martes, 3 de agosto de 2021

Qué podría haber sido

 ¿Qué podría haber sido? Podría haber acabado de jugar al pádel, haberla avisado, haber hablado de lo bien que he jugado y lo que me ha gustado, preguntarle qué tal el día, cómo se sentía por la vacuna, qué tal en su trabajo... ¿Qué podría haber sido?

Podría haber sido calor, interés, hablar con ella. Cariño. Decirle que la quiero, que a ver si este sábado finalmente no trabajo y podemos hacer algo, pero que igualmente me voy a dormir con ella aunque trabaje, que eso seguro.

Esto no me está haciendo bien.

¿Qué podría haber sido? Podría ser un poco feliz, que hubiera algo de luz. Podría haberle contado mis inquietudes con mi padre y con mi casa, lo que tengo que hacer mañana. Podría haber sido apoyo, comprensión...

Me duele. Me escuece mucho.

En su lugar, ha sido un buen partido de pádel, tomar algo con los rivales y volver a casa, solo y triste, flagelándome y dañándome. Podría haber sido sol, pero es luna, o ni siquiera, la oscuridad que rodea un cielo sin astro aparente en el firmamento. 

Lo has elegido, es lo tuyo. Casa fría y sola. Dolor. Tristeza. Lo que tienes que hacer. Lo que te mereces.

Esto no me va a hacer bien, a no ser que me fuerce a que así sea. Veamos. 

Buen partido, Dani. Buena vida, payaso. 

Mañana, por lo menos, trabajo. Necesito estar cansado para huir de mis pensamientos. 

domingo, 25 de julio de 2021

Anoche le hablé a un árbol de mis penas


 Anoche estuve dando un paseo por el campo, solo. Como no había nadie, me permití el lujo de expresar en voz alta lo que rondaba mi cabeza y fue bastante liberador. Era dolor, era odio y era miedo. De alguna manera, el materializarlo con palabras alivió un poco esa presión que constantemente siento en el cerebro. Entiendo que es lo que hacen quienes hablan solos, cuando hay mucha rabia dentro acumulada, por algún lado tiene que escapar. Sé que no es sano, pero he intentado contarle a la gente y no ha funcionado. Ahora que estoy solo, estoy realmente solo.

Lo "gracioso" fue que me encontré con un árbol, uno fino y esmirriado de los que cuando lo miras no puedes evitar intuir lo débiles que deben de ser sus raíces. Tenía una rama, una mustia y chuchurría, lo bastante endeble como para no poder soportar el arbusto que albergaba. Me imaginé que el pobre arbolito había estado escuchándome, soportando mis penas mudamente, y había acabado por aburrirle tanto que había preferido ahorcarse antes que seguir escuchando. Me hizo gracia, esa gracia amarga que surge de mis entrañas cuando más hundido estoy, ese "hay que ser inteligente para reírse de uno mismo" pero sin inteligencia, solo pena. El árbol estaba ahí colgado, y yo le miraba con envidia.

Ayer necesité pensar en un pie gigante aplastándome, primero la cabeza, luego el cuerpo. Yo no era de carne, sino de algún fluido que se deshacía con el peso. He estado pensando que quizás fuera lodo, pero no era tan líquido ni tampoco pegajoso; después pensé en ceniza, pero tampoco tenía ese toque arenoso; ahora, por fin, sé lo que era, sé de lo que soy: una sombra, una que de algún modo ha conseguido volverse un poco más densa que las demás, pero que si la tocas desaparece.

Me diluí bajo un gran pie y fui feliz. Bueno, no tanto. Estuve en paz. Le hablé a un árbol de mis penas y estuve en paz. Caminé por el bosque solitario y estuve en paz.

Hay paz en la soledad, pero también mucho dolor. Debería decirme algo bonito para terminar. Veamos.

La foto del árbol me gustó.


viernes, 23 de julio de 2021

El chico en la boca del infierno

 El chico ante la boca del infierno estaba, aguardando su turno. Ante él condenados se apelotonaban, dando torpes pasos hacia su oscuro futuro. 

Una vez llegada su vez, la boca negra preguntó al chico, que tenía edad de hombre pero que nunca se había atrevido a dar ese último paso hacia la madurez, con voz profundo y desgarrada, desprovista de toda esperanza.

-Y tú, enano. ¿Qué haces aquí?

-Por ego y miedo dejé escapar a lo más bonito que tenía en mi vida y lo mejor. Por mi inseguridad e incertidumbres erré, pequé de creerme mejor y acabé convertido en nada. Por mi única e ineludible culpa me condené en vida y aquí estoy.

La boca solamente preguntó una cosa.

-¿Valió la pena?

El chico dudó unos instantes.

