domingo, 30 de octubre de 2016

Una Noche en el Pozo

Vivía en la montaña, un viejo cazador. Antiguamente, había sido el amigo de todos, amable y generoso, la clase de persona que da y ofrece cuánto le pertenece a otros. Desde pequeño, le había interesado la naturaleza y la poesía, por lo que a menudo había viajado por los montes con su libreta a la caza de algo que le sirviera de inspiración. Sin embargo, el día que su único amor le abandonó, todo aquello cambió. A pesar de que se querían, el destino les había negado descendencia de la forma más cruel: todos sus hijos habían nacido muertos en su propia casa. Cada vez que lo recordaba, la vergüenza y la rabia le embrujaban, un secreto que el cazador trató de ocultar a toda costa. Una mañana, él levantó, y ella no estaba. Desde aquel momento, el hombre se volvió huraño, malhumorado y distante. Porque se sentía solo. Porque sus amigos no llenaban el hueco. Tan solo estaban, al llegar a casa, únicamente él, sus perros y la afición que se convirtió en su único alivio.
  Tenía el cazador una finca alejada del pueblo, al lado de un riachuelo que le abastecía y un verdor eterno. Cada vez que volvía de resolver sus asuntos (en realidad, trabajaba en un banco), la decena de perros que con él vivían con gusto le recibían. Él era, con ellos, más amable que con nadie, les trataba con cariño, alimentaba con pienso y recibía con una sonrisa paternal. Antes de saciados, les sacaba a cazar, con su vieja escopeta, su chaleco y sus botas impermeables. Una liebre, una perdiz, en ocasiones algún joven zorro, el cazador siempre conseguía un premio del que sacar su provecho. Era lo que más feliz le hacía.
  Un día en que el cazador volvía a su finca, unos ladridos desesperados le hicieron acelerar la marcha. Cuando abrió la verja, vio a todos sus galgos en un rincón cabizbajos, excepto a una hembra parda a la que llamaba Beca, que cojeaba de una parte a otra entre gemidos lastimosos. El hombre la sosegó en un momento, le echó un vistazo a la pata malherida y la dejó estar, esperando a que sanara. Pero los días pasaron, y la perrita no mejoraba. Beca era un animal anciano para quien tanto pasa corriendo tras presas, por lo que no había mucha esperanza. El cazador, un día, se puso su chaleco y sus botas, la cadena, y se llevó a la enferma perra.
  Había cerca de la finca un pozo. Era un agujero angosto donde no cabían tres personas, pero profundo hasta no adivinarse su fondo desde el exterior. Estaba rodeado de plantas altas, matojos y arbustos, y había dejado de ser usado hacía tiempo, su existencia olvidada, como el anciano sin familia que era el propio cazador. Él era el único que sabía bien de su existencia. Demasiado bien… El hombre llevó a Beca hasta la boca oscura y traicionera. La arrastraba fríamente tirando de la correa, a pesar de la cojera. El pozo era un lugar que despertaba en él sentimientos contradictorios, uno que no le gustaba visitar y que al mismo tiempo le atraía, lleno de recuerdos ocres y ocultados por el tiempo, un pasado doloroso que le alcanzaba cada noche cuando se acostaba solo en su cama.
  De repente, un sonido siniestro le llegó desde el fondo. Era un gemido gutural y bajo, como el soplido a través de un tubo. El cazador se asomó, tratando de escrutar su interior.
- ¿Hola?- preguntó-. ¿Hola?, ¿hola?
  No hubo más respuesta que el eco.
  El cazador se encogió de hombros, dio la vuelta y sujetó la correa con firmeza. La perra le miró acongojada, con el rabo entre las patas.
  De nuevo, el triste sonido.
  El cazador, esta vez, estaba seguro de lo que había oído.
- ¿Hay alguien ahí abajo?- insistió el hombre.
  Notó un soplido cálido en el rostro, y de nuevo aquel gemido. La noche era salvaje y fría, antesala de una tormenta inminente. Un empujón en su espalda hizo al hombre perder el equilibrio. El cazador fue absorbido completamente hacia la oscuridad.

