viernes, 5 de junio de 2015

El Estuche de Colores

Cuando Saeta nació, su abuelo le regaló un estuche de colores.
- Para que pintes la realidad como quieras, para que tu mundo nunca sea gris- le susurró el anciano a la cuna, palabras que el chico nunca recordaría.
  Diez años después, Saeta aún continuaba con aquella colección de colores intacta, la cual parecía aguantar mágicamente el desgaste del tiempo y el uso sin apenas dar muestras de haber sido estrenada. Su abuelo había muerto hacía tres años, pero para el chico era como si estuviera junto a él cada vez que dibujaba, con su mirada serena, sus cejas blancas distendidas en una mueca de calma y sus labios tensados en trémula sonrisa. Por eso pintaba a menudo, por eso dejaba volar su imaginación, materializada y atrapada con sus dedos en lienzos que se volvían realidad y le transportaban a lugares que sólo él podía alcanzar.  
   Aquel día, Saeta ya había dibujado en su cuaderno el enorme azul estrellado, la nave blanca y la escafandra para construirse un traje de astronauta. El chico se lo encajó perfectamente, pues estaba hecho a su justa talla y, de repente, notó cómo la gravedad se rendía, sus pies se despegaban de la tierra y su cuerpo se mecía libre en la inmensidad del espacio. Durante un tiempo, viajó a los confines de la galaxia, exploró planetas de los que nadie había oído hablar nunca y saludó a sus extrañas criaturas, e incluso se acercó lo más que pudo al sol hasta que el calor le hizo sudar dentro del traje y volvió a su nave a tomarse un helado.
- ¿Qué haces?- oyó aquella sinuosa y sibilante voz.
  Saeta cayó al suelo. Sabía bien de dónde procedía el sonido.
- Explorar el espacio. Soy un astronauta- le dijo a los faldones de su colcha que ocultaban el espacio de debajo de su cama.
  De repente, como una araña que nota tensión en alguna parte de su tela, una figura salió de entre las sombras. Su cuerpo era completamente negro, tenía un torso humanoide y siete piernas como extremidades; su rostro era una mascarada negra, completamente lisa a excepción de unos ojos amarillos maliciosos. El chico le había bautizado como Eso.
- ¿Puedo mirar? Sabes que me gusta observarte.- A Saeta siempre le había asombrado como aquel ser era capaz de hablar sin que le viera la boca, pero supuso que habría de tener una.
- ¡Claro! Puedes ser mi segundo de abordo- dijo el chico.
- Gracias, pero prefiero mirar sólo.
  Saeta pilotó su nave espacial hasta la hora de la cena, siempre observado por Eso, que le contemplaba sin expresar ninguna emoción. El chico se despidió de la criatura y fue al comedor. Cuando volvió a su cuarto, Eso había desaparecido como siempre hacía. El niño guardó su preciado estuche y se fue a dormir.
  La tarde siguiente, Saeta volvió del colegio como siempre. Casi sin cruzar palabra con su madre, siempre ensimismado, fue corriendo a su cuarto, abrió el cajón donde guardaba las pinturas y las liberó sobre la cama. Esta vez, una mueca de extrañeza atravesó su rostro.
- Qué raro…
- Hola…- saludó Eso, saliendo de debajo de su cama-. ¿Sucede algo?
- Hola. Sí, algo raro. No puedo ser astronauta: la pintura azul ha desaparecido, no tengo con qué pintar el cielo- respondió Saeta entristecido.
- Bueno amigo, no le des más vueltas, no pasa nada. Sólo es una opción entre varias, ¡todavía te quedan un montón de pinturas!
- Tienes razón.
  Aquella tarde, el niño fue bombero. Montado en su reluciente camión, rescató varios gatos de los árboles, salvó a sus amigos de edificios incendiados y combatió las llamas que amenazaban con comerse bosques enteros.
-Ha sido emocionante… ¡realmente emocionante!- dijo Eso antes de volver a su escondrijo.
  Al día siguiente, cuando Saeta regresó de clase y sacó las pinturas, de nuevo le acometió la duda.
- No puede ser…
- Hola- se presentó otra vez Eso-. ¿Qué te ocurre niño?
- Hola. Hoy no encuentro el color rojo. Sin él no podré pintar el camión de bomberos. ¿Sabes algo de eso?
- ¿Yo? Para nada.- La figura reaccionó de manera descaradamente exagerada-. Sólo soy tu amigo y quiero ayudar. Todavía te quedan otros colores que puedes utilizar, ¿no es así?
- Tienes razón.
  Aquella tarde, Saeta fue un granjero que vivía apartado del resto del mundo cultivando frutas y verduras, cuidando agradecidos animales y disfrutando al aire libre de la naturaleza.
  Pero, para desgracia de Saeta, la situación continuó empeorando. Día tras día, cada vez que llegaba de clase, su estuche de colores mágico iba perdiendo pinturas. Verde, naranja, morado, amarillo, rosa… las posibilidades de dibujar se le iban agotando al chico. Probó a llevarlo siempre consigo pero, de manera misteriosa, los grafitos seguían desapareciendo hasta que, finalmente, al chico sólo le quedaron dos opciones.
  Saeta contemplaba el color marrón entre sus dedos. Desde siempre, aquel había sido uno de sus menos favoritos.
- Hola…
  Eso volvió a salir de su escondrijo.
- Hoy no estoy de humor. Aún no sé qué puedo dibujar sólo con esto. Lo siento.
­- Lo sé… jajajá…
  La risotada estalló por toda la habitación descarada, triunfal, nacida de lo más profundo de aquel ser oscuro. Por primera vez, Saeta vio la boca de Eso, desproporcionadamente grande, roja y con unos dientes afilados como cuchillas y llenos de ávida saliva.
- ¿Por qué te estás riendo?
- ¿”Por qué” dices, muchacho? Porque todo está saliendo bien. Todo está saliendo como DEBE ser.
  De repente, una lengua rosada y bífida salió de las fauces del monstruo, se enroscó en torno al color y tiró de él hasta arrancarlo de las manos de su propietario. Con un sonido húmedo de deglución, Eso  devoró la pintura.
- ¿Qué haces? Sin colores no puedo hacer nada- se quejó el niño mientras el ser se relamía.
- Aún te queda uno- dijo Eso, con una voz muy distinta a la que había tenido hasta el momento, mucho más grave, solemne y pesada como una lápida.
  Saeta miró en el estuche. Al fondo se había quedado la pintura más anodina de todas, aquella que casi nunca usaba: el frío gris.
- Utilízalo-  ordenó Eso.
  El antiguo niño, que ya se había convertido en hombre, se rindió y obedeció. Con aquel color como su única posibilidad, dibujó una mesa gris llena de documentos y papeles que estuvo todo el día ordenando; al día siguiente hizo un almacén, donde se dedicó a cargar y descargar cajas; otro día, un traje austero con una corbata constrictora, convirtiéndose en oficinista. Desde entonces, cada día, Saeta apagaba el despertador a las 5 de la mañana, se aseaba y vestía e iba a su trabajo arrastrando los pies, como cada una de las demás personas grises de su alrededor. Durante varios años desde aquel momento, los cuales parecieron siglos, todos los días fueron iguales: cumplía sus obligaciones sólo por lo que ese nombre significaba, ganaba un sueldo para poder vivir con comodidad, volvía a su casa y descansaba hasta que el día siguiente empezara de nuevo.
  Mientras tanto, Eso  estaba casi desaparecido. A veces oía su risa cruel cuando volvía a casa agotado y se tumbaba, pero por lo general había dejado de hablar con él. Y, mientras tanto, el hombrecillo se sentía más hastiado, triste y, en cierto sentido, débil.
- Ahora gano dinero pero, ¿de qué me sirve? Yo lo que quiero es color en mi vida…  
  Un día, después de llegar a su casa tras una dura jornada, Saeta se sintió especialmente nostálgico y sacó el estuche de colores, ahora inútil, que tanto tiempo llevaba olvidado. Una vez con él, cogió la pintura gris y jugueteó con ella entre los dedos. Era triste y sosa, casi como un lapicero vulgar, y con su tosca punta apenas se podían hacer burdos trazos. Añoró los tiempos pasados en los que cualquier color que pudiera imaginar estaba en sus manos, cuando sus sueños podían correr desbocados sobre el papel… momentos perdidos para siempre.
  Justo cuando Saeta iba a guardar la pintura de nuevo, se fijó en que había algo dentro del estuche, algo que siempre había estado ahí, pero que nunca había visto, quizás por estar escondido con el antiguo montón de colores. Con cuidado, el hombre cortó dos bordes del cartón y lo desplegó. Palabras con la solemnidad del pasado se descubrieron ante sus ojos, dibujadas con el mismo color que ahora sujetaba en la mano.
“Querido Saeta, te regalo este estuche de colores para que pintes la realidad como quieras, para que tu mundo nunca sea gris. Úsalos libremente y sin miedo, pues en cada uno de ellos dejo presente mi cariño y la potencialidad de que seas lo que desees”.
  Saeta repasó la carta varias veces. Sin duda, la letra debía ser de su difunto abuelo.
- Es muy bonito eso que dices pero… ¡no tiene sentido!- se quejó amargamente a nadie en particular-. Dices que no quieres que mi mundo sea gris, pero al mismo tiempo es la única pintura que me queda, ¿qué podría hacer sólo con eso? Nada tiene sentido… esto sólo son palabras escritas… en un cartón viejo… Espera, ¡eso es!
  Saeta corrió a coger su cuaderno, lo abrió en la cama por una hoja en blanco y se puso manos a la obra. Inmediatamente, como alertado por un peligro inminente, Eso salió arrastrándose pesadamente de su escondrijo.
- ¿Qué haces, viejo? ¿Todavía no te has dado cuenta de que es inútil? Mejor ocupa tus ratos libres en descansar y mentalizarte de cómo hacer más dinero.
- Silencio. No volveré a obedecerte, a partir de ahora voy a hacer lo que quiera. Por fin lo he entendido, aunque me haya costado tanto tiempo. Me quitaste todos los colores menos uno para que me rindiera a la ironía, para que mi desesperación me hiciera aferrarme al único, al que, según tus cálculos, era el que menos me podía servir y más me anclaría al mundo que quieres que me devore por completo. Pero cometiste un error, pues el color que me has dejado tiene tanto poder como cualquier otro, si no más.
- Jajá, me río de tu ingenuidad, ¿me lo dices en serio o te burlas de mí con faroles? Da igual los colores que tengas, no servirán de nada, y mucho menos ese patético gris insulso. ¿La vida no te ha demostrado ya que dibujar es una pérdida de tiempo? Qué tonto…
- Te equivocas. Crear algo nuevo es muy poderoso y vas a verlo ahora mismo. Además: yo no estoy dibujando.
  Saeta le mostró la hoja sobre la que había estado trabajando a Eso. El monstruo leyó las líneas con sus impasibles ojos.
“Descubrió entonces Saeta que había tenido el poder todo el tiempo, la potestad de convertir el mundo a su antojo aún sin colores, sólo con palabras, a la espera de una voluntad nacida de la conciencia para hacerlo. Cuando le mostró a Eso sus progresos, el ser oscuro se dio cuenta de que no tenía nada que hacer y se deshizo al momento”.
  El semblante de Eso cambió al momento. Sus ojos, hasta ahora afilados, se dilataron en una mueca de espanto que pudo adivinarse a pesar de la total ausencia de otros rasgos. Como hielo al sol, el monstruo se derritió entre chillidos rápidamente, hasta quedar reducido a un charco negro en el suelo.
  Desde entonces, la vida de Saeta cambió por completo. Podría seguir trabajando en un sitio que no le gustara, levantándose a horas demasiado tempranas para su gusto o haciendo cosas que aborrecía porque, al final, siempre tendría la posibilidad de transportarse a cualquier sitio que su imaginación le permitiera y, en cierto sentido, vivir cualquier realidad que quisiera. Sólo con un lapicero.


