viernes, 13 de mayo de 2022

El monstruo vegetariano

 


 Vivía en un oscuro bosque, tan umbrío como aquello en lo que se había convertido su alma. Se alimentaba de cualquiera que osara poner un pie en sus dominios: hombres, mujeres, ancianos y niños, poco importaba para él, nada cambiaba a la luz de sus siniestros ojos amarillos. Eran presas todos ellos, al mismo nivel y sin ninguna distinción.

  Llevaba mucho tiempo siendo así, tanto que ya no contaba los años. Aparte de él, no quedaba nadie vivo para recordar el origen de todo aquello, del día en el que comenzó su condena y todo cambió. Realmente había pasado tiempo, mucho desde que empezara su maldición. Ya apenas tenía nociones de otra vida, de que alguna vez hubiera sido mejor. Hasta aquel día...


El sol ya comenzaba a guarecerse tras las montañas, y con ello se desplegaba el manto de sombras que cada noche se adueñaba del espacio que dejaban los árboles.

  Aquel hombre paseaba desenfadado, sin ningún rumbo aparente, con sus pantalones recortados hasta las rodillas y su inmensa mochila a la espalda.

  –Está claro que no ha oído nada sobre la leyenda de este bosque –pensó el monstruo, mientras se relamía.

  El cazador no perdía de vista a su presa. Observaba con calma, para saciar su curiosidad antes que su apetito. Sabía de sobra que aquella insignificante criatura estaba muerta, jamás podría escapar de su velocidad y agilidad entre aquellas ramas. Pero vivir solo era a veces aburrido y prefería saborear también aquellos instantes previos a la matanza. Además, en aquel caso concreto, le intrigaba la situación.

  El hombre había estado deambulando por sus dominios desde hiciera varias horas, con su pesada carga colgando de los hombros. Al principio le había dejado continuar porque asumía que había quedado con alguien. Dos bocados en vez de uno. Pero, con el avance del reloj, se había estado olvidando más y más de la idea. No notaba ninguna otra presencia humana en el bosque, la habría presentido con su olfato o su oído híper desarrollados.

  Al cobijo de las sombras, aguardó aún unos minutos después de que el sol se ocultara por completo y las primeras estrellas aparecieran en el firmamento. El humano seguía paseando sin destino cierto.

  –Tal vez no haya más explicación, quizás es que está demente –se planteó el monstruo–. Poco importa, loco o cuerdo, se convertirá en mi almuerzo.

  La bestia salió de su escondrijo, tras unas rocas estratégicamente colocadas y lo bastante grandes como para ocultar sus dos metros de peludo y rojizo cuerpo. Con velocidad inusitada en algo de tal tamaño, recorrió la distancia que le separaba de su víctima y se plantó detrás ella con sigilo.

  El hombre se volvió lentamente.

  –En cuanto me veas temblarás, porque serás consciente del terrible error que has cometido. Y yo me alegraré, porque la carne con miedo es la que sabe mejor.

  Sin embargo, la reacción de la persona no hizo sino alimentar todavía más el misterio.

  El hombre le miró de arriba abajo, entornando los ojos para ver mejor en la temprana oscuridad.

  –Por fin te encuentro. Empezaba a preocuparme.

  El monstruo arqueó una ceja.

  –¿Conocías de mi existencia y aun así has venido?

  –Claro. ¿De qué otro modo podría haberme encontrado contigo?

  La bestia se encogió de hombros.

  –Ya entiendo. Eres un depresivo que viene a suicidarse. Pues claro. Ahora mismo te doy esa satisfacción.

  Entonces abrió sus fauces, y un millar de dientes afilados como cuchillas reflejaron el amarillo todo de la luna que empezaba a asomarse.

  El hombre alzó las manos ante sí.

  –Uou. No, no, no. No he venido a suicidarme. Aunque, si aquí ha de acabar mi vida, que así sea. Pero antes deja que me explique. En realidad, he venido a hacer otra cosa contigo.

  El monstruo cerró el morro.

  –¿A qué, si se puede saber?

  –¿Hace cuánto que no hablas con nadie?

  La bestia se llevó una garra a la barbilla, pensativo. Realmente no tenía una respuesta acertada que dar.

  –Está bien. Sentémonos.


