pero nunca separadas. Ahora, como novedad, no la veía por el rabillo del ojo al caminar.
  Izquierda se sentía pesada y había perdido el habla.
- La noche ha sido dura- se dijo-. Pero he de buscar a mi amiga, sin duda.
  La zapatilla solitaria miró debajo de la cama. Descubrió polvo, unas llaves y ropa interior usada, pero no a Derecha.
  Bajó entonces las escaleras y revisó la cocina, por si se hubiese colado debajo de alguna estantería. Ni rastro.
  En el salón, escarbó bajo el sofá, pero sin éxito. Solo pelusas, monedas y una pulsera de México.  ¿Dónde estaría su amiga?
  Uno a uno, Izquierda revisó hasta los últimos confines: el dormitorio de los niños, la sala de estar, los baños, la bohardilla, detrás de los cojines… pero ni rastro de ella.
- ¿Dónde estás, Derecha? Tu ausencia abre en mi pecho una brecha.
  Ensoñó lo que haría cuando descubriese dónde se escondía su amiga. La abrazaría, la mimaría y con ella hablaría.
- Bueno, eso si recupero el habla- se planteó la traba.
  Si tan solo pudiera recordar...
- ¡Aquí estás!
  Su dueña estaba resacosa, se movía sin coordinación y ojerosa. Izquierda sabía que debía mantenerse quieta, porque era un objeto y se supone que los objetos no son cosas con sentimientos.
  La señora era vieja aunque atlética, y le gustaba el bebercio de forma épica. Con ebria torpeza, levantó a Izquierda y tiró de su extremo firmeza. Derecha salió de dentro de su boca sin aliento, donde había estado atorada todo el tiempo.
  Izquierda y Derecha se miraron un momento. La una había estado de la otra dentro, y viceversa, en una suerte de vergonzoso entuerto. Antes de que ninguna pudiera gritar, su dueña le metió a cada una un pie en la cavidad bucal y las arrastró por el suelo hasta la cocina, en donde se sirvió una manzanilla.
  Desde aquel fatídico día, Izquierda y Derecha no volvieron a mirarse a la cara. No se sentían cómodas cuando cruzaban miradas. A pesar de los esfuerzos, no pudieron superar su desencuentro.
  La antigua amistad de las zapatillas fue truncada con fulgurante pena, y nunca jamás fueron capaces hablar del tema.


Moraleja: Nunca te líes con tu mejor amigo.

FIN

lunes, 30 de enero de 2017

La Sonrisa Escondida

- ¿Y les han detenido ya?
- Sí. Por suerte.
- ¡Qué rápido! En menos de 24 horas.
- Es que hay que ser tontos… yo no sé dónde vamos a llegar…
  Era la comidilla del día. La señora Vanquer había sido un personaje pintoresco del pueblo, una “loca de los gatos” a la antigua usanza. Algunos la tomaban por una vagabunda más, los niños pensaban que era una bruja, con su melena gris y su rostro siempre sucios, sus harapos y sus zapatos destruidos. La versión más oficial era la de que había sido amante de un joven rico hacía años, a quien la mujer de este había descubierto y hecho la vida imposible, hasta arrebatarle todo y llevarla a la locura. Como fuera, Vanquer no le hacía daño a nadie, sólo paseaba por el pequeño pueblo de Long Grass, viviendo de la caridad de las personas y musitando frases inconexas. Eso, hasta hacía unas horas.
  Youtube lo había retirado en un tiempo récord. Las imágenes mostraban a la señora Vanquer paseando en mitad de la noche, con su mirada difusa y sus pasos reptantes. Un maullido llamaba su atención dentro de un contenedor de basura, asustado y, aparentemente, malherido. Cuando la mujer se acercaba, la tapa se levantaba abruptamente y un personaje disfrazado con una máscara horrenda y un martillo en la mano derecha salía, gritando. Entre carcajadas, la señora Vanquer caía hacía atrás, mientras emitía un quejido largo y grave. Luego, empezaba a convulsionarse de manera violenta. En el último fotograma, el rictus congelado de la sintecho casi parecía una sonrisa histérica, amarilla, siniestra. Las imágenes desaparecían.
  El vídeo superó las 100.000 visitas durante las 9 horas que estuvo en la red. No fue difícil para la policía identificar a los culpables del infarto que había acabado con la vida de la señora Vanquer, el chico disfrazado y el cámara. Se les acusaba de homicidio involuntario.
- Dicen que si te plantas en el cuarto de baño a medianoche, con las luces apagadas y una vela, y maúllas tres veces ante el espejo, Vanquer se aparece y te lleva con ella al infierno…
- ¡Venga ya! Es la leyenda menos original de la historia. Además, todavía no ha pasado suficiente tiempo para que se convierta en un mito.
  A Marro, su hermano mayor, siempre le había gustado asustarle. Desde pequeño.
- Bueno, bueno, es lo que dicen- continuó el chico, con una sonrisa maliciosa-. No me atrevo a comprobarlo. Y, yo que tú, tendría cuidado esta noche si me entraran ganas de ir al baño. Conocías a esos chicos, ¿no? Eran tus amigos.
  Steve y Roy iban a su clase, sí. Conociéndoles, sus padres acabarían pagando la multa y ellos tendrían algo de lo que fardar ante las niñas en clase. Además, muy probablemente los suscriptores a su canal crecieran como la espuma.
- No somos amigos- zanjó Zack con sinceridad, apartando la mirada.