-Ella no era feliz conmigo. Yo no di mi brazo a torcer. ¿Hubiéramos seguido hundiéndonos? No lo sé. Puede. Es probable. También pudiera ser que no, que de algún modo hubiéramos llegado a alguna solución. Ni idea. Pero al final decidí aceptar mudamente el veredicto, sin pedir revisión porque creo que no me la merezco, no me he ganado otra oportunidad. Lo que sí me he ganado es el miedo, el dolor, la yaga en la boca que se agranda cada vez que hablo, las pústulas en la piel y en el alma  propias de quien deja irse a la única persona que podía salvarle de sí mismo... y creo que eso está bien. Nadie merece estar conmigo, aunque hubiera sido malo, no hay razón para ese castigo. No me queda otra que trascender, que ser mejor, ser otra cosa. Con mi dolencia y mi desazón aceptar el desenlace y perderme en las sombras que inevitablemente devorarán mis tripas desde dentro. Aunque me pese, aunque me duela, me he mantenido fiel a mí mismo. Aunque sea la peor de las condenas, la persona más importante de mi vida no era ella, soy yo. Es triste. Es pobre. Es patético. Pero solo me tengo a mí. Y no me queda otra que vagar por este infierno.

La boca sonrió.

-Veo duda en tus palabras. Es la aceptación de alguien que no se cree lo que dice.

El chico se encogió de hombros.

-A estas tristes alturas, ¿tengo elección?

La boca nuevamente se carcajeó.

-No.

Y de un bocado fue succionado, empujado y tragado hacia el abismo por el que habría de vagar. Intentaría, quizás con éxito o no, elevarse lo suficiente para encontrar fuerzas en el dolor y seguir adelante, dando un paso tras otro, moviéndose en la penumbra hasta no poder más, hasta que se acabara todo. Por el bien del resto, por la salud de los demás.

Si lo consiguió o no, no lo sabemos aún. Que lo va a intentar, siempre.

viernes, 5 de marzo de 2021

Vuelta al lodo


"Cabalgué dicha,

y ya nada queda...

 No es ausencia,

es presencia que falta,

es un silencio que pesa

más que compañía alguna.

Y ahora que estoy rendido

me quema la duda

de si será esta la última vez

que caiga de la montura.

Por fin...

En el suelo no soy feliz,

pero estoy seguro.

En el suelo soy libre.

En el suelo soy capaz.

Y es el suelo mismo 

lo que obliga a caminar,

y seguir avanzando

aunque sea por el fango."


Si paras, mueres

domingo, 12 de abril de 2020

Por ellos

Las 7 de la mañana. El familiar eco precoz del despertador le saca de sus sueños, sonido que le transporta a momentos pasados en que madrugar era lo habitual. Lo único que ha cambiado es la melodía sofisticada de su móvil, en comparación con el chirrido del viejo reloj de mesa que solía emplear aquellos días. Pero el eco sigue siendo el mismo. Toque de diana.

Falso. También ha cambiado su cuerpo. Más provecto, levantarse le cuesta: su cadera está menos fuerte, sus piernas son trémulas, sus manos más arrugadas... pero, en tanto que estas mantengan su firmeza, podrán seguir siendo usadas. Podrán ser útiles.


Mientras prepara un desayuno simple de café y galletas, piensa en su amada. Se pregunta si se siente orgullosa de él, esté donde esté, de su decisión de volver a ponerse la bata tras tanto tiempo colgada, de exponerse a pesar del riesgo. Seguramente sí, tanto como lo estuvo el día en que decidió jubilarse y dar paso a nuevas generaciones. Vive en un pueblo pequeño, de recursos escasos, y se requiere su ayuda. Ellos también merecen ser atendidos. Casi puede oír la voz de su amor verdadero. No les dejes en la estacada.


Los cuidados que el hombre ofrece son limitados. A sus setenta años, está oficialmente retirado y solo cuenta con un equipo algo anticuado en el salón, justo para un tratamiento básico. Pero es útil. No se trata de una herramienta desgastada, como tampoco lo es él. Ningún servicio será nunca más imprescindible que el cuidar a otros. Aunque no hablen su mismo idioma. Aunque él no entienda las palabras exactas, tan solo una idea aproximada de lo que sus pacientes le quieren decir.


Una vez su ritual de preparación acaba, exactamente una hora más tarde de su despertar, implacablemente puntual cual reloj suena el timbre de la entrada. Guantes. Mascarilla. La bata. Todo listo para recibir a su primer invitado. O, en este caso, invitada. Una joven con las mismas precauciones aguarda en la entrada. En sus brazos, una perrita le espera con el gesto temeroso de no entender qué está sucediendo, pero con la vitalidad de la juventud en su mirada. 


–Buenos días. Lola no mueve bien una pata, cojea cuando la saco a pasear.


Él no vacila.


–Pasa al salón. Vamos a ver qué podemos hacer para que se encuentre mejor.

lunes, 30 de marzo de 2020

A UN CIELO DE DISTANCIA


Aquí me hallo, contemplando el eterno azul que se extiende en todas direcciones, igual que hiciera tantas veces antes junto a ti. Que no pueda ser igual en este momento es una condena ante la que no me queda más remedio que rendirme. Porque estás, pero al otro lado del cielo.