Monstruo y viajero se sentaron en sendas rocas, y al cobijo de la nocturnidad el segundo comenzó el diálogo.

  –Mi nombre es Pancho Forqué y soy perfumista. No tengo familia. Mi esposa y mi hijo murieron hace algún tiempo. Tampoco tengo muchos amigos. Mi vida ha estado siendo... anodina.

  –Honestamente, nunca me ha interesado la historia que se esconde detrás de mi comida –respondió el monstruo.

  –Eso suponía. Dime una cosa, ¿por qué comes personas?

  El ser se rascó el hombro con desenfado.

  –Soy un monstruo. Es lo que se supone que hacemos. Hace muchos años encontré una lámpara mágica y de ella salió un genio. Me daba miedo la muerte, así que le pedí no envejecer nunca. Él me convirtió en un monstruo que, en efecto, no se hace viejo.

  Pancho Forqué asintió con interés.

  –Era un genio un poco cabrón –continuó el monstruo–. Pero así son las cosas. No es la vida que he elegido, pero es la que tengo. Uno se acostumbra.

  –Pero... ¿por qué personas? Es decir, ¿te hacen falta o algo?

  El depredador se encogió nuevamente de hombros.

  –Ni idea. Como ya he dicho, es lo que se supone que hacen los monstruos. Y honestamente, no creo que sea nada malo: los humanos sois traicioneros y crueles, ninguno sois inocente. Además sería hipócrita juzgarme, puesto que vosotros coméis animales. Pues yo personas. Una especie devorando a otra. Si lo primero no tiene nada de malo, lo segundo tampoco. ¿No te parece?

  Pancho le dedicó una sonrisa difícilmente perceptible en la oscuridad de la noche.

  –Precisamente ese es el punto al que quería llegar. Verás, veo cierto lo que dices. Los humanos creemos que estamos por encima de los animales, así que no nos da ningún reparo comerlos, así como tú crees lo mismo de nosotros. ¿Cierto?

  –En efecto.

  –Pues recientemente he descubierto una nueva forma de vivir y, la verdad, me va bastante bien. Verás, desde que murieron mi mujer y mi hijo, algo cambió en mis adentros y me hice a mí mismo una promesa: dejaría de comer carne y únicamente me alimentaría de aquello que diera la tierra.

  El monstruo le escudriñó con sus implacables ojos. Aunque no hubiera apenas luz, en nada suponía un problema para su agudeza. Y no vio rastro de mentira o falsedad en las facciones de su invitado.

  –¿Por qué haría nadie algo tan estúpido?

  Pancho rio.

  –Hay muchos seres sintientes en este mundo que no merecen sufrir y que sin embargo mueren atrozmente. Como le pasó a mi familia. Imaginarme sus muertes me hace sentir... incómodo. Respeto la elección de cada uno, pero yo personalmente no quiero formar parte de ese círculo. Para mí es una forma de redención, quizás. De justicia, si lo quieres ver de esa manera.

  –No lo entiendo.

  –A ver si ves esto: ¿No aprecias cierta grandeza en ello? Uno puede vivir destruyendo y haciendo el máximo daño posible a lo que está a su alrededor, es extremadamente fácil. Sin embargo, más elevado es, aun siendo capaz de lo peor, vivir mostrando compasión y evitándole dolor a otros seres vivos. Eso solo lo podemos hacer nosotros.

  –Sigo sin comprender.

  –Si me haces caso, creo que lo harás. –Pancho se recostó un poco en su piedra–. He aquí mi propuesta: ¿Serías capaz de probar esta nueva vida que te ofrezco durante una temporada?

  –¿Qué dices? ¿Qué me haga comehierba?

  –Vegetariano. Pero sí, es eso en esencia. Simplemente como prueba. Yo estaré contigo y te haré compañía.

  El monstruo apenas podía creer lo que escuchaba. Los tiempos habían cambiado mucho desde que se recluyera, pero había captado algunas conversaciones de sus víctimas, justo antes de lanzarse sobre ellas para devorarlas. Existía algo llamado “cámara oculta”, gente que hacía chanzas mientras un cómplice oculto lo grababa todo en unos aparatos pequeñitos para después poder verlas. Pero él no detectaba ninguna otra presencia a su alrededor, estaba seguro de ello.