Estaba rodeado de agua, la cabeza le ardía. Probablemente, se había golpeado al caer. El cazador estaba sólo entre tinieblas, y apenas nada podía hacer.
- ¡Ayuda!- bramó desde el abismo-. ¡Ayúdenme! ¡Por favor!
  No hubo respuesta. Estaba a kilómetros de cualquier zona habitada, su pequeña finca era lo que más se parecía a la civilización.  Nadó hasta la pared, lo cual no le costó demasiado pues apenas había dos metros de diámetro. Intentó escalar sin éxito. La superficie era resbaladiza y húmeda, cubierta de musgo y cosas más asquerosas. Los dedos se hundían un milímetro en la fachada antes de tocar la fría piedra, imposible agarrarse con ninguna fuerza.
- ¡Ayuda! ¡Ayuda!- siguió gritando, presa del pánico.
  Unos pocos minutos después, se dio cuenta de que estaba condenado a muerte.
  Las horas pasaron, y el cazador se mantenía flotando. No había esperanzas reales en aquello, tan sólo el ciego impulso de seguir respirando, como el perro obligado a nadar hasta la extenuación en un experimento. No hacía pie, supuso que por poco, pero no se atrevía a comprobarlo. El agua era espesa y fétida, repugnante en aquella oscuridad tenebrosa. Se había quitado las botas y el chaleco, su mayor peso. Tenía frío, pero en nada hubiera podido ayudar la ropa a combatirlo.
  Algunas veces, el viento se colaba en el orificio, rebotaba en las paredes y arrancaba un siniestro eco, el mismo sonido que había escuchado desde la superficie.
- ¡Qué imbécil he sido!- se dijo.
  Con el paso del tiempo, la noche se hizo más profunda, sólo advertida por el trozo de cielo que desde el fondo contorneaba el orificio. La oscuridad sólo había crecido un poco más. El cazador trató de recostarse en la pared pegajosa. A pesar de no haber apoyo en toda la circunferencia, allí podía mantenerse con mayor facilidad a flote. Le ardían las piernas, los brazos y la cabeza. A veces dudaba de si aquello que notaba en el rostro era agua o su propia sangre.
  De repente, una sombra cruzó su cabeza. Al alzar la vista, inicialmente sólo percibió el cielo estrellado… hasta que vio una silueta. O eso creía. O eso quería creer. Era una forma indiferenciada, que deseó adivinar con hombros y cabeza.
- ¡Socorro! ¡Ayuda!- gimió el hombre.
  La silueta desapareció sin decir nada. ¿O tal vez nunca estuvo ahí?
- Soy un necio.
  Pasaron más horas, y se levantó un frío viento. El cazador notaba cómo el gélido aliento se le internaba en los propios huesos, como un cáncer fatal. El estruendo pavoroso volvió a alzarse desde el pozo, un sonido horrible que repiqueteaba en su mente. Ahora lo entendía. Ahora lo veía nítidamente. Eran aullidos, aullidos agónicos y desesperados, aullidos de almas perdidas allí confinados. Y también llantos.
- No es cierto. Es un sueño- se dijo el cazador-. A menudo, el frío y la desesperación te vuelven loco, nada más. Lo he leído, no sé dónde.
  El cazador podía decir cuánto quisiera, más lo cierto era que los alaridos no se detenían. Al contrario, se hicieron más poderosos y penetrantes, violentos  a la par que acuciantes. El hombre trató de taparse los oídos, sumido en la oscuridad.
- Ya basta, ya basta, ya basta… ¡ya basta!
  Y el viento cesó. Y se detuvieron los alaridos.
  Varios minutos nuevos pasaron. O una hora, o dos. O toda su vida. El cazador apenas sentía otra cosa que no fuera el frío. 
- Traté de alejarme de esto- se dijo, afligido-. Traté de escapar de ello pero, al final, tarde o temprano, el pasado te acaba encontrando. No puedes hacer desaparecer todos tus problemas en un pozo…
  Algo le tocó el pie. Sin lugar a dudas, lo había sentido. Miró hacia abajo, casi por instinto. En aquella negra profundidad, nada podía verse. Sería un pez, un bicho, cualquier alimaña… o algo distinto. El cazador reprimió un gesto de repugnancia.
- Poco importa. Para cuando me encuentren, si es que alguien lo hiciera, seré uno de ellos…
- Pst, eh, ¡oye! ¡Aquí arriba!
  El cazador alzó la vista. La misma silueta. ¿O quizás fuese otra? De un modo u otro, ahora que sabía que estaba allí, era mucho más fácil distinguirla.
- Me he caído aquí dentro, pide ayuda. Gracias al cielo…- lloró el cazador de manera atropellada.
- No se preocupe. Volveré en un rato.
- Por favor… por favor. Gracias…
  La figura desapareció.
  El cazador no cabía en sí de júbilo. Ni siquiera el frío tétrico que acaparaba su cuerpo le resultó una molestia. Ni siquiera la interminable sombra. Iba a sobrevivir. Iba a escapar de aquello. Y, quizás, nadie supiese nunca la verdad del pozo.
  Pasaron los minutos, horas o vidas, pero ninguna ayuda a él acudía. El cazador cambió su optimismo inicial por la duda.
- El niño se demora…- se dijo el hombre.
   Y, durante un instante, la duda fugaz de antes retornó a su cabeza. La gente delira en situaciones extremas. Lo había leído en alguna parte…
  De nuevo, el viento gélido se adueñó del pozo. Y volvieron los aullidos. Y volvieron los llantos.
- ¡Dejadme! ¡Dejadme tranquilo! Ya he pagado… ¡cada segundo de mi vida es un cobro que os tomáis de mí!
  Apenas le quedaban fuerzas, estaba exhausto. No podía mantenerse a flote durante mucho tiempo, y menos cubriéndose los oídos. Moriría, torturado y a punto de ser rescatado. Tiritaba con vehemencia, hasta hacerse daño en los músculos.
  La sombra volvió a planear su cabeza. El sonido se había esfumado.
- ¿Chico? ¿Eres tú?
  Esta vez no hubo respuesta. En su lugar, la silueta se le quedó mirando desde las alturas, el cielo nocturno su techo.
- ¿Fuiste a por ayuda? Dime, ¿van a tardar? No sé cuánto podré aguantar…
  De nuevo, el silencio.
  El cazador empezó a sentirse irritado.
- ¿Oyes lo que te digo? ¿Van a tardar? ¡Responde de una puta vez!
  La silueta empezó a moverse. En la oscuridad, era muy difícil adivinar si se trataba de una persona. Tal vez no lo fuera. Tal vez el cazador le hubiera estado hablando a otra cosa. De un modo u otro, la sensación de que no era humano se adueñó de él.
  Tras retorcerse en todas direcciones, a pesar de tener aspecto humanoide, la figura se aplanó, se internó parcialmente en el pozo y empezó a trepar hacia abajo por las paredes.
  El cazador quedó paralizado. En la oscuridad total que le envolvía, realmente era muy difícil saber lo que veía y lo que no. El ser reptante desapareció de su campo visual, hasta el punto de parecer una ilusión… de no haber sido por el sonido. Un roce sigiloso caía desde las alturas, como el de un animal que escala, clava sus garras y se arrastra con el torso. El cazador se empezó a sentir mareado y asustado. El sonido se aproximaba y, cuánto más cerca estaba, menos le veía.
- Por favor… por favor… ¡socorro! ¡Auxilio!
  El sonido crecía por momentos. Ya estaba muy cerca.
- Por favor, Dios… ayúdame…
  Escuchó un chapoteo. Algo había entrado en el agua con él. Estaba oscuro, tanto que no podía distinguir ni treinta centímetros de su cara. El cazador guardó silencio, pero el temblor de su cuerpo y sus balbuceos le delataban. Por primera vez, sintió el calor recorrer sus piernas cuando sus esfínteres se relajaron.
  Algo se movió, salpicando. Estaba en el lado contrario del pozo, y, aun así, a escasos centímetros de él.
- Por favor… no… ¿quién…?
- Tranquilo. Soy yo.
  A pesar de ser un susurro, el cazador reconoció aquella voz femenina al momento.
- Tú… ¿cómo? ¿Qué haces aquí…?
  Una mano acarició su mejilla. El súbito contacto le propició un escalofrío tan poderoso que se golpeó la nuca. Aquella mano estaba fría y pegajosa, igual que las paredes.
- ¿Qué está pasando?
- Los muertos sólo pueden descansar junto a sus muertos- susurró la voz, áspera y ronca.
  El pozo borboteó. Una decena de objetos salieron a flote. A manos del cazador, resultaron igual de desagradables.
- Lo siento… lo siento…
- Fue un error. Creer que todos tus problemas podían desaparecer en un pozo.
  La voz estaba cerca. Demasiado cerca. El cazador trató de apartar el cuerpo que no se despegaba de él ni cincuenta centímetros, pero su tacto baboso le volvió a horrorizar. Los llantos comenzaron. Los aullidos se alzaron de nuevo. El hombre empezó a llorar, ciego dentro de aquella pesadilla.
- Socorro… lo siento… por favor…
- Llenaste este sitio de dolor, odio y recuerdos. Abriste, sin quererlo, una puerta hacia el infierno.
  Un aliento caliente, pegajoso y fétido se metió en su garganta. La boca del cazador tocó lo más desagradable a lo que se había unido nunca, unos labios que se descarnaban, una lengua que le asfixiaba, unos dientes que masticaban…
  Cayó una tremenda lluvia. El nivel del pozo empezó a crecer. Poco a poco, el cazador ascendió hacia el exterior, hacia la pálida noche. Pero apenas lo notó. Se había sumido dentro del asfixiante sabor de la muerte…


El cazador despertó en el hospital.
- Tuvo suerte- le dijo un médico, con gesto sorprendido, como si no esperara verle consciente-. Unos chicos le oyeron y nos avisaron.
  Pero suerte no era la palabra que el cazador hubiera utilizado. Durante su estancia en el pozo, le comentaron, se había mordido la lengua tan fuerte que se la había desgarrado. Además, la humedad continuada y el frío habían contribuido a un avanzado estado de hipotermia que le había hecho perder la pierna derecha. La otra, aunque fuera de peligro, no volvería a moverse como antes.
  El cazador, por escrito, se interesó en si habían encontrado algo más en el pozo. La negativa le hizo descansar. Le habían sacado con una cuerda y no gracias a la lluvia. A veces, la gente que se queda atrapada en los pozos, delira. 
  Unos días tardó el hombre en recuperarse, pero nunca lo hizo del todo. La experiencia le había abierto los ojos. Era culpable, culpable de sus actos conscientes, y nada le redimía de aquello.
  Cuando regresó a su finca, el hombre desenterró de uno de sus cajones una nota, la dejó a la vista en el escritorio y volvió al pozo con su cojera. Ante sí, el lúgubre agujero parecía llamarle con avaricia lasciva.
- ¿No puedes hacer desaparecer tus problemas en un pozo?- se dijo a sí mismo-. Qué tontería…
  El hombre se dejó caer en la negra oscuridad.


Días pasaron antes de que la desaparición trascendiera. El primer lugar donde la policía buscó, fue en el pozo. Esta vez lo desenterraron. Esta vez sacaron mucho más.
  Aparte del cadáver del cazador, también hallaron el de varios perros, una mujer y tres esqueletos amarillentos de algo que, más adelante, se supo que eran bebés de menos de unos meses de edad. En la casa del cazador, los investigadores encontraron la nota.
“Me marcho para siempre. No aguanto más. Cada día junto a ti es un suplicio, un recuerdo de que nunca podremos engendrar vida. Tal vez sea el castigo para quien se dedica a arrancarla por diversión. Mi vientre es un desierto, tu semilla no arraiga y, por muchos intentos que hagas por ocultar la verdad, jamás podremos escapar de ella: que no tengo ilusión, que no estoy viva.
Porque no podemos hacer desaparecer nuestros problemas en un pozo.
Aunque te quiera, el pasado me llama, y los muertos sólo pueden descansar junto a sus muertos.”