  Fuimos felices y tristes pero, juntos, invencibles siempre. Elsa… recuerdo tu nombre cabalgando sobre el viento, con esa entonación que yo le daba y que siempre te hacía sonreír. La pena me golpea de nuevo, una vez más esa sensación desagradable de vacío en mi pecho. Me pregunto si dejaré de sentirla algún día.
  Aun recuerdo la primera vez que te vi, cómo el sol bañaba tu piel. Acababa de conocerte, pero ya te conocía de toda la vida. ¡Qué cosas! ¿Verdad? Nunca creí en esas dulcificaciones de la realidad. Nunca las vi como algo distinto a consejas de hadas. Nunca las entendí del todo hasta ahora. Hasta que ha sido demasiado tarde.
  Con el tiempo, llegué a amarlo todo de ti. Tu melena castaña, tus ojos de bronce, tu piel, tus uñas, tu olor… y también tus imperfecciones. Lunares, espinillas, los rollitos que te salían en la tripa cuando te sentabas y ese silbido que se escapaba de tus labios cuando te reías. Todo. Superada la barrera de lo que la sociedad nos susurra constantemente, la venda de mis ojos se había desprendido y donde antes había trabas, solo vi el sello y la marca del amor.
  Elsa. Tu mero nombre es ya presencia. Recuerdo con imborrable paladar luctuoso la última vez, ese fatídico día en el coche. Si hubiese sabido lo que se cernía sobre nosotros… si hubiese podido esquivar aquel vehículo… ahora todo sería distinto. Ahora mismo no estaría contemplando ese cielo enorme solo, lejos de ti, tan lejos...
  No supe entender el funeral. Estaba obnubilado por mis propios sentimientos, emociones encontradas. Miedo, dolor y… ¿alivio? A mi alrededor solo había rostros tan pesarosos como distantes, caretas de personas que conocía y a las que también quería, pero que sin embargo en aquel momento no significaban nada, apenas sí estaban. Eran impostores de mis padres, nuestros amigos, tu familia… no había reproches ni rencores, pero tampoco consuelo, solo tú en mis ojos y en mi mente. Y no me dolía nada, pero me dolía al verte. Ceremonia breve, como siempre dijimos que sería. Palabras que no me dijeron ninguna cosa de un hombre que no significaba nada para mí, sonidos juntos casi al azar que ni siquiera rozaron mi cerebro, muchas lágrimas escociendo en mi piel, humo, tierra, polvo que regresa y ya nada más.
  Lo que pesa no es la muerte, entiendo. Lo que de verdad aflige es la consecuencia para el destino, el fantasma de aquellas cosas que siempre quisimos hacer juntos y que ahora ya no sucederán. Éramos jóvenes, no hubo tiempo de tener hijos. Dos querías, ambas niñas, para que la una hiciera compañía a la otra, para que fueran un equipo. Los viajes de nuestros sueños que nunca hicimos: la India, Chile o la Gran Manzana. Pero, por todos los vuelos que nunca pudimos alcanzar, todas las vidas que no tuvimos tiempo de crear y todas las hazañas que nos faltaron por conquistar… aún existe esa posibilidad.
  Ahora que se acabó el tiempo, lo entiendo. Yo me he de marchar. Tan solo pido y rezo para que tú sí que cumplas tus sueños. Que viajes, que paladees, que siga tu vida. Que llegues a ser la escritora que siempre quisiste, con ese talento que me desbordaba cada vez que me deleitabas con una de tus historias. Que tengas amigos, que conozcas a gente que te abrace y apoye cuando lo necesites. Y sí, que encuentres a alguien que pueda hacerte feliz cuando yo te falte, que vuelvas a enamorarte. Que seas madre, que tengas a tu equipo. Pido que sigas adelante por los dos, que tus pies te lleven a donde siempre quisimos llegar.
  Yo, por mi parte, te vigilaré desde el cielo, desde cada amanecer y cada atardecer, desde el silencio. Estaré en los malos momentos transmitiéndote lo que pueda para animarte, y en los buenos para disfrutar contigo y ver con orgullo lo fuerte y valiente que estarás siendo por los dos. Porque no hay evento, ni sombra, ni muerte que pueda borrar jamás que siempre te he querido y que siempre te querré.
  Mi alma: sé, ríe y vive por los dos. Es lo único que pido.



martes, 28 de enero de 2020

Otro día que quiero desaparecer

Me quiero ir de aquí.
Quiero salir.
Necesito estar solo,
desparecer
hundirme sin nadie alrededor.
Es el estanque el que ase
el pie del turista
de mares
de muerte
de sombras
sin gente.

No hay esperanza
no hay salida
para no ser responsable
para no ser dañado
quiero estar aislado.
Cabeza muerta
en cuerpo que se pudre,
anhelo vacío.
No queda sueño
que aguante envite
de la vida
cual caballero sin su corcel
cual torre de Babel.

Me quiero ir, oculto.
No hay esperanza,
no hay futuro para nadie.
No lo ven.
No lo quieren.
Me quiero desvanecer
solo, sin nadie.
Solo, sin gente.
Malos modos
dolor
falta de carácter.

Una olla a presión.
Una fiesta sin baile.
Una queja: no ser;
y un anhelo: desaparecer.