  Por otro lado, estaba la cuestión de la compañía. Tras años de soledad, se había resignado a no hablar con nadie, y eso a veces le resultaba aburrido. Tal vez aquella alocada propuesta tuviera algo de encanto, después de todo.

  –Si te cansas del trato –continuó Pancho, advirtiendo las dudas de su interlocutor–. Siempre puedes comerme. No pasa nada, lo entenderé. Y tú no tienes nada que perder.

  El monstruo pensó unos segundos más al respecto. Luego, se levantó de un salto y caminó hacia el viajero. Con un gesto cuidadoso, le tendió la garra.

  –Veamos a dónde nos lleva esto.

  Pancho le estrechó un dedo con su mano, y así ambos sellaron el trato.


Comenzó así una nueva época en la vida del monstruo. Pancho llevaba en su mochila semillas de crecimiento rápido y algunas matas para injertar, y también fue a buscar toda clase de herramientas para labrar el campo: regadera, azada, pala, rastrillo... El monstruo le enseñó la cueva en la que se guarecía por las noches, y ahí sería donde ambos empezarían su historia en común.

  Los primeros días fueron los más duros, ya que todavía no había arraigado nada en el improvisado  huerto y tuvieron que alimentarse de bayas y frutos que encontraban en el bosque. Además, el monstruo no estaba acostumbrado a adolecer de carne, por lo que a veces tenía síndrome de abstinencia y se volvía violento y malhumorado. No obstante, precisamente por ver que Pancho sí que aguantaba bien la situación, el orgullo de su fuero interno le hicieron mantener el trato.

  –Por lo menos hasta que el huerto dé sus primeros frutos. Después es probable que me lo coma.

  Tras recolectar la comida, monstruo y humano solían sentarse a charlar alrededor de una hoguera. El monstruo le contaba sus vivencias milenarias, y Pancho compartía con él todos los nuevos avances que habían tenido lugar en la civilización: desde la televisión hasta la llegada del hombre a la luna, pasando por las copas menstruales.

  Tras dos meses, el huerto comenzó a dar sus frutos y ambos pudieron alimentarse de ellos. Pancho sabía un montón de recetas vegetarianas y el monstruo descubrió, para su sorpresa, que las verduras y frutas no estaban tan malas, y que cocinadas con cariño y esmero podían suponer un alimento hasta agradable.

  Y así pasaron más días, semanas, y meses, y el monstruo empezó a olvidarse de comer humanos. Cierto era que había perdido algo de corpulencia, que sus extremidades y torso eran cada vez más finos. Era evidente que su cuerpo de monstruo no estaba acostumbrado a aquello, pero no por ello se sentía mal. El cambio que había dado su vida no le disgustaba: las charlas agradables, la dieta respetuosa con los demás animales... y algo más.

  Algunas veces llovía y no tenían donde refugiarse, pero Pancho nunca se echó atrás y con gran determinación se mantuvo al lado del monstruo.

  –Ese fuego en sus ojos... es como si peleara por algo más allá de él mismo. Tal vez sea esa la verdadera fuerza de quien se sacrifica por sus ideales, de quien es capaz de modificar incluso sus hábitos alimenticios por algo más elevado.

  Para sorpresa del monstruo, había encontrado en el humano algo que había olvidado hacía mucho tiempo y su compañía le resultaba agradable y reconfortante. Por primera vez desde hacía siglos había hallado un afecto muy alejado de la espiral de muerte en la que había estado atrapado.


Habían pasado ya 9 meses desde su comunión con la naturaleza y con el humano Pancho, y el monstruo se sentía feliz. Había perdido unos 200 kilos y, aunque conservando su altura, su cuerpo era más fino que el de su compañero. También había empezado a perder el pelo. Además, ya no quedaba en él ni rastro de instinto asesino, no estaba tan obsesionado con controlar sus alrededores como antes y vivía mucho más relajado. Sin haberse percatado, había estado acostumbrado a ser un cazador temeroso de venganzas, con el estrés que aquello inseparablemente acarreaba.

  –Quien a hierro mata, a hierro muere –había sido uno de los refranes que Pancho le había enseñado.