FIN




jueves, 1 de septiembre de 2016

Almas de Agua

Dicen que el agua es mucho más que meras partículas líquidas, que tiene espíritu, una esencia que le dota de vida y armonía, un alma. Lo que poca gente sabe es que, en realidad, tiene muchas.
El Dios del Mar, cuyo nombre fue entregado a los primeros ancestros, pero olvidado y negado más adelante por la irrespetuosidad de estos hacia la naturaleza, crea y destruye, separa y une a estas múltiples almas a su voluntad. Se trata de un dios caprichoso, mutable, hacedor primero y último de la vida, y con ella de los sueños, la esperanza, los miedos, las pasiones… Por ello puede parir estos seres tan especiales, criaturas que muchas veces los marinos confunden con simples corrientes que atraviesan sus barcos, capaces de devolver a un niño a la orilla o a un animal marino perdido al océano, pero también de hundir barcos y asolar ciudades enteras. Alfa era una de aquellas almas de agua, Omega otra.
Un día, el veleidoso Dios del Mar decidió cruzar los destinos de Alfa y de Omega en una misma corriente que atravesaba una playa de pálida arena, en donde se conocieron. Cuando el camino de dos almas de agua se cruza, resulta fácil que conecten o se repelan. Al ser fluidos, se mezclan entre ellas con facilidad, entran la una en la otra y viceversa, por lo que la afinidad brota casi de manera espontánea. Alfa y Omega descubrieron desde el primer momento que tenían muchas cosas en común: las dos eran pasionales, cada una a su manera; ambas eran críticas, les encantaba observar su entorno y buscar maneras de mejorar aquellas cosas que a su juicio no marchaban como deberían; bajo una fachada de abierta extraversión, ambas almas ocultaban un interior melancólico, tendente a la tristeza; pero, por encima de todo, las dos eran trabajadoras, constantes y entregadas a aquello en lo que creían. No fue difícil, pues, que las dos almas de agua enlazaran sus destinos en un vínculo mutuo. Juntas comenzaron a recorrer los confines del mar en busca de aventuras y sueños, a emocionarse por los mismos momentos, vivir anécdotas compartidas y navegar en armonía.
Tras unos años viajando juntos por el infinito océano, descubrieron, conforme se abría la puerta de la convivencia, que sus pasiones, aunque similares en cuanto a intensidad, eran de sentidos completamente distintos: mientras que a Alfa le encantaba la tranquilidad y estabilidad de las corrientes que lamían la orilla de la playa, Omega era partidaria de adentrarse en el caótico e incierto fondo del mar, donde nunca se sabía dónde podía llevar la corriente; Alfa era un alma buena que acercaba a los marineros perdidos a las costas cuando se extraviaban en el océano, en oposición de Omega, quien prefería hundir barcos de pescadores y ayudar a las ballenas varadas a encontrar su rumbo; Alfa era romántica y detallista, así que le costaba soportar lo libre e independiente que era Omega, quien no aceptaba que su compañera no respetara sus decisiones personales… finalmente, tras muchos encuentros desagradables, ambas almas de agua estallaron contra la otra en una furiosa tempestad. Las aguas se abrieron, el mar lloró sangre salada. Las almas habían explotado, rabiosas y desbocadas, y no había manera de calmar a ninguna de ellas. Al final, incluso el Dios del Mar que las había unido decidió intervenir. Expulsó a Omega a una parte del océano, a Alfa a otra distinta y separó sus devenires.
Las dos almas de agua vivieron un tiempo que les pareció siglos. Cada una alejada de la otra, comprendieron que tampoco eran felices de esa manera. Se echaban de menos, no lograban contactar con ningún otro ser tal y como había sucedido entre ellas. Su soledad fue tristeza y remordimiento, un sentimiento cíclico que las convirtió en torbellinos, torbellinos erráticos y vehemente que marcaban un camino aleatorio para cada una, y durante años no volvieron a ser felices, siempre girando hacia dentro.
Si existe un dios más antojoso, pero a la vez más poderoso que el Dios del Mar, ese es el Destino. Años pasaron sumidos en sus respectivas espirales Alfa y Omega, años largos y tediosos hasta que, un cálido anochecer, volvieron a coincidir a kilómetros de distancia sobre una falla submarina en donde fueron a descansar. El choque de sus corrientes, cada una en un sentido (Omega hacia la derecha, Alfa hacia la izquierda) tuvo un efecto sanador en la otra, les restó fuerza y calmó su corriente, hasta que las turbulencias desaparecieron. El mar quedó en calma, tan solo el sonido de la suave brisa que daba vida a espumosas olas interrumpía la quietud. Alfa y Omega se miraron, se acariciaron y se unieron de nuevo. Se habían echado tanto de menos que fue sorprendentemente fácil, a pesar del tiempo y la distancia. Sin embargo, ambas almas de agua sabían que su situación había sido incompatible hasta aquel entonces, que sus apetencias habían interrumpido el lazo que les unía, y así podían volver a hacerlo. Por ello, para salvar esas diferencias, hablaron largo y tendido durante horas, en plácida paz y armonía, como nunca lo habían hecho hasta entonces.
De haber algo que dé el dolor, eso es sabiduría sobre uno mismo. Las dos almas de agua coincidieron en que habían actuado de manera egoísta y que, si querían que su unión funcionara, ambos debían ceder.  Por ello fue que, desde entonces, comenzó una nueva época para ellas. Cuando discutían, en lugar de dejar que estallara la tempestad, ambas se alejarían y meditarían con calma; las dos almas se comprometieron a acercarse un poco más a las aficiones de la otra: Omega empezó a viajar más a la playa, traer detalles y muestras de afecto para Alfa, conchas rosadas y piedras pulidas, a invitar a su compañera a planes cargados de belleza, puesta de sol y playas vírgenes alejadas de la mano del hombre… por su parte, Alfa se comprometió a respetar con más rigor los momentos que Omega necesitaba de libertad, de expresión de sí misma, de reflexión íntima e interna.
Alfa y Omega decidieron que su camino juntos no tenía por qué ser el que habían ideado para el otro, que cada cual debía ser dueño y responsable de sus decisiones, y respetar al otro, aunque ellas no fueran las que habrían elegido para sí mismas. En lugar de a la orilla o al fondo del mar, ambas almas viajaron juntos paralelamente a las costas, desviándose de vez en cuando de su recorrido para aceptar que, a veces, donde una quisiera, la otra habría de ceder.
Y fue así como Alfa y Omega lograron concretar lo que había sido la unión de sus destinos, y donde antes hubo guerras, ahora había treguas, reflexión y perdón. Cariño y respeto, los dos pilares edificaron la catedral de sal donde empezaría su nuevo camino, juntos. Y descubrieron que, tal y como sentían, sí era posible.  