Cuando crecemos, podemos ir perdiendo pinturas, pero hay algo que nunca desaparece: nuestra capacidad innata para poder ensoñar y crear cosas nuevas de la nada.  

FIN

martes, 14 de abril de 2015

La Persona de su Vida

-Pst, ¡oye! ¡Eh! Despierta…
  Martina abrió los ojos, pero no reconoció el lugar donde estaba. Se trataba en una cámara vertiginosamente amplia, rodeada de diversas estatuas de imponente porte que parecían mirarla con suspicacia. Todas eran grandes, adustas, severas y poderosas y, a pesar de que sus facciones estaban perfiladas en un negro tan profundo que las hacía irreconocibles, por su forma se dio cuenta de que todas eran mujeres.
- ¿Quién ha dicho eso?- preguntó la chica.
- Pst, ¡oye! Aquí.
    La chica se revolvió en el pétreo suelo hasta dar con la fuente del sonido. Tendida entre un montón de escombros de piedra, yacía una pequeña águila del tamaño de un ratón.
  Martina reprimió un quejido.  
- ¿Qué sitio es este?- preguntó la chica desde lejos.
- ¿No lo sabes? Ayúdame niña.
- No sé si podré. Nunca me han gustado los pájaros.
- ¿Y eso?
- Desde niña. Se puede decir que me dais pavor. Y encima uno que habla…
- Ya, bueno. Pues perdona, pero esta vez vas a tener que tragártelo y colaborar o nunca podremos salir de aquí.
  Martina se incorporó para ir hasta donde estaba el águila. En cuanto se levantó, las esculturas reaccionaron alzando sus armas y poniéndose en guardia.
- Tranquila- dijo el ave, advirtiendo su miedo-. No te harán nada si no las atacas. Sólo son precavidas.
- De acuerdo. No me has dicho qué lugar es este.
- Mira a tus pies, niña. Es un tablero.
  La chica obedeció. Efectivamente, el piso estaba dividido en secciones de cuadrados negros y blancos, asociados en diagonal. Cada estatua ocupaba una de aquellas delimitaciones.
- ¿Cómo uno de ajedrez?
- Algo así.
- No sé cómo he llegado aquí. Ni cómo puede existir algo así. Ni tampoco quién eres tú.
- Bueno, a eso último te puedo contestar- dijo el águila-. Soy una pieza de tu bando. La última, en realidad. Vamos perdiendo, observa.
  Martina miró alrededor. Más o menos desde la mitad hasta que el enorme tablero acababa de manera abrupta en un abismo, varios montoncitos de piedra ocupaban sendos cuadrados. Por alguna extraña razón, a la chica no le costó demasiado meterse en el papel.
- De acuerdo. ¿Cómo hago para salir de aquí?
- Pues la única manera es derrotar a tu rival, creo yo.
- ¿Qué rival?
- Mira arriba.
  De nuevo, la muchacha accedió. Desde las alturas, un gigante sin rostro yacía con la cabeza hacia delante.  
- Sigo sin comprender nada… ¿qué está pasando? ¿Qué son esas cosas? ¿Y tú?
- Deberías saberlo. O, al menos, tener una cierta idea. Tú eres nuestra reina, siempre lo has sido, la que manda y nos gobierna. ¿No sabes quién puede estar jugando en tu contra?
  La chica miró a las sombras femeninas. Luego, a su rival en el cielo.
- Tengo una idea. ¿Cómo acabo con estas cosas?
- Primero necesitas un arma… ¡mira, allí! En ese montón de piedra. Antes había un caballero muy chulo. Una pena cómo murió. Pero su garrote sigue estando. Cógelo.
  Por tercera vez, Martina hizo lo que le mandaba el pájaro. El arma estaba parcialmente enterrada entre la grava y parecía enorme y pesada. No obstante, para su sorpresa, consiguió levantarla fácilmente con la diestra.
- Vaya…
- ¿Sabes lo que hacer con eso?- preguntó el águila.
- Por supuesto.
  La joven apretó la empuñadura hasta que sus dedos se pusieron blancos. Luego, se lanzó a acabar con las sombrías criaturas. Embriagada por una furia cuya procedencia sólo intuía, comenzó a golpear las esculturas.
  Ágil y liviana, con una facilidad que no se esperaba, se movió entre las sombras, esquivando sus débiles defensas y destrozando los cuerpos con maestría. En pocos minutos, sólo quedaron montañitas negras.
- ¡Bravo! ¡Excelente! Sabía que podíamos confiar en nuestra Reina- graznó el ave.
  De repente, una puerta apareció en el otro lado del tablero. Martina se dirigió a ella.
- ¡Espera!- la detuvo el águila-. ¿No pensarás dejarme aquí?
  Martina gimoteó.
- Vale. Puedes venir. Pero no te acerques mucho, todavía me das “yuyu”.
- Eso debería decirlo yo- opinó el águila. Luego, aleteó hasta ella.
  Martina abrió la puerta. A pesar de que había aparecido construida en el aire, cuando la atravesaron se vieron como por arte de magia en otra sala. Aquella nueva habitación parecía el estudio de algún artista, lleno de herramientas, martillos y piquetas, además de un montón de bloques negros como el carbón. Encadenado en un rincón, un chico joven y pálido les miraba con los ojos desorbitados y sus útiles en las manos.
- Tú…- dijo la chica con un suspiro.
- Martina, ¿qué haces aquí?- dijo el joven. En su voz había algo más que sorpresa. Se trataba de miedo.
- ¿Por qué no mejor me dices porqué me estás haciendo esto? Eh, Pedro- se quejó la chica.
- ¿Le conoces?- preguntó el águila.
- Es una larga historia.
  Pedro le miró un instante con sus ojos enormes como dos huevos. Luego, se señaló las cadenas.
- ¿Hacerte yo? ¿No ves que estoy encadenado? Yo sólo esculpo estatuas por obligación.
  Martina observó sus manos, y el cuerpo femenino aún por acabar que se iba formando de la roca.
- Parece que tiene sentido- opinó el águila.
- De acuerdo. Te creeré aunque no lo merezcas- concluyó Martina.
- Mira, una puerta. Por ahí estará el responsable de todo esto- dijo el ave.
  La chica miró en la dirección indicada con el pico. Tras el umbral, un pasadizo llevaba a unas escaleras ascendentes.
- Bueno. Vamos allá- dijo la chica, cargando su maza.
  Pedro retrocedió asustado. Viéndoles pasar, al final consiguió armarse de valor y preguntar.
- ¿Me vas a sacar de aquí?
- Ya veremos- contestó la chica.