  Y era verdad. Estando en sintonía con otros seres, el pacifismo había imbuido armónicamente su vida por completo. Poco quedaban de su inquina y su rabia, y empezó a plantearse si todo aquello no había sido un plan trazado por el destino.

  Una noche, Pancho y el monstruo se encontraban alrededor de la hoguera en su cueva, como era habitual en ellos. El hombre le estaba relatando un estudio sobre genoma humano que había leído una vez, cuando el monstruo le interrumpió.

  –Espera, compañero. Me gustaría decirte algo.

  Pancho le prestó toda su atención.

  –Adelante. Te escucho.

  –Verás, he estado dándole vueltas al respecto, y creo haber llegado a una conclusión. Me ha surgido la idea de que cuando el genio me maldijo, en realidad estaba tratando de enseñarme una lección, tal como me has contado que hacen algunos seres mágicos en los cuentos. Por culpa de mi codicia y mi deseo de vivir para siempre, de querer ser algo diferente a un hombre, dejé de serlo. Ahora que he recuperado la parte fundamental humana que había perdido, creo que el proceso se está revertiendo.

  –¿La parte fundamental?

  –La compasión –dijo el monstruo–. El respeto por otros, más allá de la supervivencia o el mero utilitarismo de otros seres. Tenías razón, no hay nada más humano que la empatía y, ahora que la recupero, mis fauces no están tan afiladas, mi cuerpo ya no es tan monstruoso y en mí no queda rastro de mi instinto insaciable. Creo que me estoy convirtiendo de nuevo en humano.

  Pancho le miró con los ojos llorosos, mientras trataba de contener una sonrisa eufórica.

  –¡Eso es genial!

  –Y hay algo más –prosiguió el monstruo–. Este viaje mío también me ha dado otro tesoro aún más preciado que mi reconversión.

  –¿Cuál?

  –La amistad verdadera.

  Pancho se llevó una mano a la boca, tratando de evitar llorar por todos sus medios.

  El monstruo levantó su plato de brócoli por encima de las llamas.

  –Brindo por ti. Pancho, mi primer amigo.

  Pancho no aguantó más y arrancó a llorar. Sin miedo, cruzó las flamas y abrazó al monstruo. Acarició con sus brazos el torso del ser de manera suave, desde sus ahora marcados omoplatos hasta su cadera, pasando por sus costillas.

  Tras unos instantes de fraternal fusión, el hombre se levantó.

  –Creo que ha llegado el momento de enseñarte una cosa. Espera aquí y cierra los ojos. Es una sorpresa.

  El monstruo obedeció con una sonrisa. Nunca antes había recibido una sorpresa de nadie.

  Tras unos instantes de espera en los que solo el crepitar de las llamas rompió la quietud de la noche, escuchó cómo las inconfundibles pisadas de Pancho se colocaban detrás de él.

  –¿Qué traes, amigo?

  Recibió un dolor lacerante en su espalda como respuesta.

  El monstruo abrió los ojos alarmado, casi sin respiración. Cuando trató de volverse, un nuevo castigó taladró su columna y él se desplomó hacia delante, junto al fuego.

  Pancho se colocó sobre él, y el monstruo por fin pudo ver que aquello con lo que le estaba golpeando era la misma azada que habían usado para arar juntos durante tanto tiempo. El humano volvió a elevarla sobre su cabeza, con un gesto desencajado de ira en el rostro.

  Antaño, el ser había sido capaz de recibir estocadas directas de hacha, pero su físico había cambiado mucho desde aquello. El humano siguió golpeando a su indefensa víctima en repetidas ocasiones.

  –¿Por qué...? Éramos amigos –suspiró el monstruo, con un hilo de voz.

  –¿Recuerdas que te dije que mi mujer y mi hijo habían muerto?

  –Sí...

  –Pues adivina quién se los comió.

  –Vaya.

  –Quien a hierro mata...

  Pancho acabó con el ser dándole un último golpe en la cabeza.

  Aquella misma noche, el humano despellejó al monstruo, cocinó el cadáver y posteriormente se lo comió en la misma hoguera que habían prendido.

  –¡Dioses! ¡Cómo echaba de menos la carne!