Algunas noches en casa de Marro y Zack eran muy solitarias. Sus padres estaban divorciados y su madre (con la que vivían) trabajaba muchas de ellas, en el hospital. Como aquella.
  Cuando Zack apagó el televisor para irse a la cama, cruzó el pasillo en penumbra y observó el espejo del cuarto de baño desde fuera, casi con suspicacia. Miró alrededor, pero su hermano estaba encerrado en su cuarto. Tragó saliva, y siguió recorriendo la casa hasta su habitación.
  Una vez en su alcoba, sacó el cargador del móvil del cajón y se puso de rodillas en el suelo. El enchufe más cercano estaba debajo de su cama. De repente, un sentimiento irracional se adueñó de él. El espacio de debajo estaba parcialmente oculto por la sábana que colgaba. Sintió un escalofrío.
- No eres un crío- se dijo.
  El adolescente sujetó la tela con las manos y, con pulso trémulo, la levantó. Nada. La parte baja de su cama estaba vacía. Zack soltó un suspiro de alivio y enchufó el cargador. La lucecita roja de su móvil se encendió cuando lo conectó. El chico se acostó y apagó la lampara.

Zack abrió los ojos. La oscuridad que le rodeaba era casi total. Los únicos reflejos eran los que escapaban de la persiana, parcialmente subida. Aquello era peor que no ver nada. Las sombras creaban figuras ocultas y misteriosas.
  El chico se hizo un ovillo entre las sábanas, cerró los ojos y trató de no pensar en nada. Resultó un esfuerzo fútil. Necesitaba ir al baño.
- Maldito Marro…
  Zack encendió rápidamente la luz de su mesilla de noche. Como había supuesto, todas las sombras tenían su explicación: el armario, una silla, el ordenador de sobremesa, una pila de ropa sucia… El chico se levantó de un salto y fue hasta el baño. Antes de entrar, se mantuvo mirándolo desde fuera.
- Maldito Marro…
  Pero no tenía más remedio. No iba a poder aguantarse. Antes de pulsar el interruptor, se detuvo en el sitio. Un escalofrío funesto le recorrió la espina dorsal. Había algo dentro… o alguien. Una figura aguardaba en su interior, junto al lavabo. Era un poco más bajita que él, y parecía tener una túnica que le colgaba hasta los pies. Desde su posición, no podía distinguirla bien.
  Zack se lamió los labios. Tenía la boca seca.
- ¿Hola…?- se descubrió a sí mismo preguntando.
  No hubo respuesta.
  Zack estaba aterrorizado. Aquella silueta no tenía ningún sentido, no había ningún mueble ahí, nada que pudiera explicarlo. Pensó en muchas cosas que podía hacer: volver a su habitación, pero la figura seguiría ahí, y podía salir…; podía avisar a Marro, pero entonces se reiría de él; podía… irse de casa, llamar a la policía. Finalmente, sin pensar, el chico encendió la luz.
- ¡Maldito Marro!
  Apoyada sobre el lavabo, había una escoba. Su hermano mayor le había puesto una toalla encima, asemejando el hábito de una monja. Mientras hacía sus necesidades, Zack pensó en posibles formas de devolvérsela. Tiró de la cadena, evitó lavarse las manos para no enfrentarse al reflejo del espejo y volvió a su cuarto.
  Aliviado, Zack miró la hora en su móvil. Las 2:34. Todavía tenía tiempo antes de que el despertador sonara para ir a clase. Vio que la luz del cargador no estaba encendida. El chico desconectó y conectó el teléfono, sin provocar ningún cambio.
- Vaya…
  Sujetando el cable, Zack se puso de rodillas y levantó el faldón que caía de sus sábanas. Se le congeló el corazón.
  Vio una figura parcialmente oculta por las sombras, agazapada. Unos ojos muy abiertos, inyectados en sangre. Una sonrisa afilada, amarilla y podrida. El chico notó una punzada aguda cuando unas uñas largas se clavaron en su hombro. Antes de poder gritar, un tirón seco le arrastró hasta que sus pies desaparecieron por debajo de la cama.   