El hueco de las escaleras era estrecho y estaba mal iluminado. La chica subió delante, perseguida por el persistente viento que el águila creaba con sus alas.
- ¿Quién era ese?- preguntó.
- Era... mi ex.
- ¿Ex?
- Exnovio. Ya sabes… salíamos juntos, hablábamos de todo, nos consolábamos y nos ayudábamos, estábamos apoyándonos en los malos momentos… hasta que me dejó.
- ¡Ah! Una pareja más.
- No. No una más. Lo era todo para mí. Era el hombre de mi vida.
- ¿“El hombre de tu vida”? Perdona mi ignorancia, pero sólo soy un pájaro. Hay algunas cosas que no entiendo de los humanos. ¿Qué es "el hombre de tu vida"?
- Pues es… la persona más especial de tu vida. Aquella por la que lo darías todo, aquella sin la cual no puedes vivir. Ella es el principio de tus mañanas y el final de tus noches, lo más importante que tienes… alguien a quien nunca dejarás de querer. 
- Vaya. Qué putada.
- No. No lo es. Cuando estás con esa persona especial eres el ser más feliz del planeta, puedes con todo. Te da energía y vida, mueve tu mundo.
- ¿Y cuándo no estás con él?
- Pues… cuando no estáis juntos, no- dijo Martina con tristeza.
- Vaya… pues yo no querría tener una persona así ni loco.
  Martina se dijo que no le entendía, que eran conceptos muy complicados para el cerebro de un pájaro. Luego, se detuvo un instante a pensar. Cada vez el aire era mayor, y las alas del águila ya casi rozaban las paredes. La chica se preguntó cuándo había crecido tanto. Tragó saliva.
- Y dime, ¿tienes alguna idea de quién puede estar haciendo todo esto?- preguntó el pájaro.
- Sí. Todas esas formas eran de chica, como también estoy segura de que lo era la que nos miraba desde arriba. Creo que el nuevo ligue de Pedro le está utilizando para hacerme daño. Para torturarme- Martina apretó el puño con más fuerza.
- ¿Por qué piensas eso? ¿Conoces a esa persona?
- No. Pero es el único tercero que podría conectarnos a ambos. Esa zorra…
  Los dos aventureros llegaron a una trampilla que se interponía en su camino. La chica la empujó con ansiedad y ambos salieron al piso superior.
  Aquel lugar era un torreón cubierto por una cúpula de vidrio. En su interior había un busto de mujer gigante a medio hacer, mientras que las gotas de lluvia de una terrible tormenta golpeaban el exterior.
- ¡Mira! ¡Allí!- dijo el águila. Su voz se había vuelto mucho más profunda y grave. Martina tuvo miedo de girarse y ver cuán grande se habría vuelto. Trató de calmarse, no le había hecho nada. En algún momento tendría que superar lo de los pájaros. Y ahora tenía cosas más importantes de las que ocuparse.
  Mirando a través del cristal, una misteriosa encapuchada les daba la espalda. Martina estuvo segura de que se trataba de una mujer por las formas que se adivinaban a través de su túnica. Sujetó la garrota como si fuese un bate de béisbol y se acercó lentamente.
- Se acabó, maldita zorra, seas quién seas. Dime cómo salir de aquí.
- ¿Salir?- repitió un eco extraño. La chica se volvió y se quitó la capucha.
- No puede ser- le dijo Martina a su imagen especular.
  La chica que tenía delante era una copia calcada de ella: su misma melena parda, sus mismos ojos verdes, sus mismos pómulos marcados y su mismo cuerpo de aspecto frágil, con los hombros pequeños. El único detalle que le decía que se trataba de otra persona era el tono de su piel, de un gris apagado enfermizo.
- No puedes salir, no has entrado a ningún sitio- dijo su clon-. Llevo mucho tiempo bombardeándote, resistiendo, tratando de que… no escapara…
- ¿Quién? ¿Pedro?
- ¡Eso!
  De repente, el águila se abalanzó sobre la nueva Martina. Con su enorme pico, rodeó la cabeza de la aparición y dio un tirón seco hasta que la arrancó. Una vez engullido el cráneo, abrió aún más sus fauces hasta sujetar los hombros de la joven y, de un trago, la deglutió por completo. Como si hubieran pasado años en un segundo, el ave creció hasta doblar su tamaño. Bien podría medir lo mismo que un elefante.
- Muchas gracias, niña idiota. Sin tu ayuda no lo habría conseguido- rio el monstruo.
- Qué te lo has creído.
  La chica saltó sobre el ave, blandiendo su garrote. Con un golpe de ala, el águila detuvo el avance de la joven para después, con su poderoso pico, partir el arma por la mitad.
  El pájaro fue hasta la trampilla.
- ¿A dónde vas?- preguntó Martina.
- ¿Tú qué crees? A comerme a tu amado, a hacerme más poderoso. Destruiré todo lo que fue, todo lo que significó para ti. Perderás su recuerdo. Los dos ganaremos, ¿no te parece?
  Comerse a Pedro… el recuerdo que le amargaba, la pena que jamás se iba. Su imagen le había impedido dormir bien, le había robado el apetito y las ganas de vivir. La duda de lo que habría podido ser y no fue le había asfixiado desde entonces, y la rabia porque otra pudiera estar llevándose esos momentos la oprimía el pecho como una armadura de una talla que no le correspondía. Vivir toda su vida así la atemorizaba más que nada en el mundo y eliminar a Pedro era llevarse todo eso… pero también su memoria, los buenos momentos que pasaron. Lo que aprendieron juntos, lo que disfrutaron, lo que rieron, vivieron y lo que sintió estando a su lado... y lo que dejó dentro de ella.   
- No. No harás tal cosa.
  El pájaro gigante la repasó con sus enormes ojos amarillos.
- No me hagas reír. ¿Cómo piensas detenerme?
-Ya sé quién eres, Miedo.
  El águila pareció sorprenderse un instante. Sin embargo, se repuso rápidamente.
- Bueno. Conoces mi nombre, ¿y qué?
- Que ahora lo entiendo todo. Yo estaba equivocada. Y tú cometiste un error.
- ¿Qué error?
- Comerte mi Culpa.
- Y ahora me comeré al hombre de tu vida.
- Él no es el hombre de mi vida, sino de la suya. Al igual que yo soy la mujer de mi vida y de nadie más. El resto, sólo son cuentos infantiles.
  El águila la analizó un instante con su mirada rapaz. De repente, su cuerpo empezó a retorcerse y a hincharse, hasta que pareció un muñeco cuyas costuras estaban a punto de romperse. De su interior comenzó a emanar una luz brillante y cegadora, a la vez que la tensión de su piel aumentaba.
- ¡MALDITA SEA!
  Finalmente, el Miedo explotó, inundando la sala de un blanco que escapaba de la cúpula, iluminando el cielo lluvioso.

Martina abrió los ojos. Esta vez reconoció su cama, las paredes de su habitación, su escritorio… estaba en casa. La chica se desperezó un instante. Se sentía más descansada que en meses.
  Luego, se levantó envuelta en su pijama de terciopelo y caminó hasta la ventana. El sol iluminaba el exterior, las hojas devolvían su reflejo verde y una brisa veraniega cálida acarició sus mejillas. De repente, un par de mirlos se acomodaron en una rama, a escasos centímetros de ella, y empezaron a mesarse las plumas con el pico. Por primera vez en mucho tiempo, la chica sonrió. Hacía un día espléndido y nada ni nadie podría cambiar aquello.

FIN


jueves, 9 de abril de 2015

El Cielo Gris de la Venganza

Durante el periodo Sengoku(1) de Japón, convivieron dos grandes clanes: el Fujhu, de Akita y el Ghenji, de Iwate. Debido a disputas ancestrales, sus miembros se odiaban mutuamente y peleaban entre ellos. Miles de vidas cayeron durante los enfrentamientos, los cuales se sucedieron por tanto tiempo que llegó un momento en que ya nadie se acordaba de cómo se originaron las disputas.
  Con el paso de los años, subió al poder un shogun(2) piadoso que decretó el fin de la guerra entre los dos clanes. Ofreció retribución a ambas familias por las pérdidas sufridas e instauró una pena de muerte para quien rompiera la tregua. De este modo, los Fujhu y los Ghenji dejaron de pelearse y, con el tiempo, la paz llegó al reino. Pero aquella calma era volátil y endeble, pues muchos miembros de ambos clanes se negaban en secreto a perdonar. Era el caso de Sotomure, del clan Ghenji, un guerrero samurái que perdió a sus tres hermanos y su padre durante la guerra.
  Sotomure era un hombre orgulloso, hábil con la espada y de carácter recto y honorable. Aprovechando la paz y el dinero recibido, compró un dojo para impartir clases de kenjutsu(3) y donde se estableció con su esposa. Con los años, el hombre fue bendecido y maldito al mismo tiempo, pues del fruto de su amor nació la vida y la muerte: su mujer murió durante el parto de su hija, Sushana. A pesar de la pérdida, Sotomure agradeció a los cielos el haberle dado una hija para poder continuar su legado y la crio dándole sus mejores cuidados. Era su mayor tesoro.
  Pasaron los años y la vida de Sotomure prosperó, aunque en su interior seguía sin poder deshacerse de un veneno que le consumía mudamente: el odio por las pérdidas sufridas durante la guerra. Un día su hija, que ya se había convertido en una mujer, le pidió permiso para casarse con un joven que había conocido hacía tiempo. La sorpresa de Sotomure fue mayúscula cuando se enteró de que el pretendiente era un descendiente del clan Fujhu. En el mismo instante en que conoció la noticia, el viejo guerrero tuvo que enfrentarse a una bifurcación en el cauce de sus sentimientos: perdonar al enemigo que tanto le había arrebatado de joven, o impedir la felicidad de su hija. Tras sopesar las opciones, decidió aceptar el casamiento, y tanto la joven como su futuro marido se trasladaron, junto con todas sus pertenencias, al dojo.
  La noche estaba avanzada, cuando Sotomure desenvainó su antigua katana y, mientras Shusana dormía, apuñaló a su futuro esposo en el vientre. “Me vengaré” dijo el joven antes de morir, con una enigmática sonrisa sanguinolenta en la boca. “Adelante. No le temo a la muerte” respondió el samurái. Luego, revolvió toda la habitación.
  A la mañana siguiente, Sushana lloró amargamente la muerte de su amado. Ante los evidentes indicios, la policía concluyó que se había tratado de un robo truncado y cerró la investigación. Sotomure consoló a su hija, mientras en su interior notaba el cálido abrazo de la venganza cumplida.
  Desde aquel día, cada noche, Sotomure se despertaba oyendo débiles sollozos que recorrían las paredes de dojo. Era un llanto ahogado, constante y terrible que le atenazaba el alma, mas supuso que formaban parte del luto de su hija y no le dio importancia. El hombre aceptó estoicamente el calvario nocturno hasta que, cierta madrugada, despertó más agitado de lo normal. La oscuridad era total, a excepción de la luz de una luna roja que brillaba con alma propia en el cielo. De repente, sintió unos arañazos en el piso. Rápido como un gato, el samurái recogió su katana justo cuando la puerta corredera se abría. La armadura ceremonial de los Fujhu pareció contemplarle desde la entrada. La iridiscencia del astro arrancaba reflejos carmesí del metal que iluminaban toda la sala con el color de la sangre. Sotomure estaba convencido de presenciar la materialización de un fantasma y, antes que por la suya propia, temió por la vida de su hija.
- Es a mí a quién quieres. Decidamos esto de una vez- dijo el anciano, desafiante.
  La armadura no respondió. En su lugar levantó su espada hasta colocarse en guardia.
  Sotomure y la aparición se batieron en duelo por largo rato en la oscuridad. La edad había vuelto más lento y débil al hombre, pero mantenía los reflejos intactos y la práctica le había dotado de técnica para suplir sus carencias. Fue por ello que pudo desarmar a su rival y asestarle una puñalada en la barriga, justo donde ya hiriera a su antiguo propietario. Del mismo modo, un reguero de sangre salió de la herida, resbalando por el acero del sable hasta mojar sus dedos. Cuando Sotomure le quitó el kabuto(4) a su adversario, ahogó un grito de dolor al ver la cara de su hija. “Venganza” dijeron sus labios antes de exhalar el último aliento.
  El viejo guerrero encontró una nota en la mano de la joven, la cual había estado apretando contra la empuñadura de su katana durante el combate.