FIN

domingo, 17 de julio de 2016

Lo que te pida

- No recuerdo cuándo empezó todo… tal vez ha sido así desde siempre. Nunca fui realmente feliz. A veces estoy contento, es cierto, pero es algo pasajero, volátil, inestable… como agua contenida en hielo.
  El hombre de la bata lo apuntaba todo de manera incesante, como hacía siempre. El chico no recordaba su cara. Nunca le miraba directamente a los ojos, como a casi nadie. Para él, su silueta terminaba a la altura a la que terminaba el uniforme. Para él, estaba junto a un hombre sin rostro, tan real como el resto de personas que le rodeaban.
- Me da la impresión de que siempre te has sentido solo- dijo el psicólogo-. ¿Crees que eso ha tenido algo que ver con tu sentimiento?
- Mucho. Nunca he conectado con nadie, es cierto. Con nadie.
- Con nadie… ¿te incluyes a ti?
  El chico repensó las palabras. El reloj de la consulta, que marcaba diligentemente el comienzo y el fin de cada sesión, una antigualla de cuco marrón bastante grande, fue el único sonido durante cierto tiempo… aparte de la caricia del bolígrafo sobre el bloc de notas.
- Me incluyo a mí- dijo el chico finalmente.
- ¿No has pensado que tal vez sea esa la razón de que no conectes con nadie?
- Cada segundo de mi vida.
  Más escritos.
- ¿Alguna vez te has querido?
  La pregunta sorprendió al chico, tan súbita, tan repentina, tan inesperada como un aullido en la noche. Pero, lo que más le sorprendió, fue la rapidez de su respuesta.
- No.
- Nunca has sido feliz. Nunca te has querido. ¿Crees que lo uno es consecuencia directa de lo otro?
- Es posible… no lo sé. No sé qué viene antes. Siempre ha sido así, desde que tengo uso de razón. Desde pequeño, cuando los niños me hacían cosas malas en el colegio. Desde mi primera decepción amorosa. Desde el primer examen que suspendí. Desde el primer golpe que me di en el cuerpo…
- Sí.- Una pausa-. ¿Qué tal te va el trabajo? ¿Mejor?
- Lo odio. Cada vez más. A los clientes, sus exigencias y malos modos; a mi jefe y su cara de decepción por los resultados; a mis compañeros y sus cuchicheos… a mi labor.
- ¿Y con tus padres? Dijiste que teníais una relación complicada.
- Seguimos igual. No les he perdonado.
- Entiendo… a veces nos cuesta hacer cosas que sabemos que nos vendría bien hacer. Orgullo, miedo… preferimos quedarnos como estamos a arriesgar. Aunque eso no nos haga felices, ¿verdad?
  El chico asintió.
- Creo que llevas mucho tiempo haciendo cosas que no quieres, y omitiendo cosas que quieres hacer. Así, ¿cómo va a ser alguien feliz?
- No lo sé.
- No podemos. El sentimiento no solo va delante de la acción, sino también al revés. Si estamos tristes, no hacemos cosas, pero si no hacemos cosas entristecemos aun más. Es un círculo.
- Ya…
- Un círculo que podemos parar.- El psicólogo arrancó una hoja de su libreta y escribió una frase en ella-. Te propongo algo: a partir de ahora, cuando estés en una situación en la que no te sientas bien, vas a atender a esta nota que te estoy escribiendo. Debes llevarla siempre encima para recordarlo, ¿de acuerdo?
  El psicólogo le tendió el trozo de papel, y el chico lo leyó con calma.
- Parece simple.
- ¿Ves?- le dijo el psicólogo-. No hemos venido aquí para sufrir a largo plazo. Si no, ¿qué sentido tendría vivir o morir? Ha llegado el momento de que tomes las riendas de tu vida, de que trates de exprimir el mundo hasta sus últimas consecuencias. ¿De acuerdo?
  El chico miró la hoja. Los trazos eran nerviosos, deformes y poco estéticos, una letra que  parecía haber pasado por los engranajes de una maquinaria demasiado pesada antes de plasmarse en el papel.
- Gracias, doctor.
  Casi pudo adivinar la sonrisa del hombre.
- No hace falta que me llames así.

El resto del día fue el más ajetreado en la vida del chico. Lo primero que hizo, fue llamar a la oficina donde trabajaba y despedirse voluntariamente.
- He encontrado algo mejor- le dijo a la secretaria-. He encontrado ser feliz.
  Lo siguiente que le tocó, le llevó varias horas de investigación. A través de conocidos y perfiles de redes sociales, logró contactar con un gran número de antiguos compañeros que se habían portado mal con él y les hizo saber cómo le había afectado su comportamiento. Habló durante horas, explicó sus sentimientos en base a los actos abusivos de los demás, y como ello había repercutido en su vida. Apenas le prestaron atención. La mayoría negaban acordarse. Otros le llamaban loco. Unos pocos quisieron hacerle ver que se confundía. De un modo u otro, el chico acabó con su ronda de llamadas, sin estar seguro de si había conseguido algo en los demás, pero sintiendo que había aliviado un poco el peso que durante años le acompañaba.
  Por último, fue a ver a sus padres. Su madre, una mujer con el pelo blanco y largo, cuyo rostro aparentaba muchos menos años de lo que su verdadera edad escondía, le recibió con sorpresa en el umbral de su casa.
- ¡Hijo! Cuanto tiempo… ¿ha pasado algo…?
  El chico le interrumpió con un elocuente gesto de su mano. 
- Sólo quería deciros una cosa. Gracias por lo que habéis hecho por mí, os perdono por el daño que me habéis ocasionado y, sobre todo, pido perdón por aquel que os haya podido hacer yo.  Por favor, díselo también a papá.
  El chico se dio la vuelta y se marchó antes de que la mujer pudiera reaccionar.
  Ya habían acabado las horas de luz, ya se había instalado la noche, ya susurraban los animales nocturnos en las sombras, cuando el chico volvió a su apartamento alquilado y atravesó la puerta.
  El recibidor estaba desordenado y sucio. Vio los muebles descolocados. Vio el alcohol sobre la mesa. Vio la cuerda, gruesa y ávida, en el suelo, junto a la silla. El chico apretó el papel que había recibido aquella mano entre sus dedos.
  Después, por primera vez en muchos años, sintió algo más que la tristeza.

Era una mañana fresca y soleada de primavera. Desde hacía unos días, las lluvias habían dejado paso al sol, contribuyendo a un clima agradable y templado en toda la ciudad.
  La luz entraba por las ventanas abiertas, recorriendo la destartalada habitación, apenas poblada con algunos trastos descuidados. La sombra bailaba lentamente de un lado a otro, luego al mismo, como un péndulo movido por una racha caprichosa de aire. Las cámaras de los peritos disparaban sin descanso.
  El inspector Rodolfo Sanchís contemplaba el cadáver colgado con sus oscuros ojos marrones, mientras mascaba un chicle sin pudor. La soga había quedado tan hundida alrededor del cuello que parecía emerger de su cuerpo; la punta de los pies casi acariciaba el suelo, suspendidas solo unos centímetros por encima; la cara del chico era un rictus despiadadamente tenso, de ojos abiertos e inyectados en sangre y lengua fuera. A juzgar por la expresión de sus pómulos, parecía estar sonriendo. El policía se preguntó si eso sería posible.
  Tras unos minutos de espera, una oficial uniformada se presentó ante el hombre. Era joven, de media melena morena recogida en un moño.
- Inspector, ya tenemos el informe del forense sobre…
- Me da igual su nombre- dijo Sanchís, tajante, con el tono de voz ronco que le caracterizaba-. Es un muerto. Punto.
  La chica torció el gesto, visiblemente contrariada ante la falta de respeto. Sin embargo, consiguió tragarse su opinión al respecto y prosiguió.
- No han encontrado indicios de violencia en el cuerpo.
- Otro suicida- dijo el inspector, casi aliviado-. Parece que se va a cerrar pronto este caso.
- El… sujeto no se relacionaba mucho- prosiguió la policía-. Sólo de casa al trabajo. Al parecer, horas antes del suceso se despidió, llamó a unas cuantas personas e incluso visitó a sus padres.
- Querría dejarlo todo atado antes de quitarse de en medio. O a lo mejor buscaba que alguien hablara de él cuando la palmara.
- Hemos confirmado que no estaba en tratamiento de ningún tipo, no visitaba a ningún especialista. Tampoco hay antecedentes de enfermedad mental, aunque los vecinos dicen que a veces parecía hablar solo por las escaleras.
- El típico chalado.
  El reloj de pared, un cuco marrón que al inspector le pareció horrible, envolvía la sala con su incesante sonido cada vez que los improperios del hombre propiciaban algún silencio.
- Sólo una cosa más- añadió la policía-. Han encontrado una nota en su mano. Los expertos confirman que se trata de su propia letra.
  La mujer le tendió al hombre un trozo de papel arrugado. Éste lo recogió con sus sucios dedos, ásperos y de uñas descuidadas y amarillentas.
  El inspector le echó un vistazo rápido. Una carcajada hosca, como el sonido procedente de una alimaña, escapó de su garganta.
- ¡Qué apropiado…! Caso cerrado.
  El inspector tiró la nota al suelo de manera burda. Durante unos instantes, y antes de que la policía se agachara a recogerla del suelo para devolverla al archivo de “pruebas”, pudo leerse el contenido del folio.
  “Haz lo que te pida el cuerpo”