Fue una noche muy ajetreada en Long Grass. Tres niños habían sufrido sendos infartos en sus habitaciones. Sus cuerpos estaban fríos y sin vida cuando llegaron los equipos a cada casa, casos tan súbitos que costaba darles explicación. Dos de los jóvenes eran los implicados en el reciente caso de la muerte de la anciana, grabada y colgada a youtube, por lo que la policía investigó el tercero. En su ordenador hallaron archivos ocultos, escenas del rodaje de la muerte de la señora Vanquer editadas que no se habían colgado a internet.
  Pero el caso no se detuvo ahí. Al día siguiente, una joven apareció en su cuarto, en similares condiciones y, dos noches más tarde, un chico y una chica, entre ellos el hermano mayor del editor del vídeo.
  Los muertes se extendieron por otros pueblos y ciudades, pero todas ellas con el mismo patrón: los cuerpos, en su mayoría de jóvenes, eran encontrados por la mañana, congelados, con un rictus de terror en sus rostros.
  La policía no hallaba ningún nexo, mientras las víctimas seguían creciendo noche tras noche...

  Más de 100.000 visitas había conseguido el vídeo de la muerte de Vanquer en un día. Y aun había algunas copias que se seguían difundiendo de móvil en móvil.

FIN

lunes, 16 de enero de 2017

El Otoño la Sangre Altera


Lloraba el otoño desconsolado. De sus cuencas huecas, caían hojarasca y ramas secas. Se reían de él la primavera, con su florida cabellera; se desternillaba el verano, frotando sus cálidas manos; y se jactaba también el invierno, en un tono frío y nada tierno.
  La niña acudió intrigada, preguntando qué era lo que sucedía. El otoño respondió entre sollozos: "todo el mundo se ríe de mi rima...".

FIN

miércoles, 11 de enero de 2017

El Cuervo Envidioso

“Soy un artista,
Descubro los sentimientos de la gente
Sin tener ninguna pista.
Soy un artista,
Hago rimas sin cesar que son
Una maravilla.
Soy un artista,
Pinto cuadros con palabras que
Son un regalo para la vista.
Soy un artista
Cuando muera, más que autopsia,
Me construirán una autopista.”