  “Mi amor, aunque te niegues a creerlo, hay posibilidades de que tu padre intente matarme esta noche debido a las antiguas disputas entre clanes. Si algo malo me ocurriera, sería tu deber vengarme. Te quiero”.


  Sotomure no fue capaz de soportar la culpa y se abrió el vientre con su katana. Pero, del mismo modo que la rechazó en vida, no halló paz al otro lado. Y desde entonces vaga por los infiernos, atormentado por los llantos de los nietos que nunca tuvo y perseguido por los ancestros de la familia Fujhu y de la propia Ghenji, por haber acabado con un miembro inocente tanto de un clan como de otro.
  Cuando devolvemos daño a quien nos lo hizo, generamos la potencialidad de que ese mismo dolor nos sea devuelto multiplicado. De este modo, la Venganza es un monstruo que se retroalimenta, y únicamente estará dispuesto a afrontar su camino aquel que esté dispuesto a destruirse a sí mismo.  

FIN


1 Periodo Sengoku: También conocido como "periodo de los estados en guerra", comprendió desde el año 1467 hasta el 1615 y fue famoso por la inestabilidad política y militar del país, así como por la transcendencia de los samuráis en la guerra.

2 Shogun: El mayor título militar, otorgado directamente por el emperador. Durante el periodo Sengoku era quien realmente regía el país, relegando la figura del emperador a un mero observador o título icónico.

3 Kenjutsu: Arte marcial japonés basado en el manejo de un solo sable. 

4 Kabuto: Casco tradicional de la armadura japonesa, habitualmente se usaba junto a un "mengu", una máscara que hacía las veces de armadura facial. 

Fuentes: Diversas series japonesas, cómics y wikipedia (tan friki no soy).


domingo, 5 de abril de 2015

Complejo de Gárgola

El museo de Torrentown era mundialmente conocido por albergar entre sus milenarios muros  la mayor colección de obras de arte que conociera el mundo moderno. Mickelo, Bertotti, Black… todos los artistas de renombre tenía su representación en ese lugar. La gente viajaba de todos los rincones de la tierra para admirar sus tesoros, patrimonio de la humanidad en su mayoría, testimonio de aquellos grandes artistas ya perecidos desde tiempos inmemoriales.
  Las proyecciones que allí compartían techo eran las más deliciosas del mundo conocido: bodegones de mil colores, escenas colosales de batallas épicas, enormes guerreros de majestuosa talla, finos bustos de delicada belleza, grandes bestias mitológicas de aspecto embriagadoramente amenazador… Todo el arte allí era orgulloso y deslumbrante, pues cada día su ego era satisfecho por la ingente visita de quienes empleaban sus monedas en admirarlas… excepto una de ellas.
  En un rincón muy alejado de la entrada, tenebroso y casi sin luz, había una estatua lúgubre y sombría, siempre arropada por el sonido de un triste violín. Tenías una fauces afiladas y saltonas, orejas grandes y puntiagudas, la cabeza deformada, una nariz desmesurada y abultada y una expresión retorcida e infame; su cuerpo estaba encorvado y cheposo, sus extremidades eran desproporcionadamente largas y de su espalda brotaban dos alas retorcidas y resquebrajadas que no habrían podido volar ni aunque hubiesen estado hechas de otro material que no fuera oscuro mármol. La gárgola no recibía miradas de admiración o de fascinación, sólo de desconcierto, temor y rechazo.
  Durante el día, las obras debían guardar la estoica forma ante los ojos de sus aduladores. Mas por la noche, cuando el museo cerraba, se movían libremente y soltaban la cuerda que habían acumulado durante la jornada… y la gárgola sufría las burlas de sus compañeros de muestrario.
- Dinos gárgola, ¿cuántas visitas han ido hoy a verte?- preguntó con sorna un imponente Adonis griego.
- ¿A esa qué van a visitarla? Sin duda, la gente tiene miedo de que ceda su endeble cuello y les aplaste con su enorme narizota- continuó la broma la mitad superior de una joven dama romana.
  Tres muchachas que jugaban desnudas en un parque rieron de manera estridente.
- ¡Eso no es verdad!- se defendió la gárgola.
- Tus facciones son tan grotescas que son un insulto para quienes las sufren- continuó el héroe antiguo.
- ¡Mentira!
- Tu cabeza bien podría sustituir a un pepino en ese bodegón- opinó un lord inglés desde su estudio.
- ¡Callad!
- Y con esas alas tan enclenques no podrías superar el vuelo de una gallina- se inmiscuyó también el óleo de un imponente dragón, de porte brillante y majestuosa.
  Rodeada de burlas y risas crueles, la gárgola entristeció.
  Avanzada ya la noche, cuando todas las demás obras se hubieron cansado de torturarla, la desdichada estatua se sumió en un deprimente monólogo.
- Yo os maldigo, obras infames, a todas. La naturaleza humana de los artistas ha quedado impregnada en vosotras, que como un espejo reflejáis su mezquindad sobre mí. Maldigo a las personas que me otorgan menos atención por mi aspecto, baluartes de la apariencia frente al contenido, superficiales y presuntuosas. Maldigo a mi creador por haberme hecho tan horrenda… ¿me habrás querido en algún momento¿ ¿O tan sólo habré sido un tributo a la fealdad desde el principio, una mofa sobre piedra? Por último, maldigo mi cuerpo, mi imagen impactante, desagradable y monstruosa que tanto dolor me ha traído…
  Lo cierto es que la gárgola era enormemente infeliz. A menudo trataba de lijarse las partes sobrantes de su cuerpo, más no tenía herramientas para ello, por lo que todo quedaba en rozaduras, tan dolorosas como fútiles. Todas las mañanas, el personal de mantenimiento tenía que recoger las montañitas de arena que se acumulaban frente a su peana, procedentes de sus ojos.
- Ojalá hubiera una manera de derrotar el suplicio que me atormenta desde dentro… mi cuerpo es mi enemigo.
  Una mañana, el cielo respondió a sus súplicas. Ocurrió que, mientras la gárgola aguantaba en su triste postura, un niño se acercó a observarla. La gente apenas solía hacerlo unos segundos antes de irse a admirar obras más llamativas y bellas, pero por alguna razón, el niño le dio una oportunidad. El monstruo le dedicó una mirada de soslayo y, por un instante, sus ojos se encontraron.
  Al principio, el joven se asustó un poco. Al contraer el gesto, sus dientes salidos le dotaron de un aire de hámster, sus ojos saltones se abrieron aún más y su nariz aguileña se alzó tanto que casi interrumpió su campo visual. Poco tardó en reponerse de la conmoción inicial.
- ¿Puedes oírme?- le dijo, ceceando.
  La gárgola miró alrededor disimuladamente. Viendo que estaban prácticamente solos, asintió tímidamente.
- ¡Hala! ¡Qué guay!
  La gárgola se limitó a bajar la cabeza.
- Parece que sufres. ¿Por qué estás triste, gargolita?- dijo el niño, con aquella empatía que caracteriza a los más torturados.
  La estatua meditó unos instantes si debía o no contestar.
- Los demás se ríen de mí. Me insultan, me llaman feo y se meten con mi aspecto.
  El niño se encogió de hombros.
- A mí en clase me dicen que me parezco a una gárgola- se limitó a decir.
  La estatua le miró y, de nuevo, maldijo a su creador. Hasta fuera del museo se mofaban de su aspecto y lo utilizaban como algo despectivo.
- ¿Y tú qué les respondes?
  El chico repitió el gesto y, con inocencia, dijo:
- ¿Responderles? Es verdad que me parezco.
  El muchacho escuchó que sus padres le llamaban.
- Me tengo que ir. ¡Hasta otra!
  El joven se fue tan natural y desinhibido como había llegado.
- Que con mis 500 años de historia haya recibido una lección de un mocoso de apenas 10…
  Por la noche, como era habitual, las burlas llegaron a oídos de la gárgola.
- ¿Qué tal, monstruito? ¿A cuántos turistas has espantado con tus orejones de soplillo?- preguntó el Adonis, mientras se colocaba la corona de laurel con la lanza.
  El museo contuvo las risas, esperando el momento de la carcajada.
- Tienes razón. Mis orejas son grandes y puntiagudas como las de un conejo, mi nariz parece la trompa de un oso hormiguero y mis alas no podrían llevarme muy lejos pero, ¿sabes una cosa? Eso no me hace peor, como al busto no le hace peor no tener brazos ni piernas, o al lord inglés tener un bigotillo ridículo que parece una mancha de café, o a ti que tu miembro sea minúsculo. Todos somos diferentes, ¿no crees?
  Entre risas, el Adonis se tapó las partes con la lanza, avergonzado. 
  Y desde entonces, la vida en el museo cambió para ella. Los insultos dejaron de dañarla, las risas no le amargaron y, en fin, a la gárgola nunca más le disgustó que la llamaran “gárgola”.