FIN


domingo, 3 de abril de 2022

La ácida melodía de Margo

María Tuba tenía un nombre muy apropiado para haberse dedicado a la música. Pero María no era cantante ni compositora, como tampoco sabía tocar ningún instrumento. Ni siquiera había tenido oportunidad de aprender a hacerlo. Desde temprana edad, la chica que ya contaba 28 primaveras se había visto obligada por las circunstancias a emprender el tedioso camino del trabajador precario. Sus padres, uno conserje, la otra desempleada de larga duración, no habían podido proporcionar jamás ningún lujo a su hija, que pronto había descubierto en la comparación entre su patrimonio y el de sus amigos una carencia necesitada de ser subsanada.

  A los 16 años, María dejó los estudios para trabajar en el almacén de una conocida marca de ropa. Cuatro años más tarde y con los ahorros adquiridos, se había mudado del pequeño piso de sus progenitores, demasiado enjuto para abarcarla con holgura a ella y a sus tres hermanos pequeños, y había decidido vagar de piso en piso, de alquiler en alquiler. Mas cuanto más tiempo pasaba, peores contratos se encontraban... y los alquileres subían.... y la luz... y la gasolina, en máximos históricos. Para cuando llegó la víspera de su vigésimo noveno cumpleaños, la chica estaba harta de sus aburridos trabajos, entre los cuales alternaba de un contrato temporal en otro pero, tal y como estaba la vida, mejor eso que nada o, más correctamente, ni siquiera tenía elección.

  La crisis de los treinta se le había anticipado a la muchacha, siempre precoz y adelantada. Echando la mirada atrás, en ocasiones se arrepentía de haber dejado tan temprano sus estudios, ya que en aquel momento no tenía ningún salvavidas, nada a lo que aferrarse, tan solo la condena de vagar de un curro de mierda en otro, peleando por llegar a fin de mes y sin vistas a ninguna manera de echar raíces en la tierra. Cuando pensaba en ello, solo podía sentir el rugido de una enorme ola negra que se le acercaba desde las profundidades de un mar ya agitado, cuya mera presencia servía para angustiarla.

  María Tuba no bebía más que en contadas ocasiones y no podía permitirse fumar. No iba al cine nunca y había tenido que dejar el gimnasio tras la última subida de su casero, justificada en el aumento desmedido de la luz. Aparte de dar paseos, la cuenta de Netflix que compartía con tres amigas y algún que otro ligue, la única afición de la joven eran las antiguallas.

  A la chica le gustaba pasearse por el rastro de Madrid o por almacenes y tiendas de objetos clásicos varias para ojear su mercancía. Por supuesto, ella no poseía ninguna y jamás podría hacerlo dada su economía, pero le relajaba deambular entre las abarrotadas estanterías y elucubrar sobre cuál sería la historia de cada objeto que contenían: espejos, estatuas religiosas, cajas de música... Más de entre todos los tesoros, aquellos que más llamaban su atención eran los instrumentos. Su favorito era el piano, tanto por sonido como por forma, elegante y altivo, visiblemente inamovible. De haber tenido una casa grande, sin duda le habría dedicado algún rincón a uno de aquellos armatostes, a pesar de no saber tocarlo. En su idílica realidad inventada, ya tendría tiempo para tomar clases y aprender a doblegar sus teclas.

  La Vieja Mansión era, de todos los establecimientos de antigüedades que conocía, su lugar favorito. No era una tienda al uso, nada de eso. Era prácticamente un castillo. Situado en las afueras de un remoto pueblo al sur de la capital, la enorme nave industrial de 500 metros de largo era el orgullo de sus habitantes. Estanterías repletas de aquellos enseres milenarios se extendían de una a otra pared, apilados y abarrotados, montañas tan altas que uno sentía vértigo solo de mirarlas. El sitio tenía unas dimensiones tremendas, inverosímiles, era prácticamente todo un almacén. Su dueño era un restaurador retirado con cierta fama en el antiguo mundo, bastante viejo, que se dedicaba al negocio más por afición que por otra razón.

  Estaba La Vieja Mansión ordenada por secciones y, como no podía ser de otro modo, el lugar preferido de María era la sección de los instrumentos. Violas, saxofones, xilófonos y flautas. La chica decidió dedicar una parte de su día libre a pasear tranquilamente por entre aquellas piezas de coleccionista. Había tantos objetos apiñados que uno perdía la vista entre ellos, incluso en altura, donde reposaban peligrosamente tanto objetos medianos como otros mayores tales a arpas o pianos, inverosímilmente colocados en vigas para no ocupar espacio en tierra. Más, de entre todos, hubo uno que llamó la atención de la joven.