 Conejo Ypunto era una página web muy famosa entre los animales del bosque. Su creador, Conejo, tenía más de tres millones de seguidores, y cada día crecía más. Su última creación, Soy un artista, contaba ya con 2 mil menciones en instafarm y ya todo el mundo había oído hablar de ella. Su último gran éxito quedaría grabado para siempre en los rojos ojos que le perseguían constantemente.
  Vivía en las ramas más altas de un enorme cedro, de madera oscura como el carbón, Cuervo. Para el ave, el último poema de Conejo era insulso, pretencioso, poco original y desprovisto por completo de alma. Probablemente, Conejo lo hubiera creado en el baño, o cogiendo partes de otras obras y pegándolas, pero nadie se lo había dicho y nunca lo harían. Era una estrella, tenía fans, y alguien con fans nunca hace basura, simplemente “hay a quien le gusta y a quien no”. La belleza no era objetiva, al fin y al cabo. O eso se decía.
  Cuervo era un ser de sombras, todo lo contrario que Conejo, siempre bajo los focos. El pájaro vivía apartado de los habitantes del bosque, rodeado de tenebrosos tonos ocres de hojas muertas. No tenía más remedio. Odiaba y despreciaba al resto, casi tanto como les anhelaba y necesitaba en silencio. Pero su luz le dañaba, le quemaba las pupilas. No aguantaba los triunfos de los demás, triunfos que no eran sino la constatación de sus propios fracasos, de que en realidad no era nada. Su única compañía eran los gusanos que se arrastraban, seres de tanta desdicha como la suya. Sin embargo, hasta los gusanos podían convertirse en mariposas. Él no podía. Por eso se refugiaba en aquel árbol negro de monstruosa talla, lo más lejos posible de los demás. Ese cedro no era como el resto, le susurraba. Sus raíces reptaban por el subsuelo sin que nadie pudiera verlas, y se alimentaba de la sombra de los animales del bosque, de su miseria. Era el sitio adecuado para Cuervo, aunque doliera y le quemara por dentro. Su lugar.
  Había algo que unía las vidas de Cuervo y Conejo, un nexo: la poesía. Desde su cima, el ave componía poemas mucho más siniestros, oscuros y llenos de belleza, como la muerte precipitada que alimenta a una maravillosa flor. Sin embargo, nunca los leía nadie, no tenía el impacto que quería, a pesar de ser mejor. De entre todas las cosas que odiaba del mundo, aquella era la peor, la razón de que nunca jamás pudiera perdonar a Conejo, quien explotaba su fama, conseguida como toda, de manera incierta y con mucha fortuna, para encasquetar rimas manoseadas y artificiosas, para pervertir el arte. Y todos eran cómplices.
  El triunfo de Conejo cada vez afectaba más al ave. Cada día revisaba las visitas de Conejo Ypunto, viendo impotente cómo aumentaban sus “me gusta”, sus palabras de admiración, ese calor del que él carecía. El odio ya le había hecho cruzar la línea. En secreto, le había enviado cartas, misivas de desprecio y amenaza, pero dudaba que las hubiera leído si quiera. Como siempre ocurría, Conejo tenía más enemigos, gente como él que le odiaba. Ni siquiera en eso era único. Cuervo había contactado con alguno de ellos, buscando asociación, comprensión y apoyo entre otras almas atormentadas por su éxito. Pero no era lo mismo. Los demás haters tenían sus batallas, sus triunfos y su vida. Aparte de despreciarle, no habían alcanzado la cota de encono del ave. Su odio no era tan genuino.
  Mientras, sus poemas seguían sin recibir visitas. Cuervo estaba tibio de rabia.
  -¿Por qué triunfa ese alfeñique? ¿Por qué la fama cuenta más que la virtud? ¿Es este mundo realmente tan injusto? ¿Es así como se recompensa a quienes pervierten y retuercen la belleza?
  Como cada vez que lanzaba preguntas al aire Cuervo, el viento arrancaba de las ramas del tenebroso cedro la respuesta que esperaba.
  -Porque la gente es de ese modo. Porque la inteligencia pierde contra el sentimiento. No es injusto que triunfe el mejor ante el bueno. El fracaso no es sino lo que merecen quienes no hacen nada para evitarlo.
  Cuervo era, poco a poco, consumido.
  Un día, el destino quiso que los caminos de las dos almas separadas se cruzasen. Conejo paseaba por el bosque de manera relajada, disfrutando de los placeres de la tranquilidad que aquella zona que casi nadie visitaba le ofrecía, cuando Cuervo le vio desde su alta rama.
  -¡Ah! Cuánta paz… ¡qué sosiego! La vida de estrella es una maravilla, pero a veces a uno le sienta bien un poco de soledad para disfrutar de sí mismo. ¡Eureka! Creo que ya tengo tema para mi siguiente éxito.
  Por la mente de Cuervo cruzaron menos pensamientos que imágenes ante sus ojos rojos. El hormigueo incapaz en su pico y en su barriga y el rubor en una mitad de su cara asfixiaron sus ideas por completo. Si alguien puso un pensamiento en su mente, ese fue el árbol.
  -Hazlo.
  Una pluma negra se desprendió de su cuerpo cuando el ave bajó en picado. En un segundo, Cuervo se abalanzó sobre Conejo, aprisionando con sus garras el cuerpo del roedor, aplastando su espalda contra el suelo. Los ojos del famoso mostraban un rictus de terror que satisfizo como hacía mucho tiempo nada lo hacía al violentado depredador.
  -Por favor… no lo hagas… ¿no sabes quién soy yo?- lloró Conejo.
  Cuervo emitió un graznido desgarrador. Luego, hundió su pico en el pecho de Conejo primero una vez, luego otra y otra más, dejando expuesto su interior, su aun candente corazón. Aquella sangre se presentó ante sus sentidos como el más dulce néctar que jamás hubiera probado.
  Una vez terminada con la vida que tanto sufrimiento le causaba, Cuervo retornó volando al cobijo de su rama, con su plumaje aun mancillado por dar rienda suelta a sus más bajos instintos.


La noticia de la muerte de Conejo fue una conmoción para todo el bosque. Los animales organizaron un gran funeral y todos lloraron la pérdida del gran poeta, incluso algunos de quienes Cuervo recordaba haber leído críticas. El pájaro, sin embargo, nunca mostró tal respeto. No quería delatarse, pero no era un hipócrita. La muerte del roedor era para él una bocanada de aire, un gusto que habría celebrado aun de no haber sido suya la mano ejecutora. Además, su obra no había acabado.
  Cuervo se presentó voluntario para dirigir unas palabras al difunto. Su plan era aprovechar su atención para dedicar unos versos tan deslumbrantes que eclipsarían por completo la mediocre obra del muerto. No contento con haberle arrebatado la vida, su próximo paso sería hacer que desapareciera por completo.