FIN



Gordos, flacos, altos, bajos, feos, guapos, grandes, pequeños, peludos, calvos… tal vez el truco no sea negar, sino aceptar que todos somos distintos. 
"Si la filosofía tiene algún valor, es el de enseñar al hombre a reírse de sí mismo." Su Tung-p´o 

lunes, 23 de marzo de 2015

Los Recuerdos que Encierra una Canción

“¿Qué es la vida? ¿La reminiscencia de lo que hemos vivido, o la continua incertidumbre del futuro?”

Que Ártico no era un chico normal lo sabía todo el mundo. Mucho más callado que los demás niños, se decía que ni siquiera lloró al nacer, aunque quizás aquello sólo formara parte de la leyenda. Siempre ensimismado, inmerso en otra realidad, a veces se quedaba largos minutos mirando un punto fijo como si viera algo que nadie más podía, cual demente. Marlo sabía que no se trataba de eso. O, al menos, eso esperaba.
  Marlo fue el único amigo verdadero que Ártico tuvo en toda su vida, y sólo había una razón para ello: podía entenderle. Demasiado cohibido, demasiado ajeno a lo que le rodeaba, no era fácil para ningún niño hacer buenas migas con alguien así. Sin embargo, Marlo había sido capaz de escavar bajo esa fachada y descubrir la faceta soñadora y ambiciosa del joven. En realidad estaba deslumbrado por su pensamiento mágico, su ideación de las emociones y de las personas.
- La gente es como esferas llenas de reflejos brillantes, impresiones de luz por lo que han vivido. Cuánto más brillantes, más tienen dentro para dar. Pero no son luces estáticas, sino que vibran a una frecuencia determinada para ordenarse, para formar lo que son.
- No lo entiendo- replicó Marlo.
  Ártico sonrió como un adulto hablando de los Reyes Magos con un niño.
- Imagina poder modificar eso. Imagina poder crear esas ondas. Imagina manipular esas luces a tu voluntad- dijo el chico, lejos de querer explicárselo a su amigo.
  Aquellas cosas no eran fácilmente aceptables para un niño de 9 años, pero su amigo tampoco era como los demás aunque, desde luego, mucho más que él. A pesar de no entenderle del todo, Marlo sí que podía pensar que las cosas que decía Ártico eran posibles. Más que amistad, lo que sentía era una especie de admiración. Ártico y Marlo, la gente les reconocía siempre juntos, crecieron inseparables. El uno siempre maravillado por la faceta mística y creativa del otro, quien a su vez hallaba consuelo en la única persona que le ofrecía apoyo en sus días más melancólicos.
  Las diferencias entre ambos chicos eran notables: Ártico era esbelto, abrumadoramente inteligente e interesado por cualquier expresión artística, especialmente la música; pasaba horas practicando con su violín y escribiendo cosas que a nadie dejaba leer nunca; de aspecto un tanto enfermizo, pues el sol apenas le alcanzaba, su piel era el apropiado reflejo de su nombre. Por su parte, Marlo era mucho más corpulento y, aunque iba sacando los cursos al día, todo era gracias al esfuerzo y el empeño que ponía, con peores resultados que su amigo, quien parecía tener un don para aprobar sin apenas esforzarse.   
  Cuando acabaron el instituto, sus caminos se separaron: Marlo ingresó en la Universidad de Ingeniería, mientras que Ártico fue al conservatorio. El músico no entendía cómo su amigo podía sentirse interesado por algo tan intrascendente como la física, pero aquel había sido su sueño, aunque era consciente de lo difícil que sería para alguien sin ninguna habilidad especial como él. Aunque trataron de mantener el contacto los estudios, cada vez más exigentes, requerían la mayor parte del tiempo de Marlo, y Ártico también solía poner trabas para verse aludiendo que estaba trabajando en “el proyecto de su vida”. Poco a poco, la brecha se hizo mayor. El primero encontró nuevos amigos y conoció a una chica llamada Alice, quien sería la mujer de su vida, mientras que el segundo pasaba su tiempo libre enfrascado en sus investigaciones dentro de un piso alquilado de las afueras que mantenía con el dinero de una herencia. Finalmente, la amistad no pudo tanto como la distancia y perdieron prácticamente todo contacto.
  Pasaron los años y, como es natural, la vida de Marlo con ellos. No sin esfuerzo, el tesón de quien no tiene ningún don pero lucha por alcanzar un objetivo le llevó a sacarse el título de Ingeniero de Caminos y encontró trabajo en una industria de construcción. Una vez asentado, decidió llevar un paso más allá su relación y pedirle a Alice que se casara con él. La misma noche del llamó a toda su familia para anunciar la nueva.
  Fue cuando estaban repasando la lista de invitados que Alice inquirió un nombre extraño entre ellos.
- Cariño, ¿quién es Ártico?
- Era mi mejor amigo de la infancia- respondió Marlo.
- Qué raro. Nunca me has hablado de él.
- ¿Seguro?
- Con ese nombre me acordaría.
- Bueno, hace mucho que no hablamos. En realidad no espero que venga pero… en fin, nunca se sabe. Igual es una buena ocasión para volver a verle.
  Para su sorpresa, Ártico respondió a la invitación. “Me encantará asistir. Serás el primero en ver los resultados de mi investigación. Tu amigo Ártico.”
  El hombre no tenía la menor idea de lo que le hablaba, pero la sorpresa fue tal que apenas reparó en el misterio encerrado en sus palabras. Estaba feliz de volver a verle.
  El día de la boda fue uno de los más felices para Marlo. Los ojos del joven se volvieron estanques de vidrio cuando vio a su amada caminando hacia él en el altar. Envuelta en su vestido incólume, durante unos instantes nada más había en la iglesia: ni invitados, ni flores, ni un techo sobre su cabeza que se interpusiese entre él y el cielo. No había miedo o falta de seguridad. No había dudas. Sabía lo que hacía, y hacía lo que quería, y ello pasaba incuestionablemente por Alice.
  La ceremonia fue breve y desprovista de incidentes. Por el tiempo que duró, la pareja no separó ni un segundo sus miradas, ni sus caricias, ni sus sonrisas. Ya durante el convite, fue cuando Ártico se presentó ante los recién casados, ataviado con un traje azul frío y su violín bajo el brazo. Apenas había cambiado desde la última vez que Marlo le vio. Tras un leve saludo, tímidamente y con palabras extremadamente corteses, preguntó cuál era la canción de los enamorados.
- Todas las parejas tienen una. Puede ser la que estuvieran tocando en la fiesta que os conocisteis o aquella que ambientaba el primer beso- explicó el joven. Su voz era un susurro sibilino que incomodó a Alice. Marlo no le dio importancia.
- Mmm… bueno, la verdad es que “For The First Time”, de The Script siempre nos ha gustado a ambos. Fue la canción que tenía puesta en el móvil la primera vez que hablamos- dijo Marlo. Luego, miró a su esposa en busca de aprobación y ésta asintió.
- Perfecto. Es todo cuanto necesitaba.
  La fiesta siguió celebrándose con normalidad hasta que, llegado el momento del brindis, Ártico sacó su instrumento y se subió a la mesa en la que había sido colocado. Sus acompañantes, extraños para él, observaron el arrebato con incomodidad, la misma que parecía notar él mismo por cómo miraba a su alrededor. Marlo levantó la copa en gesto aprobatorio y él pareció corresponder con una sonrisa.
- He aquí mi regalo. Que ilumine vuestro camino, el que empieza ahora.
  Dicho esto, empezó a tocar la melodía que su amigo le había sugerido. A Marlo no le sorprendió que se la supiera de memoria, pues conocía de sobra su inteligencia. El violín le daba un matiz nuevo a la canción, como si fuera una sombra de la misma reflejada a otro nivel, aunque agradable para los presentes. No obstante, apenas repararon en ello. Sin duda, lo que más llamó la atención de todos fue el que pudieran ver las notas.
  Como si el arco arrancara chispas de las cuerdas, el violín creaba láminas como folios que aleteaban en el aire cuales pájaros. Éstos se contorsionaban y bailaban ante los ojos de los presentes hasta que, de repente, caían como si fueran de plomo, encontrándose en el suelo y abrazándose, quedando pegados entre ellos. Ante los maravillados invitados, la música se apelotonó hasta formar una esfera. Una vez terminó la canción, Ártico cogió la bola y se la tendió a su amigo.
  No estaba seguro de qué pasaría, ni tenía idea de qué truco era, pero Marlo la recogió. A pesar de su tamaño (más o menos el de una bola de bolos), no pesaba nada, como si estuviera hecha de aire. Al instante, la pelota se iluminó y la canción que habían escuchado salió de su interior. Aunque ahora no sonaba tal y como la había tocado, sino tal y como la pareja la oyó por primera vez juntos. Los tonos les llevaron a otro sitio, a otra época, las imperfecciones del momento eran las mismas, sintieron que eran transportados a aquella situación vivida hace años, justo cuando Marlo notó el perfume de Alice por primera vez. El hombre miró a su esposa, quien por el brillo de sus ojos parecía, como él, estar volviendo a revivir su encuentro.
- Marlo, siempre confiaste en mí, por eso serás la primera persona a quien regale el trabajo de toda una vida: la esfera de recuerdos.
  Apabullado por la emoción del momento, Marlo apenas se dio cuenta cuando cayó de rodillas para agradecérselo. Ártico sonrió complacido. Los asistentes aplaudían.
  Una vez más, las vidas de los dos amigos dieron giros radicales. Ártico hizo pública su, a falta de una palabra mejor, magia, y sus extrañas esferas pronto se volvieron famosas en el mundo entero. Las personas pagaban millones porque el chico les compusiera una a medida, y él muy alegremente las cobraba. En meses, el joven se volvió rico y famoso, por lo que Marlo no volvió a encontrar un momento de hablar con él.