  Junto a un violín Stradivarius con las iniciales N.P. grabadas, se encontraba una nota discordante a la melodía común de la sala. Se trataba de una lámpara, cuyo color se intuía dorado, aunque era difícil asegurarlo a través de la capa de polvo que la impregnaba.

  -Definitivamente, este no es tu lugar.

  María creyó discernir unas letras en su dorso. Con la intención de descifrarlas, cogió la lámpara y frotó la superficie tres veces. El objeto se convulsionó, dio un brinco y comenzó a expulsar un humo azulado por la boquilla.

  En pocos instantes, y ante la atónita mirada de la joven, el denso vaporoso conformó una masa sólida, y la masa adquirió la forma de un ser alto, barrigudo y con la nariz tan puntiaguda como las orejas.

  Con una voz grave y penetrante, la mágica aparición comenzó a hablar.

  -Saludos humana. Mi nombre es Margo, el Genio Cabrón. Ya que me has liberado, es mi deber concederte un deseo a tu elección.

  María no podía creerlo. Por supuesto conocía a los genios y su mecanismo de haberlo visto en las películas, mas jamás en toda su vida habría podido anticipar que se vería en aquella situación.

  -¿Me concederás cualquier deseo? ¿Solo con pedirlo?

  El genio asintió.

  -Es mi obligación. Date prisa y pide sin dilación.

  María pensó en cuáles serían las palabras apropiadas para cambiar su situación. Finalmente, las halló.

  -Deseo tener el suficiente dinero en el banco como para no tener que preocuparme más por él durante el resto de mi vida.

  -Deseo concedido.

  Margo dio dos palmadas. Acto seguido, tanto genio como lámpara se evaporaron de entre los dedos de la joven.

  La chica estaba tan impactada que apenas podía creerlo, y desde luego no lo haría hasta que lo comprobara con sus propios ojos. ¿Habría sido una ilusión?

  Inmediatamente posterior a ese primer pensamiento, y casi como en respuesta, su móvil vibró. La chica encendió al aparato. La app de su banco le avisaba de un nuevo movimiento en su cuenta.

  El corazón de María dio un vuelco dentro de su pecho. Con dedos ávidos, introdujo dos veces mal su contraseña antes de acertar con la tercera. Diligentemente, corrió a chequear sus ahorros.

  -Pero... ¿qué?

  Tenía una transferencia nueva notificada, efectivamente, más era desde su propia cuenta. Destinatario, Margo S.L., por valor de absolutamente todo lo que tenía.

  Su crédito actual estaba a 0.

  -Pero... ¿qué? –repitió.

  Entonces, le cayó un piano en la cabeza.


FIN

domingo, 23 de enero de 2022

Demonio cobarde

 Te escondes entre los recovecos de mi alma

al acecho, aguardando ese momento de flaqueza y debilidad

adecuado para aplicarme tu tormento, el tormento del recuerdo y la agonía,

la vida infeliz, una sonrisa.

Te escondes de mi vista, demonio cobarde, 

hasta que no tienes el foco encima y entonces...

Entonces me atacas, a traición,

por la espalda.

Líneas que jamás serán leídas por vergüenza, por pena

por puro patetismo

innata apatía reforzada, no aprendida

y en la cima del pozo, que es alto solo si se está al fondo

la mirada devuelves, navaja afilada de rencor.

Demonio cobarde, me pillaste de nuevo

con la guardia baja.

Pero hoy no será el día que esperas, 

que yo también espero. Hoy no.

Hoy me di cuenta a tiempo, 

cuando tu puñalada certera comenzó a hendir mi pecho.

Hoy no ganas, demonio cobarde.

Mañana, ya veremos.

sábado, 15 de enero de 2022

Alas de barro

No son buenas, 

no me alzan del suelo,

no me sirven para volar.

Siempre me dijeron

 que no era como los demás.

"Tienes brillo, genio,

eres alguien especial".

Verdades a medias,

o mentiras con algo de verdad.

No brillo, es el reflejo de mis anhelos,

de lo que no alcanzaré jamás.