- “No es la derrota de la vida,
Es el triunfo de la muerte,
Que a todos de igual modo
Acomete,
Sin importarle posición, rango o fama,
Sin mirar su buenaventura o dicha.
Mientras, a los vivos nos compete
Hacer que se respete la justicia,
Esa que de parcialidad no adolece
Y su mano posa sobre cualquiera
Dándole siempre lo que merece…”

El poema de Cuervo seguía, aprovechando esa necesidad innata de ver aquello que queremos. Cada uno de los presentes interpretaría que de los vivos depende honrar la memoria de quien muere siendo grande. Para el cuervo, Conejo estaba muerto porque lo merecía.
  Hubo aplausos tras la oda y felicitaciones al autor. El entierro continuó como debiera, y ese fue el fin del poeta.
  Se abrió una investigación sobre la muerte de Conejo que no condujo a nada. No había testigos, no había móvil aparente ni sentido. El caso fue explicado como poco más que un siniestro accidente por parte de algún depredador, como si las estrellas debieran ser inmunes al ciclo de la vida, y todo aquello se cerró con tristeza. Cuervo quedó libre y, por primera vez en su vida, ilusionado.
  Pero las cosas no fueron tal como había planeado. La gente pasó de página rápidamente, saltando por encima de su obra. Nadie recordó al autor de la oda que conmovió a los asistentes al entierro de Conejo. Para ellos, Cuervo siguió sin existir. En pocos días, los sucesos fueron barridos como hojas en el viento, y todos siguieron avanzando. De la nada surgió un tal Halcón que ocupó el puesto de Conejo como autor de moda gracias a sus vídeos de acrobacias. Por su parte Cuervo, olvidado, descubrió que era igual de infeliz viendo cómo todos los habitantes del bosque seguían victorias.
  -¿Por qué Búha ha encontrado un trabajo mejor que el mío, si yo era más listo que ella en la academia de aves? ¿Por qué Comadreja sale con tantas damas, si es sólo un cabeza hueca de bonita sonrisa? ¿Por qué Lagarto tiene más dinero que yo, si nunca he hecho nada para lucrarme de manera fraudulenta? Es todo tan injusto…
  Los animales y sus triunfos bailaban ante los torturados ojos de Cuervo. Ahora que por fin había logrado eliminar aquello que más le corroía, habían surgido mil frentes más, y de ningún modo podría solucionarlo todo como con Conejo.
  Mientras tanto, el árbol en que se refugiaba crecía imperceptiblemente, alejándole cada vez más del resto. Pero él no lo veía.
  Tras días de tortura, sus desvelos se vieron recrudecidos cuando de la corteza del cedro brotaron caras. Eran rostros burlones y sonrientes, todos ellos conocidos lejanos, todos ellos almas que habían prosperado arrojando más sombras sobre el dolorido ave, cuyo plumaje había empezado a caerse. Estaban el exitoso Tejón, el popular Comadreja, la inteligente Ardilla, el rápido Lobo, Búha, Lagarto y Halcón, todos ellos mirándole con superioridad infinita… y también estaba Conejo, riendo.
  -Me quitaste la vida -dijo la faz del roedor-. Y aun muerto sigo siendo más recordado que tú.
  Todos los rostros se reían de él, le humillaban. Cuervo hundió su pico en las caras, pero eran sólidas como la corteza de que estaban formadas y no parecían de este mundo, eran inmunes.
  -Cruel cedro… sé lo que eres. Eres la sombra de ellos, el mal que me daña a mí, que no he hecho nada para merecer. Soy el único justiciero, el único que padece en este mundo injusto…
  Y el viento, de nuevo, ofreció su veredicto.
  -Te equivocas. No soy la sombra de ellos, sino que de su sombra yo me alimento. Pero ellos no tienen culpa, ellos viven sus vidas. Si hay alguien a quien deba llamar padre, lo encontrarás en cualquier lago de aguas cristalinas, cuando te asomes a tu reflejo.
  Cuervo guardó silencio. Durante días, el cedro torturó al ave con la visión de la felicidad que él no alcanzaría, hasta que perdió por completo sus plumas.
  Una fría mañana de otoño, cuando el alma del pájaro no podía aguantar más, una rama negra le acarició el cuello, primero con suavidad, después con férrea insistencia. Él ni siquiera se resistió cuando sus garras se alzaron, quedando suspendidas en el aire.
  Y así fue el final de Cuervo, solitario, colgado del cedro. A su funeral no fue nadie. Ningún animal recordó su legado. Sus poemas se perdieron en el tiempo y el olvido, como una flor que se marchita sin haber sido vista por nadie.
  Porque la justicia de parcialidad no adolece, y posa su mano sobre cualquiera, dándole siempre lo que merece.