  El amigo del músico también estaba ocupado comenzando una vida con Alice. Juntos, se afanaron mucho por establecerse en un pisito céntrico de la ciudad, cerca de sus oficinas. Aunque trabajan mucho durante el día, el aliento que se daban el uno al otro cuando estaban juntos les compensaba con creces el esfuerzo. La esfera de Ártico era uno de sus mejores tesoros, y lo guardaban con cariño, pero no tanto como los momentos que compartían. Con el tesón que a ambos caracterizaba prosperaron, fueron dichosos como casi nadie...  y justo cuando se planteaban tener un hijo, acaeció la tragedia.
  Marlo estaba en la oficina cuando le comunicaron que Alice había muerto en un accidente de tráfico. De repente, el tiempo se paralizó, su mundo se rompió en pedazos. El aire había escapado de sus pulmones y subido al cielo, en donde sabía que se quedaría hasta que fuera él quien lo buscara. Primero lloró, gritó y se rasgó la piel, como tratando de despertar de una pesadilla. Luego, rió como un loco.
-Es curioso ver como la vida puede dártelo todo sólo para ver si lo soportarás cuando te lo quite…
  Tras la catástrofe, Marlo cayó en una profunda depresión. Las paredes de su piso se burlaban de él, los rincones de su mente le atormentaban de ausencia. Para dejar de sufrir, decidió cambiar de vida por completo y mudarse a otro país a empezar de cero.
  Estaba empaquetando las cosas para irse de aquella casa. No soportaba la idea de seguir en aquel lugar plagado de recuerdos incompletos, de retazos de lo que fue y ya no era. De repente, abriendo un armario, Marlo se topó con la esfera de recuerdos de Ártico. Llevaba mucho tiempo sin verla y no se acordaba de haberla colocado en el sitio que la encontró. Tal vez fuera una de las últimas cosas que tocó Alice. Justo cuando la sostuvo en sus manos, empezó a sonar aquella familiar melodía… y ya no estaba en casa. Estaba en clase de ingeniería, 10 años atrás. Tampoco estaba solo, sino rodeado de sus compañeros, amigos y el señor Smitch, con su siempre arrugada camisa de cuadros a punto de dar la clase. Aquellos eran rostros ya olvidados, perdidos hasta aquel momento, pero tan paladinos a sus ojos como si siempre los hubiera tenido presentes. Y entonces, entró ella. Con su mirada dulce, su sonrisa enigmática, su pelo rojo como el atardecer… y se sentó a su lado. Y le preguntó por la canción que sonaba. Marlo retomó la respiración cuando notó nítidamente el tacto de la mano de ella en la suya propia.
  Desde aquel momento, la esfera fue mucho más que un trofeo para Marlo. Cada día, tras regresar a casa, se sentaba con ella en el regazo y volvía a disfrutar de la compañía de su esposa. Las bromas, su tacto, su olor, su voz… todo estaba allí, en aquella canción tan dulce, tan eterna como el momento en que la conoció. Poco a poco, la pelota se convirtió en lo único del mundo que consideraba suyo, porque era lo que había elegido. Cada vez dormía menos, muchos días se le olvidaba comer y sólo lo hacía cuando el dolor de estómago se lo recordaba ferozmente. Sólo fue cuestión de tiempo que su otra vida se resintiera. Como puñaladas de hielo en su garganta, la congoja de ser consciente de que en verdad ella ya no estaba le acompañaba cuando más alejado estaba de la esfera. No tenía humor ni entusiasmo por nada. Su apatía no pasó desapercibida para la gente de la oficina, su rendimiento era tan torpe y lento que su jefe le mandó hacerse un chequeo médico, más no hallaron mal alguno en su cuerpo. No encontrarían nada a ese nivel.
  Así siguieron las cosas, hasta que un día, de nuevo, Marlo recibió una dura lección. Llegó a su casa feliz como siempre, deseoso de sumirse en aquella realidad en que no había existido accidente alguno. Ansioso, abrió el destartalado apartamento, sorteó los montones de basura apilados y se dirigió al doble fondo de armario donde guardaba la esfera, el lugar más seguro de la casa. Mas, cuando la sostuvo entre las manos, aquel día el sonido no se produjo. Nervioso, agitó el objeto, lo palmeó primero con delicadeza, luego más fuerte, pero nada al principio. Preso de la desesperación, trató de forzarla para abrirla aunque no hubiera ningún pliegue visible, y entonces sonó… pero no como siempre. Aunque era la misma melodía, ésta se oía a un volumen sensiblemente más bajo, a veces distorsionada. La experiencia también había cambiado. Alice seguía esperándole, pero no de la misma forma. El rostro de su amada a veces desaparecía ante sus ojos, su voz era más apagada, como si llegara tras un cristal, apenas notaba su tacto…
  Con los días, la situación sólo empeoró. Cada vez costaba más que la esfera sonara, cada vez el mundo idílico al que le transportaba era menos real. Llegó el momento incluso en el que los recuerdos se mezclaban con el presente, creando la desagradable ilusión de que una cosa estaba y no estaba al mismo tiempo. La esfera se apagaba.
  Marlo gritó desesperado.
- ¡Maldita sea! Si Ártico me lo hubiera advertido… ¡Ártico!- el joven descubrió que tenía la solución al alcance de la mano y, de nuevo, recobró el aliento.
  Llevaba mucho tiempo sin saber nada de su amigo. Debido a la fama de aquel, a Marlo le fue fácil encontrar referencias en internet. Al parecer había amasado una gran fortuna. Los más ricos del planeta hacían cola para adquirir sus mágicas esferas como objetos de coleccionista…. antes. Ártico se había retirado. Más aún: nadie le había visto en meses. Algunas personas especulaban con su muerte, pero nada se había confirmado. Simplemente, se había esfumado.
- No me rendiré. Volveré contigo Alice. Lo juro.
  Pocas personas conocían su dirección. Ártico había sido muy escrupuloso a la hora de guardar su vida privada de los ojos públicos. Marlo deseó que no se hubiera mudado desde que le mandara la invitación, aunque no tenía muchas esperanzas. Era un pisito austero en las afueras de la ciudad. El chico supuso que con su nueva vida habría cambiado de casa, pero aún así decidió probar. Subió las escaleras, llegó a la puerta sin mucha convicción y golpeó la madera con los nudillos.
- ¿Ártico? ¿Estás aquí? Soy yo, Marlo.- No obtuvo respuesta.
   Llamó varias veces más, pero con el mismo resultado. Lo más probable es que se hubiera mudado, ahora tenía posibilidades mejores que aquel cuchitril de mala muerte. Marlo ya se estaba dando la vuelta, cuando un leve quejido le llegó desde el otro lado.
- ¡Ártico!- gritó-. Alice- pensó.
  Tras tres patadas, la puerta cedió. Marlo Tuvo que contener un grito.
  Aquel hombre era poco más que un resto de lo que fue Ártico. Estaba demacrado, completamente escuálido y sucio. Sus costillas subían y bajaban en un pecho del grosor del de un niño y su piel era más marfileña de lo que creía posible en una persona que no fuera albina. Había que hacer un esfuerzo para no vomitar por el olor. Todo estaba sucio y desordenado, lleno de desechos y restos de comida y porquería. Era muy probable que el músico hubiera empleado la mayor parte de su fortuna en latas de comida deliberadamente, con la intención de no salir nunca de allí. Junto al joven reposaba su violín, tan descuidado como todo lo demás. Y el sonido… Con una docena de melodías distintas, todas ellas ajenas, desacompasadas y a veces contrapuestas, una fanfarria de esferas rodeaba a Ártico. Cada una tocaba una canción diferente, formando una orquesta de estruendoso e incómodo desorden, aunque su amigo reaccionaba a ella tímidamente, como un comatoso. Sonreía, pero no con alegría, o al menos no en el sentido estricto de la palabra. Aquella era una risa hueca, extraña, como si no procediera de este mundo ni se inspirase en él.
  Marlo se acercó al músico y trató de hacerle reaccionar. Le zarandeó, trató de apartarle las esferas, pero estaba abrazado a ellas de manera anquilosada, como un rigor mortis.
- Ártico, ¿me oyes?
  Lo que quedaba de su amigo le miró con ojos vacíos e inexpresivos. Nunca estuvo seguro de si llegó a verle. 
  El ingeniero se preguntó qué estaría pasando dentro de su cabeza. ¿Recuerdos? ¿Anhelos? ¿Había existido si quiera lo que veía? No le preguntó. Fuera lo que fuera, su realidad sería mucho mejor de aquello en que había convertido su vida.
  Con cuidado, Marlo cerró la puerta y se marchó.
  El trayecto de vuelta a casa fue silencioso y tranquilo. Apenas se dio cuenta de cuándo llegó. Le pareció que se hubiera teletransportado.
  Lo primero que Marlo hizo al llegar fue dirigirse al doble fondo del armario. Como si le hubiera estado esperando, esta vez la esfera reaccionó rápidamente al roce con su piel, aunque la música ya apenas se oía. Sin embargo, fue suficiente para que la viera ante él. Tan radiante como el primer día, tan joven y bella como cuando la conoció, tan llena de vida. Vio cómo le acariciaba la mejilla y colocó su mano sobre la de ella. No la notó.
- Adiós, Alice.
  La esfera se rompió en pedazos cuando impactó contra el suelo.
  El ingeniero pasó los días más duros. Se arrepintió más veces que nunca en la vida. Se alegró otras. El joven dejó su puesto, se mudó a otro país y empezó de nuevo. Su mundo siguió adelante. Él decidió que el sueño en el que le había sumido su pasado acabara.
  Marlo se estableció en otro lugar, encontró un nuevo trabajo al que dedicarse y una casa y vivió el resto de su vida prósperamente, pero sin poder deshacerse nunca del pesar de su corazón. Rodeado de desperdicios, inane y consumido, Ártico murió en poco tiempo, tan feliz que ni se dio cuenta de ello.