FIN

miércoles, 6 de julio de 2016

Camión de Basura

Romance era un corazón de papel charol pedante y resabido. Convivía con una joven pareja alegre y dicharachera, un chico y una chica, que mostraban su afecto mutuo a cualquier hora en cada uno de sus días.
  Romance era a menudo toqueteado, sobado y manoseado por la pareja, pero a él no le importaba. El sudor y las hormonas empapaban la celulosa, pero a él no le importaba. Él se sentía útil e importante, más que ninguna otra cosa en el mundo, y con eso le bastaba.
  Con el tiempo, la pareja necesitó exprimir más a fondo aquel simple corazón. Las caricias y los besos ya no conseguían darles candor, así que decidieron empezar a abusar un poco más de Romance. El chico cogió unas tijeras y, entre los dos, por cada vez que necesitaban algo del papel, le cortaban una parte. Al principio sólo eran piquitos y esquinas, pero finalmente llegaron al cuerpo. Los halagos se convertían en reproches, las caricias en disputas. Poco a poco, con esa necesidad insaciable de que su amor no naufragase, fueron agotando el pequeño cuerpo de Romance, dejándole reducido a una especie de rombo que ya en nada se parecía a su antigua forma de corazón. Viendo que lo habían agotado, la pareja decidió cortar, así como la última pieza de Romance, cuyo resto fue arrojado a la sucia calle.
- Yo que les entregué todo mi don, yo que por sus suspiros y pasión di la vida, yo, de quien son deudores de cánticos de gozo y alegría, ¿soy tratado así ahora? Por el arte del amor, ¡cuán indigno!- se quejó el antiguo corazón.
  Pasaron varios días en que Romance estuvo pegado al suelo como un chicle. La gente paseaba a su alrededor dañándole, sin apenas ser conscientes de su existencia. Algunas parejas le pisaban entre risas, mimos y arrumacos, aumentando todavía más el daño.
- ¡Cuán indigno!- se quejó el antiguo corazón.
  Una de aquellas jornadas, un joven encontró el resto de Romance pegado a la calzada, lo levantó con asco y lo tiró a la basura, entre colillas, cascaras de plátano y otras muchas inmundicias.
- ¡Cuán indigno!- se quejó el antiguo corazón.
- Pues todavía no has visto nada- rio un brick de zumo agotado.
  Pocas horas más pasaron, hasta que los operarios de la limpieza volcaron el cubo en el que se encontraba Romance, junto con toda la porquería, dentro del camión de la basura. Allí dentro, el olor era todavía peor, había muchos más tipos de desperdicios, pegajosos y asquerosos. El respeto por lo que había sido no tenía cabida dentro de aquellas paredes.
- ¡Cuán indigno!- se quejó el antiguo corazón.
- Espera. Todavía hay más- dijo un clínex con sorna.
  Tras un breve viaje, que sin embargo para Romance fue tan largo como una eternidad, el camión se detuvo. El antiguo corazón no entendía lo que pasaba, pero de ningún modo pudo imaginarse que podría ser peor que lo que ya había dejado atrás. Erró.
  Un rugido atronador, un temblor descabellado, un motor precoz, y toda la basura voló de uno a otro lado.
  Romance bailó en el aire con el resto de desechos, se chocó y quedó pegado a una muñeca rota. La succión de un rotor le arrastró junto al resto a unas cuchillas largas y oxidadas, que destruyeron cualquier rastro de su antiguo ser. Tras la trituradora, rompedora de cuerpo y alma, el papel, irreconocible, terminado, diluido como un terrón de azúcar en algo más grande, indiferenciado y asqueroso, fue expulsado sin miramientos al vertedero.
- ¡Cuán…!- comenzó el antiguo corazón, pero acabar no pudo. Había sufrido tanto, había sido tan herido en su orgullo que ya ni siquiera recordaba lo que había sido el sentido de la palabra “dignidad” para él, y carecía de alma para percibirlo.
  Pasaron unos días, días largos y penosos para Romance. El camión de la basura no paraba de verter su cargamento encima, sedimentándole hacia el fondo del vertedero, cubierto cada vez por más y más capas de escombros. Los recuerdos de su antigua vida feliz se escapaban del antiguo corazón como el hálito del moribundo. Ya no estaba seguro de nada. ¿Había sido dueño de su destino alguna vez? ¿Les había importado a sus dueños? ¿O quizás había sido, simple y llanamente, utilizado?
  Finalmente, un día caluroso de verano, un cristal hizo de lupa, una colilla de mecha y el alquitrán condujo la chispa. La pila de escombros en la que había quedado incluido Romance comenzó a arder, consumiéndose con las llamas, devorando la poca existencia que en sus habitantes quedaba.
  El joven y frágil Romance quedó a merced de la inexistencia inminente que se cernía sobre él, sin poder hacer nada para evitarlo y sin desearlo si quiera.

- Nunca debí ser de papel- dijo el pobre y antiguo corazón, antes de dejar de ser por completo.

FIN

lunes, 20 de junio de 2016

El Cristal Carmesí

¿Le has matado?
- ¿Por qué mató a su marido?
  ¿Estás muerta?
- ¿Lo hizo?
  La chica abrió los ojos. La súbita luz inundó sus pupilas como un vaso de agua que rebosa, cegándola absolutamente.
- ¿Sabe cómo se llama?
  La voz procedía de su derecha, de un hombre. Había 3 personas más, pero era incapaz de distinguir el rostro de ninguno debido a la excesiva luz. Notaba los baches que superaba la camilla conforme se movía.
- Alba. Alba Soler.
- ¿Sabe lo que ha pasado? ¿Sabe dónde está?- De nuevo, la misma voz.
  Alba negó con dificultad. Tenía el cuello inmovilizado, probablemente por un collarín.
- ¿Por qué le mató?
  Alba trató de escudriñar a su interlocutor a través de la luz, pero resultó ser un esfuerzo fútil. Su voz le sonaba.
- No he matado a nadie…
  Tras aquellas palabras, cayó en un sueño profundo.