FIN

martes, 20 de diciembre de 2016

Una Navidad Turbia

Iba a hacer un cuento sobre la Navidad, o algo así. Algo sobre un cuarto rey mago, por ejemplo, uno desconocido, no tan famoso como el resto. ¿Por qué? Quizás porque… porque no trajese regalos. Tal vez ese inédito personaje fuera el encargado de las cosas que nos dicen son más importantes: el afecto, el reencuentro de la familia, el amor, la solidaridad… sobre todo eso. La solidaridad. Al principio no le conocería nadie, ese sería el planteamiento inicial. La gente de hoy pasa de esas cosas, prefieren lo material. Después… después se haría conocer. Tal vez los otros reyes magos se negaran a entregar sus regalos y él fuese el único disponible. Al final, la gente vería que era el más importante, el que siempre estaba ahí pero nunca se le daba mérito. No sé, algo así. Podría hacerlo. Se me da razonablemente bien escribir para estar en la situación en la que estoy… pero hoy no me da la gana. Hoy la niebla es densa, la humedad se interna en mis enfermos huesos y me causa dolor. Hoy no es un día para putas historias bonitas. La gente no las merece…
- Por favor, ruego disculpen las molestias que les pueda ocasionar. Soy padre de familia, tengo dos hijos, de 1 y 3 años. El pequeño está enfermo. Actualmente, no tengo trabajo ni estoy cobrando el paro. Si alguien pudiese ayudarme con lo que fuera, le estaría muy agradecido. Tengo paquetes de clínex para vender, 1 euro dos paquetes o la voluntad. Muchísimas gracias… ¿1 euro dos paquetes o la voluntad? ¿1 euro dos paquetes o la voluntad? ¿1 euro…?
  Paseo por el vagón del metro ofreciéndome, vendiendo mi dignidad. Y duele. La gente no sabe cómo me duele dar un paso con estas putas piernas. La dignidad ya no. Esa ya ni la noto.
  El sonido del tren es como una tabla deslizándose, las curvas me hacen perder el equilibrio. La mayoría no me mira. Saben que estoy, que les hablo a ellos, me oyen… pero mantienen su vista baja. Como si así pusieran un escudo, como si les diera vergüenza…o, quizás, porque mirarme sea asomarse al abismo de sus peores miedos: convertirse en alguien como yo. Tener la cara picada, ir sucio y desarreglado, oler mal… Pero yo a ellos sí que les miro. Tal vez para incomodarles, tal vez para quedarme con sus caras. Esto último nunca lo he conseguido. Veo muchas caras al día, y todas son lo mismo. Rostros ensimismados, agrios y autoprotectores. De vez en cuando, alguno alza la vista y nuestros ojos se encuentran. Un mudo “no” y apartan la mirada rápidamente. Me gusta tener ese poder. Es mi consuelo.
  No dejo de pensar que yo podría ser como estas personas, haber seguido el camino de todos, haber estudiado, encontrado un trabajo, vivido de eso… pero soy hijo de las drogas, el alcohol y, sobre todo, la indecisión. Nada me gusta, nada me llama la atención. “Prefiero morir a vivir haciendo lo que no me gusta”, decía a mi familia. ¿Me arrepiento? Nunca lo hago. Arrepentirse no sirve. Mis padres murieron hace tiempo, no tengo a nadie. Las pivas a las que me he tirado sin pagar hace tiempo que no querrían acercarse a alguien como yo. No las culpo. Pero no me arrepiento.
  La gente me hace el mismo caso que siempre. Cero dinero llevo. Soy un hombre grande, fuerte, podría estar en una obra cargando ladrillos. Y tampoco soy buena persona. He robado, he agredido. He insultado y mentido. De hecho, como no tenga nada que comer, tal vez tenga que partir algunas bocas. No creo en Dios. Y parecen notarlo.
  Un pijo con la raya al medio pasa por mi lado y me roza el hombro. Si le veo de noche, ¡le reviento! Y entonces, unas pequeñas piernecitas se acercan a mí.
- Toma- dice una niña tímidamente.
  Es una niña, pero es rara. No tiene cejas y lleva la cabeza envuelta en un pañuelo morado. Está enferma de algo, creo. No lo sé. No me importa.
  Le tiendo la mano y me da un papel. Es simple y está dibujado con trazos irregulares, pero es una estrella amarilla. Además, suelta una moneda. 20 céntimos. Una basura. Le miro a los ojos sin ninguna expresión.
- Gracias.
  A lo mejor lo he dicho muy secamente. A lo mejor es porque no le he deseado “feliz Navidad”. No me gusta usar eso. La Navidad es una mierda. Hace frío y no motiva a nadie. Cuando oyen “Navidad”, la gente no piensa en solidaridad o hermanamiento. Piensa en regalos, gasto. Y son más tacaños. Como sea, la sonrisa de la niña desaparece y se va andando rápido hacia un señor con gabardina y aspecto desaliñado que la espera en un asiento, mirándome seriamente. El padre. Probablemente le haya dicho que me dé el dinero como entretenimiento, como si fuera un animal de zoológico al que tirar cacahuetes. A lo mejor lo ha sacado de su hucha y me da lo poco que tiene. Poco importa. Esa cantidad es una mierda, calderilla que pesa más que ayuda. Meto el dibujo en un bolsillo y la moneda en otro. Y sigo.