FIN

viernes, 13 de marzo de 2015

Capicúo, el Héroe Consecuente con el Medio Ambiente

Se aproxima Capicúo, el héroe que lucha por la paz, la justicia y el reciclaje. Ungido y nombrado caballero por Chirivias MCDXVHZX5II, el rey loco e ignorante de la numeración romana, luego de reducir la tasa de basuras un 0,3% en el reino, el valiente guerrero viaja ahora al pequeño poblado de Norforest, al Sur, en donde se solicitan urgentemente sus servicios...

Capicúo llegó a su destino, tras 6 días de viaje, montado en su lustroso alazán. Durante el trayecto, el rocío y la lluvia habían sido su sustento, las raíces de los árboles su alimento y los pequeños roedores y las livianas aves del bosque, sus amigos. 
  Con trote firme, guió su corcel hacia la plaza donde le habrían de esperar. A su paso, los mugrientos aldeanos salían de sus hogares en deplorables condiciones, pero con el brillo de la esperanza en los ojos. Algunas casas estaban derruidas o reducidas a cenizas, otras simplemente tenían las paredes carbonizadas y teñidas de negro.
  En cuanto los cascos del corcel patearon el pedregoso suelo, un aldeano picado de viruela y con el rostro congestionado corrió a recibirle.
- Bien hallado, caballero. Vos debéis ser Capicúo.
- En efecto, en efecto.
- ¡Loados sean los dioses! Temíamos que algo malo os hubiese pasado. Tardasteis en llegar dos días más de lo esperado. ¿Hubo algún contratiempo en el camino que entorpeciera vuestro viaje?
- Ni uno.- Capicúo negó con la cabeza-. Pero no es bueno hacer correr a tu caballo. Se fatiga y sufre. Además, es menester cepillarle el pelo e hidratarlo convenientemente.
- ...oh.
- ¿Dónde está mi recibimiento? ¿Hay algún lord o abad que esté al cargo de este pueblo y sus gentes?
  El hombre negó con el gesto. 
- Todos huyeron tiempo atrás. Y así habríamos hecho nosotros mismos si tuviéramos un lugar al que refugiarnos. pero nuestros cultivos y nuestras casas están aquí, aunque saben los dioses por cuánto tiempo. Le enviamos nosotros mismos la petición, con el sello del antiguo señor de estas tierras, porque nuestra situación es desesperada. 
  A Capicúo no le gustaban los engaños, y mucho menos el haberse visto envuelto en el embuste. Sin embargo, dada la visible desesperada situación de las gentes del lugar, decidió dejar pasar el detalle. 
- Contadme, humilde aldeano, ¿qué dolencia os consterna para que requiráis mis servicios?
- Oh, Capicúo, valiente y noble guerrero, este pueblo otrora dichoso, ahora sufre y padece los designios de los cielos, pues gran mal nos aflige: un dragón nos acecha.
  Capicúo desmontó de su caballo, restándole la carga de su enorme cuerpo y armadura a su grupa. Pesaba mucho y no quería hacerle daño.
- Cuéntame más, labriego desesperado. ¿Qué hace ese dragón para quitaros el sueño?
- Acomete contra nosotros el más cruento crimen, buen guerrero: nos ataca y devora cual corderos casi a diario. Florian el panadero, Julieta, la hija del frutero y, ayer mismo, a Eufrasio... ¡mi propio cuñado! Como ve, estamos desesperados, ya casi no nos atrevemos a salir de nuestras casas... Tenemos hijos, yo mismo, a mi amada Lucrecia. Temo por ella.
  Capicúo se llevó su mano enguantada en acero al mentón y lo frotó pensativo.
- Y decidme... Esos Florian, Julieta, Eufrasio... ¿eran buenas personas?
- ¡Oh, sí! De las mejores. Buenos cristianos, feligreses entregados...
- Ya, ya, pero... ¿qué hacían para ser especialmente buenos?
  El aldeano arqueó una ceja.
- Exactamente- insistió Capicúo.
- No comprendo.- El aldeano empezó a vacilar.
- Sí. Ya sabe... ¿había alguna actitud dentro de su habitual repertorio de conductas que les hiciera merecedores de una consideración especial?
  El aldeano reflexionó un instante.
- Bueno... no, supongo que no eran especialmente buenos. Pero nunca tenían problemas con nadie... Y el pan que horneaba Florian lo comió un duque una vez.
- Ajam, entiendo...- Capicúo sacó libreta y lápiz de entre los pliegues de su armadura y comenzó a escribir-. Contadme más: ¿vos soléis consumir alimentos inorgánicos?
- ...de nuevo, no comprendo.
- Me refiero a rocas, nieve, minerales...
- Oh. Pues no, mi señor, no. Realmente. Comida normal.
- ¿Qué es comida normal?
- Eh... no sé. Huevos, leche, carne, verdura... esas... cosas...
- Ya veo... ¿puedo preguntar qué habéis desayunado?
- Cordero asado, mi señor. Mas no comprendo...
- Y, respecto a ese cordero, ¿sabéis si era beligerante o especialmente malvado para sus semejantes?
- Yo supongo que no. Pero...
- Y aún así os lo comisteis.
- Ssssssíiii...- dijo el aldeano, arrastrando la palabra, confuso.
- Entonces, ¿en nombre de qué justicia he de yo, héroe valeroso y consecuente con el medio ambiente, dar muerte a un dragón que, al igual que vosotros, se alimenta de otros seres para sobrevivir?
- ...nunca lo había visto así.
- ¿No tiene derecho también? ¿Hay alguna ley divina que impide a una criatura del señor subsistir sirviéndose su propio sustento?
- Esto... pues... vaya... no... que yo sepa.
- Ya. Pues esto haremos: no veo crimen alguno en la actitud de la bestia mas, como entiendo ha de ser en propia defensa, no emprenderé represalias legales contra vosotros si decidís matar al dragón. Por mi parte, este asunto ni me va ni me viene, me lavo las manos.
- Oh.
- Y me voy.
- Oh. Bueno. ¿Y si se lo pido por favor?- probó el aldeano.
- Nada de nada. No es negociable.
- Vaya. Pues nada. Gracias.
- No hay de qué.
  Capicúo montó con cuidado en su caballo y se fue de Norforest.
  Y las cosas siguieron su curso. Al día siguiente, el dragón de comió a Lucrecia. Dos semanas después, a su padre.

De este modo, una vez más, la justicia y el respeto por la naturaleza prevaleció gracias a Capicúo, el héroe consecuente con el medio ambiente.
  Y el dragón vivió feliz y comió personas.  

FIN

viernes, 6 de marzo de 2015

La Dama Sin Corazón

La oscura noche siempre era un remanso de plácido insomnio para él.
  DONG. “La una”, proclamó con solemnidad el antiguo reloj de pared.
  Las sombras bailaban sobre su cuerpo, se contorsionaban y le acariciaban sin llegar a tocarle, con el habitual aspecto femenino de siempre. Sabía perfectamente quién era, a pesar de que su rostro era una máscara inexpugnable de penumbra.
- Mañana sin falta se lo digo- promulgó Delfino en su cama. 
  Desde la primera luz del alba, hacía horas que la rosa aromatizaba la mano del chico. Su dedo meñique aún palpitaba de dolor recordando el encontronazo con la espina, como un presagio. Ajuarado con sus mejores galas, Delfino aguardaba ante la puerta por la que saldría en poco tiempo, a sus ojos, un ángel. Su cabello era una cascada negra como el azabache, con el brillo inusitadamente hermoso de las perlas más oscuras; en contraste, su piel de marfil era exquisitamente delicada como la porcelana, con el rubor de la mañana dibujado en sus mejillas; sus manos eran gráciles y armoniosas, tanto que no paraba de preguntarse si en verdad ella era pianista… tampoco sabía mucho sobre su vida, sólo que, día tras día, mañana tras mañana, se encontraba con su presencia de musa cada vez que bajaba de su ático; que cada tarde esperaba verla pasar a través de la mirilla de su puerta, frustrado por su belleza, como un vulgar merodeador; que cada noche, era ella quien jugaba con sus sábanas en los recovecos de su mente… Aquella mañana, cuando la vio llegar, tuvo que contener el aliento para no caer mareado de la emoción.
  Sus miradas se encontraron apenas un instante. La chica le contempló primero a él, luego a la rosa que delicadamente temblaba con su pulso. Ella la tiró al suelo de un manotazo.
- No puede ser- dijo. Su voz era tímida y susurrante, y daba la impresión de que encerraba gran tristeza.
- ¿Por qué no?- preguntó Delfino, afligido.
- Porque no tengo Corazón.
  Él la miró extrañado.
- Pues te conseguiré uno.
  Delfino se marchó. No estaba dispuesto a rendirse.
  Sin perder un segundo, el chico fue a visitar al fracasado, aquel que por cuanto se había propuesto en la vida, había sido apaleado. Triste y maldito eterno, lo halló sumido en un pozo del que la salida no parecía accesible. El aroma pútrido le llegaba como el aliento de una bestia. Desde las alturas, Delfino habló con el profundo agujero.
- Dame tu corazón, te lo suplico. Lo necesito para mi anhelo, mi único propósito en la vida. Además, a ti ya te ha fallado, ¿no sería bonito ver un sueño cumplido en los demás?
  La respuesta golpeó contra las paredes y ascendió como un eco húmedo y pegajoso.
- Es cierto que nada me ha salido como me hubiera gustado, que las páginas de mi libro sólo hablan de derrotas y que mi vida me deparó escasas alegrías. Pero te equivocas si crees que mi Corazón me ha fallado. Porque sigo aquí, y lo que me pides es que yo le falle a él. Y eso ni siquiera un fracasado puede permitirlo.
  Delfino dejó atrás el pozo con pesar.