La música golpeó sus oídos, repentina como una lluvia de verano. A Little Less Conversation, de Elvis, una de las canciones favoritas de su marido. A pesar de oírse con interferencias, pudo reconocerla perfectamente.
  Alba entreabrió los ojos. Estaba en una habitación completamente blanca, sin un solo ornamento. La única ventana por la que se colaba una luz clara daba a la fachada del edificio de al lado. No había muebles, a excepción de su camilla, la mesilla de al lado sobre la que reposaban algunos objetos, como una lámpara y la radio, y una silla de metal desde la que un hombre ataviado con bata blanca le observaba. El aparente doctor se encorvó hasta apagar el transmisor.
- Disculpe, a veces se enciende sola. Lamento que le haya despertado.
  Alba tragó saliva y parpadeó con lentitud. Tenía la garganta seca y dolorida, y estaba parcialmente inmovilizada, tanto el cuello como su brazo izquierdo escayolado.
- Soy el doctor Christian- se presentó el médico.
  Alba le reconoció por la voz. Era el mismo que la había llevado hasta allí. Descubrió que no sólo la voz le resultaba familiar, sino también su aspecto. A pesar de estar sentado, se apreciaba perfectamente que era alto, de más de metro ochenta, tenía perilla y un pelo marrón que empezaba a volverse gris por algunas zonas, con un rostro cuadrado y atractivo. A pesar de sus esfuerzos, Alba no consiguió recordar dónde le había visto antes.
- ¿Dónde…?- comenzó la chica.
- Esto es un hospital. ¿Cómo se encuentra?
  Alba se lamió los labios.
- Tengo sed, y… me duele la nariz.
  Te arde la nariz. Te aprieta, te molesta, te impide respirar.
  El doctor Christian apuntó algunas cosas en su libreta.
- ¿Sabe por qué está aquí?
- No…
  Más apuntes, esta vez algo más largos. Una vez acabado, el doctor apretó el extremo de su bolígrafo, escondiendo la punta.
- Una última pregunta, ¿por qué mató a su marido?
  Alba tardó unos segundos en asimilar la acusación.
  ¿Por qué…?
- No lo sé. Es decir, yo no he matado a nadie.
  Christian asintió. Después, se levantó de su silla y se dirigió a la puerta.
- Procure descansar- dijo, antes de dejar a la mujer sola.

 La oscuridad es total. No ves nada. No sientes nada. Estás suspendida en un tarro de cristal lleno de agua. Se va llenando poco a poco, gota a gota, lágrima a lágrima…
  Alba abrió los ojos. La oscuridad era completa. Alguien había corrido las cortinas de la ventana. La oscuridad era infinita. La chica intentó incorporarse en su cama, encontrar una posición más cómoda, pero le resultó imposible. El cojín era tan blando que apenas lo sentía, y casi no se podía mover.
  Por Dios, Alba, ¿qué has hecho?
  La oscuridad era inexpugnable. La chica trató de sosegarse, de encontrar de nuevo el sueño y la paz. Gotas. El sonido de un goteo constante, como de un grifo, luchó junto al dolor para alejarla de sus sueños.
  No recuerdo ningún grifo cerca. No recuerdo nada de lo que pueda venir ese sonido.
  La chica intentó encontrar el sueño durante varios minutos, sin éxito. El sonido era un repiqueteo constante y molesto.
  Finalmente, con esfuerzo buscó a ciegas el interruptor de la lámpara. La oscuridad era opresora. Y entonces, se hizo la luz.
  Alba miró a su alrededor, difícil empresa sin mover el cuello. En la semipenumbra, no descubrió nada distinto a lo que había visto por el día. Decidió tumbarse.
  El techo era blanco, como las paredes. Por eso pudo verlo sin problemas. Una mancha oscura, justo encima de su cabeza, como una gotera de otro color.
  Qué extraña humedad. Casi parece… roja.
  El sonido de goteo volvió de nuevo. Alba vio un reflejo cruzar ante sus ojos, luego otro. Gotas carmesí volaban delante de ella. La chica trató de agarrar una con la mano. El líquido chocó y se deshizo como la tinta en su palma, y ella se lo llevó ante los ojos.
  Sangre.
  Sin duda era sangre. Su sangre. Y estaba ascendiendo hacia el techo, en donde alimentaba la mancha, cada vez mayor.
  Alba se incorporó bruscamente, con un sonoro crujido de cuello.
  La radio prendió, como si la estuviese esperando, y Elvis trató de ahogar sus gritos.
- ¡Socorro! ¡Socorro!
  Pocos segundos pasaron antes de que el doctor Christian apareciera con la misma bata blanca, con el mismo pelo cano. Demasiado pocos. El hombre encendió la luz y apagó la radio.
- ¿Qué sucede?
  Alba se recostó para mirar al techo.
  Nada.
  La mancha había desaparecido. La chica se tocó las cejas, el lugar de dónde creía procedía la sangre. Nada.
  Estás loca.
  El doctor Christian la guio con las manos hasta encontrarle una posición adecuada.
- Es normal experimentar miedos irracionales en su situación. Procure descansar.
  Alba consintió la ayuda. Se encontraba débil, sin fuerzas, dolorida y sedienta.
- Por cierto, señora Solar, ¿por qué mató a su marido?
  Alba miró a Christian súbitamente. El hombre seguía clavando en ella sus fríos ojos azules, sin ningún tipo de emoción.
- Yo no maté a mi marido.
  El doctor Christian apagó la luz de la mesilla y se levantó. A pesar de verlo desde el rabillo del ojo, Alba creyó que el hombre se alejaba andando hacia atrás. Luego, apagó la otra luz.
  La oscuridad…

“A little less conversation, a little more action please,
All this aggravation aint´t satisfactioning me…”
  Maldita radio.
  Alba abrió los ojos de nuevo. La luz tenue ya iluminaba su cuarto. El techo estaba limpio otra vez, lo cual la alivió.
  Con calma, la muchacha trató de ordenar sus pensamientos. No recordaba nada de lo que había pasado antes de entrar en el hospital.
  Tu marido te quería.
  Las palabras, que acudieron a su mente desde la nada, la hicieron sentir triste. ¿De verdad era posible que le hubiese matado? Respiró profundamente por la boca. Apenas lograba que pasara aire por su nariz.
  Una fiesta. Estabais en una fiesta.
  El pensamiento fue tan repentino que dudó de si se trataba de un susurro. Era cierto, creía, hasta cierto punto. Había ido a una fiesta con su esposo.
  ¿Qué esposo? ¿Cómo era?
- Traidor…
  La chica se convulsionó, tratando de alejar los pensamientos confusos. Le dolía la cabeza, probablemente por algún golpe. Se pasó la mano por el pelo, para masajearse las sienes y calmar sus ideas. Lo tenía sucio y pegajoso. Se dio cuenta de que no sabía qué aspecto tendría, pero sería horrible.
  ¿Cuánto llevas sin ducharte?
  Alba se mesó un mechón de pelo. Antes de soltarlo, un grueso se desprendió, muy cerca de su frente. La chica se contempló la mano. Allí estaba su guedeja castaña, oscurecida y apelmazada, colgando de su palma. En uno de sus extremos, una costra roja y sanguinolenta goteaba sobre su regazo.
- ¡Doctor! ¡Doctor!
  El doctor Christian volvió a entrar con inusitada prontitud. El médico caminó hasta la radio y la apagó con calma.
- ¿Le gusta esa emisora?
  Alba ni siquiera prestó atención a la pregunta.
- Doctor, mire.
  La chica le enseñó el mechón de pelo. Pero no era igual. El pelo estaba limpio, y no tenía aquella costra desagradable. Christian la miró impasible.
- Arrancarse el pelo es un síntoma común en gente que ha hecho lo que usted. Pero no debe ceder a sus instintos.
  Alba le miró, extrañada.
- ¿Hecho?
  ¿Qué he hecho?
- Debe estar tranquila. Esta tarde vendrán a aclarar las cosas. Mientras tanto, descanse.
- ¿Qué es lo que hice?
- No es de mi competencia juzgarle. Descanse, mientras tanto. Esta tarde vendrán a aclarar las cosas. Tranquila debe estar.
  Alba volvió a recostarse. Se sentía, de nuevo, agotada hasta la extenuación. Estaba claro que había sufrido alguna especie de traumatismo, probablemente sufriera los efectos del estrés. Tenía razón. Tenía que calmarse.
  ¿Cuánto llevas sin beber?
- ¿Me trae un vaso de agua?
- Le daré lo que merezca- respondió el médico con frialdad.
  No te lo mereces.
  Esta vez, inequívocamente, el doctor Christian se levantó y se marchó de la habitación andando hacia atrás. El sonido de sus playeras en el suelo rebotaba en sentido inverso, como si se tratara de una cinta siendo rebobinada.