Nunca creí en Dios. Quizás de pequeño, con el fervor vacuo que inculcan unos padres que han mamado de la iglesia, pero desde que tengo la razón, la relevancia de eso es para mí la misma que la de un huracán en China: ninguna. A lo mejor por eso Dios no me quiere.
  El día de hoy ha sido una mierda. 3 euros, lo justo para un bocata. Ni para el peor vodka. Tendré que registrar las zonas de botellón otra vez. Va a hacer frío. Frío de cojones. Las calles de Madrid son tan frías en diciembre… y el suelo está resbaladizo, empapado. Puta niebla.
  Paseando por Plaza España, veo unas luces, un cartelito de abierto. Es un chino. Algunos son… útiles. Algunos prefieren darte algo antes de que se la líes. Otros guardan navajas. Pero hay que arriesgarse.
  Cuando entro en un sitio, el ambiente siempre es hostil. Los humanos tenemos ese mecanismo de defensa llamado “prejuicio”. Estamos solos y el tío no es tonto. Me mira con el ceño fruncido, detrás de esos ojos rasgados y severos, con todos sus sentidos puestos mí. Es bajito, más que yo. Eso es bueno.
- ¿Tiene algo que le sobre?- pregunto.
  El chino niega. Igual ni me ha entendido del todo. Pero niega, por si acaso.
  Reviso el local con la mirada. Es sucio y pequeño. Las botellas de alcohol están alineadas a su espalda. En el mostrador tiene chucherías… y algo más.
- ¿Me puedo llevar uno de esos?- le digo, señalando un “Rasca y Gana de Navidad”.
  El chino me mira un segundo. Niega otra vez. No me entiende.
- ¡DIGO!- Toca empezar a alzar la voz-. QUE SI ME DA UNO, AMIGO.
  El chino vuelve a mirarme con esos ojos nada amistosos.
- Tle eulo.
  Joder, por fin lo ha cogido.
- NO TENGO NADA. YO…
  Me reviso el bolsillo de manera visible. Noto algo frío y duro, lo saco. Son 20 céntimos, quizás los de esa niña. Los había olvidado.
- SÓLO ESTO.
  El hombre vuelve a mirarme. Su rostro se está poniendo tenso por momentos.
- Tle eulo.
- Joder, ya lo sé…
- Vete, pol favo.
  Ya me ha tocado los huevos. Un chino de mierda me dice que me vaya…
  Agarro la moneda fuertemente, hasta que me arde dentro del puño. Y se la tiro a la cara.
  El hombre se lleva la mano al ojo donde le he acertado. Entonces, le doy un puñetazo. La sangre empieza a caer justo cuando el cartílago de su nariz resbala entre mis nudillos.
- ¡Ah…!- grita, con voz nasal.
  Agarro un rasca y salgo corriendo. Aun no es lo bastante de noche, alguien podría estar cerca. Hay transeúntes y coches. Es mejor no ser avaricioso. Además, sólo ha sido un capricho. Mientras el chino grita, yo me alejo por las calles oscuras sin oposición. La gente se aparta. Es Navidad. Nadie quiere ser un héroe en Navidad.
  Me escondo detrás de unos contenedores en la cuesta de San Vicente. Hay más gente como yo. Miradas sucias, tristes y desvalidas se me clavan encima. A algunos les conozco. A otros no, pero sé que son escoria. Como yo. Iguales a mí. Y, por fortuna, no les importo.
  Poco a poco me relajo, mientras noto cómo mi corazón, que iba a mil, se sosiega. Quizás el chino haya llamado a la policía. Les deseo suerte a los agentes tratando de entenderse. Y ya si lo consiguen, a ver cómo me distinguen entre todos estos diablos.
- ¡Eh! ¡Grunt!- oigo que me gritan. Es un viejo desdentado, con una barba que debería ser blanca, pero tan sucia que ha adquirido un tono amarillo repugnante-. Ven aquí.
  El viejo me hace aspavientos con la mano. Le llaman Pet, de mascota, pero nadie sabe su nombre. Hace tiempo que perdió la cabeza, pero es un tío que comparte el alcohol, y sólo a cambio de hacer que escucho sus desvaríos de viejo loco y aguantar la peste de sus labios podridos por el tabaco. Y eso está bien para mí.
- Ahora, Pet.
  Busco en mis bolsillos. Con el frenesí del momento, había olvidado el frío que hacía. El vaho se acumula a mi alrededor como si la propia alma tratase de escapar de mi cuerpo. ¿Dónde habré metido el rasca? Lo primero que encuentro es una hoja arrugada. La abro. Es el dibujo de la niña del metro, la estrella mal hecha. La tiro al suelo. Sigo buscando, hasta dar con él. Está manoseado, pero no roto. Lo abro. “Gana hasta 500.000 euros”, leo, con letras doradas. Dejo escapar una risa turbia. Así de simple. Si algo he aprendido, es que las cosas que son tan fáciles son mentira. Rasco la primera casilla con la uña de mi dedo índice. Está tan sucia que un poco más de roña apenas se nota. Lanzo otra risotada seca.
- Qué coincidencia…
  El primero es una estrella amarilla. Miro la leyenda. Con tres, el primer premio. Los 500.000. Sin entusiasmo, rasco la segunda casilla. Por un instante, mi corazón vuelve a acelerarse. Otra estrella.
  Demasiados pensamientos. Tengo que ordenarlos. Por un instante, muchas cosas pasan a la vez. Una casa. Calefacción. Un coche. Putas. Comida caliente. La cara del chino, sangrando. La cara de todos aquellos a los que he dejado sangrando en el camino. La cara de la niña, asustada. La de mis padres, muertos, decepcionados. ¿Qué he hecho en la vida? ¿Qué hago ahora? Tengo que calmarme. Estas mierdas son así. Hay muchos billetes casi premiados. Así te enganchan. Así juegan con tu cabeza.
  Poso la uña. Dos estrellas. La tercera está en el suelo, arrugada. Alguien la pisará y se ensuciará. Como yo lo estoy, desde hace tanto tiempo… por suerte, no creo en Dios. No creo en el bien o el mal. Creo en salir adelante, como sea. Pero no siempre he sido así. Quizás este boleto sea mi oportunidad de volver a ser… menos mierda. No creo en Dios. No creo en… ¿justicia? ¿Me merezco el premio? Sé la respuesta…. ¡a la mierda, sólo es una estafa! Estas cosas no tocan. Y si oca, ¿qué…?
  Rasco la tercera casilla. Una risa nerviosa, histérica e incontrolable se adueña de mí por completo. Repaso las tres casillas con calma, analizando bien cada figura. Es inútil. No puedo parar de reír.  
- Puta… mierda…
- ¿Qué coño pasa?- pregunta una gitana con el pelo aceitoso, envuelta en mantas roídas. No sé en qué momento se ha colocado junto a mí. En este vertedero de personas, sólo sobreviven los fantasmas.
  Aprieto el papel en el puño.
- ¡¿A ti qué coño te importa?!
  Veo su cara. La súbita respuesta le desencaja el rostro un segundo. Otra vez esa cara. Es miedo, pero también es asco. Es la cara que merezco, y no otra cosa.
  La mujer… aunque no lo parezca, lo es, me gruñe algo en otro idioma. Me la suda. Me doy la vuelta hacia la carretera. Un coche se acerca a toda velocidad.
- Ni me lo puedo creer.
  Con decisión, lanzo el “Rasca y Gana”. El viento que levanta el coche se lo lleva lejos, hasta perderse en la noche.
  No creo en Dios. No creo en el bien o el mal. Pero sí que hay algo en lo que creo. Y es una mierda haberlo descubierto ahora. Me doy la vuelta.
- A ver qué quieres, viejo loco- le digo a Pet, preparándome para otra noche de lo que merezco.