DONG, DONG. “Las dos”. El chico trató de aprisionar a la dama sin corazón entre sus brazos, pero fue inútil. Como quien trata de asir el humo, liviana la sombra se escurrió entre sus dedos, dejando tras de sí su aroma, el susurro de una risa y un anhelo.
- Aguarda, querida…
  Al día siguiente, Delfino viajó al sanatorio del pueblo. Buscó a la enferma, postrada en cama, con un mal que le comía desde dentro, imparable y constante. Su vitalidad y su belleza habían sido devoradas hacía tiempo, retorciendo sus rasgos cual monstruo. Las paredes eran grotescos murales carmesí, chorreantes de sangre menos allá donde las marcas de arañazos desesperados habían dibujado súplicas al cielo. La luz era tenue y roja, un color enfermizo que se pegaba a la piel como un tinte, y en algún lugar de la sala sonaba una clave, que chillaba y gemía como si estuviera sufriendo.  
- Te mueres, mujer. Tu cuerpo se pudre, tu hora está dictada. ¿Por qué alargar tu dolor? ¿Por qué mantener en espera lo inevitable? Dame tu corazón, te lo ruego. En breve no te hará falta.
  La chica habló con potente voz.
- Tienes razón: el ocaso de mis días se aproxima. Me lo han dicho pero, aunque no, yo también lo notaría. Mi cuerpo es débil, está herido de muerte y el futuro corre hacía mí para derribarme. Aún así no te daré mi Corazón. Porque, ¿no es eso lo que nos ocurre a todos? ¿No estamos todos constantemente muriendo? Pero no, no es igual para todos… no debe serlo... Mientras haya aliento yo lo utilizaré; mientras haya fuerza en mi alma, será la herramienta para disfrutar de cuánto aún la muerte no me ha arrebatado; mientras haya espíritu, pelearé contra la enfermedad, tanto da si es inevitable. Porque lo único que tenemos es la vida, y allá él quien quiera renunciar a ella pero, por mi parte, la mantendré cuanto pueda.    
  Delfino se fue, afligido.

DONG. DONG. DONG…
  Delfino se debatía entre sudores fríos, gimoteaba en la oscuridad, se arañaba la piel del rostro…
- No puedo más, ¡nadie quiere darme su corazón! Y lo necesito para ella… necesito estar contigo…
  Las sombras danzarinas revoloteaban aquella noche más rápido que nunca. Se reían, le señalaban con el dedo burlescamente y nunca dejaban que las viera la cara o las tocara.
- Maldita tortura… ¿qué he de hacer? Sólo soy el enamorado de un cuento. ¿No merezco ser correspondido?
  Delfino se visitó rápidamente y fue al cementerio. Las estrellas y la luna apenas habían salido aquella vez. Sólo el viento se comía el silencio nocturno, y los roedores y sus crías seguían sus pasos con cautela.
  Jorobado sobre una sucia lápida, con el ceño canoso eternamente fruncido, se mantenía el viejo, solitario, quieto y enjuto.
- Deberías haberte rendido hace tiempo, amigo- comenzó Delfino-. Deberías dejarte caer y descansar, que el paso del tiempo te arrulle suavemente, que te lleve con los tuyos. Dame tu corazón, y ya nunca más tendrás que pasar por este suplicio.
  El anciano apenas se levantó para contestar.
- No- dijo, escueto.
- Tu tiempo ya pasó… ¡viviste largo y longevo! Necesito tu corazón, anciano, pues con él conquistaré a la dama de mis sueños, mi amor…
- No voy a darte eso.
- ¡¿Por qué no?! Viejo decrépito, pasaste por lo que yo. Amaste y fuiste correspondido, ¡tú mejor que nadie deberías comprenderlo! La mejor sensación, el mejor tesoro… pero ya zarpó ese barco para ti, y se llevó consigo aquello que amabas. Tu mujer se fue, y ahora tú sólo guardas su memoria, te abrazas a este cachito de tierra que arropa su esqueleto, pero no a ella. Porque ella te está esperando, has de acudir a su llamada… no la dejes sola por más tiempo, aprovecha, mas deja atrás tu corazón, que no es sino un peso innecesario allá donde sabes que debes ir.
  El anciano le dedicó una carcajada desdentada.
- ¡¿Qué sabrás tú de lo que soy o lo que siento?! ¡¿Qué sabrás tú de la memoria y el sufrimiento?! Tal vez con la edad llegues a entenderlo… tal vez te des cuenta del error de tu alocado capricho… ¡No puedes amar a alguien sin Corazón! Y en cualquier caso, yo necesito el mío para dedicarlo a la persona que mejor lo merece: ¡YO!
  El anciano depositó un ramo en la tumba de su amada y se fue. El crujir de la tierra al pisarla refundó suaves pensamientos en la mente de Delfino.
  Aquella noche, el reloj no volvió a sonar. Las siluetas bailaron de nuevo, pero él no se molestó en tratar fútilmente de atraparlas.

La mañana siguiente, Delfino decidió ser directo. Sus pasos le llevaron firmes hasta la puerta de la Dama sin Corazón, y sin pensarlo dos veces la atravesó. La habitación era pequeña, con paredes y suelo de madera que gemían a su paso. Sólo una tétrica ventana daba luz a la estancia, limitada por blancas cortinas. Ella le observaba desde un rincón con ojos oscuros y distantes, sin prestarle excesiva importancia.
- ¿Y bien? ¿A qué has venido?
  Su falta de sorpresa indicó a Delfino que tal vez le estuviera esperando. ¿Era eso posible?
- Nadie va a darme un corazón. La gente está demasiado ensimismada en sus propios asuntos, es egoísta y no entiende de sentimientos ni de altruismo, por lo que si quiero conseguir uno para ti, tendrá que ser por mi propia mano.
  Delfino introdujo el puño en su pecho. La sangre manaba a borbotones de la herida, se escapaba entre la comisura de sus labios y goteaba por cada poro de su piel. El chico sacó su palpitante corazón, y se lo tendió en una mano trémula a la joven.
- Si he de vivir así, que sea contigo; si he de sacrificar una mitad por ti, lo haré con gusto; si he de entregar todo mi ser a este amor, valdrá la pena haber nacido; te amo, y puesto que no tienes corazón, compartamos el mío. 
  Los ojos de la chica se iluminaron por un momento y sólo aquel gesto bastó para alumbrar también el alma del joven enamorado. Luego, ella estalló en una maníaca carcajada.
- JAJAJAJAJAJAJA, maldito bufón.
  La dama le quitó el corazón y lo estrujó en su mano, impávida. Luego, lo arrojó despectivamente en un rincón, en donde se deshizo en pedazos.
- No has entendido nada. Eso sólo es un órgano- rio la dama-. Nadie puede vivir sin él.
  Las risotadas inundaron la sala. Nuevas voces se unieron a la de la chica desde los rincones, detrás de las paredes, entre las sombras. Delfino se mareó. Cada vez estaba más débil y le costaba mantenerse en pie.
- En realidad, hace tiempo que te quedaste sin Corazón: cuando perdiste la cabeza.
  Y entonces, los vio. Saliendo de las esquinas, el fracasado, la enferma y el viejo se mofaban de su persona, de su desgracia. Como en una pesadilla, el primero arañaba las paredes quebrando sus uñas, la segunda se arrancaba el débil pelo de la cabeza con sus propias manos y el último se deshacía en polvo mientras se jactaba. De nuevo, alguien aporreaba la maldita clave. Y allí estaba la dama, sonriendo con maleficencia en mitad del dantesco espectáculo.
- ¿Te cachondeas de mí? ¡Te ríes de mi desgracia!- lloró Delfino-. ¡Te intenté dar todo! Pero era una farsa y yo un necio. Has jugado conmigo como un muñeco sin alma.
 Delfino trató de estrangularla con su mano enguantada en sangre, pero le faltaron las fuerzas y se desplomó antes. La máscara se resbaló de la faz de la Dama sin Corazón y durante un breve instante, en un momento fugaz de la caída, el chico pudo ver cuál era su verdadero rostro. Si hubiera tenido fuerzas para gritar, lo habría hecho.
  Postrado en el suelo, entre crueles risas, preso de horror y arrepentimiento, el trémulo pulso de Delfino precipitó la salida de la sangre, hasta que ya no quedó ni una gota dentro de él.


FIN