La mañana fue larga y aburrida. Alba alternó momento de lucidez con momentos de somnolencia superflua. Trataba de recordar, pero a veces le pitaban los oídos. Al principio levemente, después más alto.
  No importa. Piensa, ¿qué pasó?
  Trató de recordar nuevamente. ¿Qué había sucedido el día anterior? ¿Cómo había llegado allí? Cuanto más se esforzaba, más se frustraba. El dolor de su nariz aumentaba, y el de su cabeza. Recordaba el sabor de la fiesta, a alcohol, a risas, pero también a tristeza. Aquello era como chocar contra un muro. Al principio de manera imperceptible, hasta que finalmente lo cubrió todo, el pitido de su cabeza creció, ganó tamaño e intensidad, volumen, hasta aprisionarlo todo a su alrededor. Con dolor, apretó los ojos. Era casi como un claxon. Un sonido constante y violento, sentía como si su cerebro sangrara…
- ¿Señora Soler?
  El pitido desapareció.
  El doctor Christian estaba delante de suya. Su ropa había cambiado, pero era él sin duda. Misma barba, mismo pelo cano, mismos ojos azulados. En lugar de la bata blanca, ahora llevaba una gabardina oscura que le llegaba hasta las rodillas.
- ¿Sí?
- Agente Clar, de la nacional. Quería hacerle una pregunta.
  Alba le miró con ojos vidriosos. El agente especial tenía idéntica mirada, el mismo pelo, la misma estatura.
  Es imposible.
- Es imposible- dijo ella en voz alta.
  El agente Clar ignoró el comentario.
- Señora Soler, le prometo que esto será mejor para todos si colabora. Dígame, ¿qué fue lo que pasó?
  Eso es. ¿Qué pasó?
- Yo no… yo… no lo sé. No lo recuerdo.
  No lo quieres recordar.
- Señora Soler, por favor, responda.- El agente Clar se encumbró sobre ella-. ¿Por qué mató a su marido?
- Yo no…
- Eso. ¿Por qué me mataste?
  Al principio, Alba creyó que la voz procedía de su cabeza. No era así. La frase era grave, distorsionada y sucia, como naciente de una boca llena de barro. Y venía de su derecha.
  Alba se volví con dificultad, dando la espalda al investigador. Una mirada muerta le devolvió la suya. Ante ella, encontró una cara deformada, destrozada, abierta por la mitad. Aquel rostro era un amasijo de carne y huesos irreconocible, a excepción de la dentadura expuesta y sanguinolenta de la que escapaba parte de la lengua entre las piezas. El cadáver estaba tumbado a su lado, a lo largo de la camilla. Casi podía sentir el frío de su cuerpo.
- ¿Por qué, Alba?- repitió el muerto, y una ola de sangre y dientes machacados se escapó de sus torturados labios.
  Alba chilló como nunca antes había hecho. La chica empezó a convulsionarse, apartándose del muerto con vehemencia, hasta que dos brazos fuertes la sujetaron.
- Tranquila. Necesitas descansar- dijo la voz de Clar, ¿o era la de Christian?
  La chica se debatió, peleó cuanto pudo, trató de zafarse de la prensa para alejarse del muerto. El pitido volvió a su cabeza, aquel claxon vehemente y furioso, ensordecedor. Respondía con repugnancia cada vez que rozaba el cuerpo del cadáver parlante.
  No le ven.
- No hay nadie más aquí- dijo el hombre.
- Yo no he dicho nada…- lloró Alba-. Por favor, dejadme…
  Jajajaja. Debiste haberlo pensado antes.
- Tranquila.- Esta vez, la voz de su captor resultó mucho más suave y serena-. Necesitas descansar.
  Poco a poco, las sombras volvieron a adueñarse de la mente de la joven. 

Alba despertó. De nuevo, esa negra oscuridad.
  Queda poco. Ya vienen.
  La chica estaba confusa y mareada. Gradualmente, los últimos acontecimientos volvieron a su mente. Un sentimiento de terror embargó su cuerpo por completo. El cadáver… o lo que fuera, podía seguir allí, silencioso, guarecido por las sombras. Intentó no moverse. Casi ni respiró para ello. Cualquier roce sería horrible, y más a ciegas.
  Es la consecuencia lógica de tus actos, ¿no crees?
  Alba empezó a llorar. Las lágrimas brotaron ácidas desde sus ojos, resbalaron por sus mejillas y se filtraron dentro del collarín de su cuello.
  Súbitamente, “A Little More Conversation” estalló de nuevo en la radio. El corazón de Alba estuvo a punto de colapsar. La joven buscó la luz a tientas, la prendió y cogió la radio. Se descubrió a sí misma sola en la habitación, con alivio.
- ¡Radio del demonio!
  La chica apretó con fuerza el botón de apagado, pero no funcionó. La música seguía sonando. Con dedos nerviosos, buscó la apertura para las pilas.
- Vamos, vamos…
  A pesar de contar con una sola mano, consiguió abrirla. Nada. El espacio para la batería estaba vacío.
  Alba arrojó el objeto con toda su fuerza contra el suelo, en un acceso de rabia. La radio estalló en mil pedazos, esparciendo fragmentos de plástico por todos lados. Era imposible que siguiera sonando. Y, sin embargo, la canción no cesaba.
  No viene de la radio.
- No viene de la radio… ¡me están torturando!
  De repente, una idea fugaz acudió a su mente. Una idea cruel y perversa. Una que lo explicaba todo.
- ¡Me están torturando! La música, el doctor cambiando de ropa, el cadáver… ¡todo es un montaje! Alguien quiere hacerme sufrir. ¿Mi marido? ¿Por qué? Traidor…
  Esa idea no tiene sentido. ¿Y la sangre en el techo? ¿Y tu pelo?
- Me están drogando. Es eso. No hay otra posibilidad. Me están drogando y me hacen alucinar.
  Pues, si tan segura estás, vete.
  Alba contempló otras opciones, pero no encontró ninguna otra. Además, el sonido de la música la desconcentraba.
  La chica se levantó de un salto. Estaba descalza, desnuda bajo el camisón, expuesta. Se encontraba débil y mareada. El brazo, no lo sentía. No podía mover el cuello. No podía respirar más que por la boca.
- Tengo que escapar.
  Con paso trémulo, la chica salió de la habitación. Se encontró con un largo pasillo oscuro, inerte como todo lo demás. No había nada en las paredes. No había máquinas, recibidor o camillas. No había ninguna cosa ni nadie. Más que un hospital, aquello parecía un almacén abandonado.
- Me han engañado…
  Alguien te engaña. Pero eres tú.
  Alba caminó por el pasillo. Siguió sin cruzarse con ningún alma, sin ver nada. Sólo aquella tenue oscuridad.   
  De repente, su cabeza volvió a activarse. Aquel terrible claxon se unió a la música reiterativa.
- ¿Señora Soler?
  La voz del médico, llamándola desde su espalda, la sobresaltó aun más. La figura del hombre se contorneaba en el otro extremo del pasillo. Alba comenzó a correr.
  Corre.
- ¡Corre!- gritó el médico. Su voz había cambiado de tono, una octava más aguda.
  Alba corrió por el pasillo, chapoteando. En la negrura no se había percatado, pero el suelo estaba encharcado. O quizás acaba de volverse así. El claxon y la música la acosaban, como bestias de caza. Se descubrió a sí misma empapada, también por la cabeza.
  Al final del corredor, encontró una puerta de emergencia. Trató de forzarla sin éxito. Estaba cerrada.
- Tranquila.- El médico había avanzado peligrosamente-. Tienes que descansar.
  Alba tiró de la puerta con todas sus fuerzas, pero nada ocurrió. El doctor la alcanzó demasiado pronto, y ambos empezaron a forcejear.
- Tranquila… tranquila…
  La voz del hombre había cambiado por completo, casi parecía la de una mujer…
  La música la acuciaba. El claxon había invadido sus sentidos por completo. Y ella sólo se resistía y debatía, con su cuerpo entumecido, empapado, dolorido.
- Cálmate…
  Cálmate.
- Cálmate…
  Cálmate.
- ¡Nooo…!