Es de día. La cuesta de San Vicente está concurrida. Decenas de personas caminan de un lado a otro, decididas, directas a sus destinos. Algunas van a trabajar, otras a las rebajas de Navidad, como borregos. Es lo mismo. Ninguna mira a otra. Ninguna mira al cielo. Ninguna mira al suelo. Si uno escucha con calma, se puede extraer un ritmo común de sus pisadas.
  Entre la vorágine de zombis, una niña pasea cogida de la mano de su padre. Tiene la cabeza envuelta en un pañuelo verde y las piernas muy finas, casi como alambres. Canta en voz baja, mirándose los pies.  De repente, se detiene. Algo ha llamado su atención en el suelo, algo que nadie ve. El padre tira un poco de ella, pero esta finalmente se suelta.
- Vamos a llegar tarde al médico- dice el hombre, ojeroso.
  La niña le ignora. Se agacha a recogerlo.
 - No cojas cosas del suelo…- empieza el hombre.
  Pero la niña no le hace caso. En su lugar, agarra un “Rasca y Gana” sucio y pisoteado. Lo mira un instante.
- Uy…
- Te vas a manchar…- pero, antes de que acabe la frase, ella le muestra el boleto. La cara del hombre cambia drásticamente.
- ¿Papá?

- Feliz navidad.