Alba abrió los ojos. Estaba en un espacio opresivo, cabeza abajo. Unas luces azules que parpadeaban envolvían su cuerpo. En el exterior, llovia.
- ¡Tranquilícese!- dijo una voz a su lado.
  Alba se giró. Se trataba de una chica joven con coleta y un traje naranja. Era una operaria del SAMUR.
- ¿Qué…?
  Alba miró a su alrededor. El volante estaba lleno de sangre, con un hilo que se juntaba con su nariz. El parabrisas también estaba empapado del rojo líquido, encharcándose con la sangre que le salía de la cabeza. Por suerte, el cinturón de seguridad había impedido que saliera despedida. La música de Elvis, el cantante favorito de su marido, aún sonaba en la radio, a la vez que el molesto claxon de su coche, activado por algún fallo de seguridad.
- ¡Calmese, la vamos a ayudar!- insistió la chica del SAMUR, haciéndose oír por encima del estruendo y la lluvia.
  Alba seguía confundida y desorientada. Las gotas se colaban por la puerta abierta, empapándola por completo. Miró a su derecha. Tuvo que reprimir un grito.
  Allí estaba su marido. Pero, al mismo tiempo, ya no estaba. Tendido en el asiento del copiloto, los rasgos del hombre habían quedado completamente desdibujados. Ya nada quedaba de su perilla. Apenas se distinguían sus ojos azules. Tan sólo una máscara sangrante y deformada, sangre que se comía el resto de su cabeza incipientemente cana. Alba gritó.
  Tras unos minutos de intentos, finalmente los equipos de seguridad consiguieron sacar a la mujer del coche. Los médicos la trataron de manera eficaz, vendando sus heridas, inmovilizando su cuello y poniéndole un cabestrillo en su brazo izquierdo, inutilizado por el accidente.
  Ya está.
  Dentro de la ambulancia, pasó un tiempo a solas con sus ideas, hasta que un hombre algo mayor que ella, con barba mal afeitada y medio calvo, se acercó a ella, visiblemente malhumorado.
- Agente Rodolfo Sanchís, especialista en homicidios- se presentó con un deje de desgana-. Dígame, ¿qué ha pasado?
  Alba cogió aliento.
- Salimos de una fiesta, mi marido y yo. Habíamos bebido los dos. Yo conduje y tuvimos un accidente.- Las palabras escaparon de su boca de carrerilla. Aun no se acordaba de todo, pero sabía que era verdad-. Yo le quería… le quería tanto y… me siento tan culpable…
  Rodolfo lo apuntó todo en una libreta que sacó de su bolsillo.
- Típico- respondió el hombre de manera grosera-. Muy bien. Eso es todo.
  El inspector salió del vehículo.
  A solas de nuevo, Alba miró a su alrededor, a todos aquellos aparatos que la rodeaban, máquinas parpadeantes que pitaban.
  Ya está. Se acabó todo. Todo.
  Alba cogió aire profundamente por la boca.
- Puta lluvia…- oyó decir al inspector Sanchís, en el exterior.
  De repente, un policía joven pasó junto a la puerta abierta de la ambulancia. El chico le lanzó una mirada de soslayo, turbia y sombría, antes de seguir de largo.
- Señor, hemos encontrado algo… en el maletero- oyó decir al nuevo policía.
- ¿Qué?- La voz del inspector era como un ladrido.
  El policía joven tragó saliva.
- Otro cuerpo. De una mujer. Estaba atada y amordazada.
- Joder…
- Están analizando su móvil. Hay fotos con la otra víctima.
- No me lo digas: se la tiraba.
- Parece ser que eran amantes. Sí.
- Joder, joder…
  Dentro de la ambulancia, Alba Soler se mantuvo callada, observando el manto de lluvia desde el interior del vehículo. Las luces de los coches de policía y de los vehículos de seguridad eran como fuegos artificiales ante su distante mirada.
  ¿Por qué le mataste?
  Alba esbozó una sonrisa dolida, mientras regaba su mejilla una lágrima solitaria.
- Porque le quería.

FIN



viernes, 22 de abril de 2016

Culpa

Es mi falta. Es la tuya. Es la nuestra.
Culpa, todo se reduce a eso:
de quién es
quién ha sido el causante de todo esto o aquello
en un principio. El agente primigenio,
el arquitecto de la discordia.
Culpa.
Tú me culpas, yo te culpo.
Ninguno sabemos ponernos en el lugar del otro.
Es frustrante, frustrante para mí.
Trato de hacerlo, trato de entenderte,
trato de meterme en tu piel y ver qué he hecho malo.
No lo encuentro del todo, no lo veo.
La he hecho daño. La quieres. Discúlpate. Lo hago.
Da igual que no veas el motivo, sólo hazlo.
Lo hago, pero no sirve. Ella no va a disculparse
nunca. Aunque no lo sienta. Aunque sólo
sea para que me encuentre mejor y acabe esta guerra.
No valgo tanto como ella para mí.
Quizás.
Culpa.

Así, el veneno nace entre nosotros
como una picadura de escorpión.
Nada vale más que el orgullo,
somos víctimas del miedo, de la rabia,
ausentes de la palabra perdón.
Frustración. Porque sí me disculpé.
No sirve. No es la manera.
No quiere hablar. No quiero verla.
Culpa.
Prefiero hablar las cosas, que dejar que la relación se ahogue
agonizando por una herida pequeña, invisible
como la muerte.
La que todo se lo lleva.
El viento, las relaciones, los malos momentos
y los buenos.
Pecando de enfrentamiento, testarudez y ceguera.
Preferimos una vorágine de amargura
que sube, que vuela. Que se traga
la felicidad entera,
antes que reconocer que no lo sabemos todo.

Culpa. Culpables.
Mis intentos de hablar son fútiles
no hay es manera.
Cedo, de nuevo, como pedí perdón sin éxito.
¿Tú quieras que hagamos como si nada? Así lo tengas.
Estoy cediendo. Mírame. Lo estoy haciendo bien. Creo que de nuevo.
Culpa. ¿Por qué esperas nada a cambio?
Cómo si algo te debiera la razón o la lógica,
o ella.
Ceder tampoco está bien.
Los reproches vuelven a clavarse en tu piel
y no hay nada que puedas hacer,
porque ya no sabes ser mejor.
Culpa, culpa tuya.
Mentiroso, rastrero, abominable
juegas con sentimientos y con el tiempo,
atacas la alegría, sólo recibes desprecios
Porque es lo que te mereces.
Porque eres culpable.
Porque, si te mueres, será bueno.
O, al menos, si desapareces.

Culpa. No tienes valor.
No hay agallas en tu cuerpo, no puedes
superar el posible dolor.
No haces lo que has de hacer.
Prefieres hablar, alargar la agonía,
prefieres que llegue otra tormenta,
otra que se enfrente a ese barco
de resquebrajada cubierta,
de una a otra, más.
Con cada nuevo temporal,
el casco se rompe
y seguirá sin repararse hasta que venga una ola
y lo quiebre hasta el nombre.

Culpa. Culpable. Culpables.
A tu izquierda no hay salida
tampoco a la derecha.
Sigues naufragando eternamente, y ya no
queda nada en la reserva.
Herido de gravedad, se aleja a rastras
el caballo de los sueños,
por el agobiante desierto,
donde la cobardía, el miedo y la tristeza lo
asistan,
donde nada quede más allá de la vista,
donde muera lentamente, hasta que venga una nueva catástrofe
y lo haga todo añicos,
donde el entierro y el hastío
se convierta en su tumba,
donde nada quede,
excepto
la

culpa.