No hay genio en mí, 

es egoísmo nada más.

Soy especial... especialmente malo

y especialmente para los demás.

Me pregunto si en algún momento les hice caso

¿fui tan tonto quizás?

Es sentido mi arrebato

de agonía sin freno,

de no tener terreno,

tras cada paso que manché

sin piedad ni respeto 

ese cómodo suelo

que rechacé sin seso

que dejé lejos, por volar libre

en el cielo estrellado

sin saber por ignorante,

que jamás será por mi hallado

cuando dejen de elevar mi ego

cuando se deshagan al viento

cuando se pudran junto a mi legado

estas alas de barro.

 

lunes, 1 de noviembre de 2021

Escalones

Me haces gracia.

Me divierto contigo.

Me interesas.

Quiero saber más de ti.

Me atraes.

Me gustas.

Me gustas mucho.

Me encanta como eres.

Estoy enamorada.

Te quiero.

Hay cosas de ti que no me gustan.

Hay cosas de ti que no soporto.

Ya no siento lo mismo.

Somos incompatibles.

Podemos ser amigos.

Podemos seguir quedando.

Podemos seguir hablando.

No quiero saber de ti.

Me molesta que seas feliz.

Te odio.



FIN



sábado, 25 de septiembre de 2021

Hasta la siguiente

 Con dolor.

Con tesón.

Con esfuerzo.

Con sacrificio.

Con lágrimas.

Con ganas.

De la nada.

Con ayuda.

Con fuerza de voluntad.

Con tiempo.

Superado.

.

.

.

.

De momento.

jueves, 9 de septiembre de 2021

Claro, el cloro

Eduín Solo llevaba unos meses un poco triste. Lo había dejado con su antigua pareja y la echaba de menos. 

  Eduín ya había tenido experiencias así con otras ex, así que más o menos sabía cómo afrontarlo: salir con gente, hacer deporte, dedicarse a hobbys... en definitiva, ocupar el tiempo. Cuando un recuerdo triste acudía a su mente, Eduín hacía flexiones, hablaba con alguien o salía a pasear. Pero, por alguna razón, aquello no estaba funcionando esa vez. 

  Estaba triste demasiado tiempo seguido como para que sus artimañas de parada de pensamiento funcionaran: no podía hacer deporte eternamente porque el pensamiento nocivo a veces le alcanzaba en una situación en la que no era plausible (en clase o conduciendo); había agotado todos los temas de conversación con su amigos, y ya empezaba a sentirse pesado y repetitivo con ellos; pasear era precisamente la actividad más débil de todas, porque al final acababa solo con sus pensamientos y, de nuevo, no era escapatoria. El chico estaba cada vez más y más triste, porque a todo lo malo se sumaba que su estrategia ni siquiera estaba dando sus frutos y eso le frustraba.

  Un buen día, Eduín estaba solo en la piscina de su familia, piscina que se había ofrecido a cuidar como otra carta para evadirse de sus pensamientos. Una vez pasado el limpiafondos y repuesto el cloro, se sentó a descansar. Aquel día había hecho mucho deporte, así que sus brazos y sus piernas le pesaban demasiado. Miró el móvil, más como acto reflejo que por algún motivo, y sin pensarlo se acabó metiendo en la galería de fotos. Aún no había borrado nada. La primera imagen que le recordó su sistema Android, fue una fotografía de ella.

  Eduín la quitó al instante, horrorizado. La ansiedad retornó a su garganta. Sintió de nuevo el familiar vacío de la tristeza en la boca del estómago y sus ojos se inundaron de lágrimas. Miró alrededor en busca de algo con lo que hacer deporte, pero estaba demasiado cansado aquella vez. Sus músculos se quejaban constantemente, como si se fueran a romper.

  El chico pensó en su miserable existencia, condenado a vivir esquivando flases del pasado o muriendo de pena cuando, de repente, una idea cruzó por su cabeza. Era una idea alocada y temeraria, pero por lo menos nueva.

  -Siempre que algo triste azota mi mente, pienso lo mismo. Que me va a doler, mucho y tanto que hasta voy a morir de pena. Entonces, por supervivencia, trato de evitarlo, de huir de aquello que me tortura pero... ¿acaso alguna vez se ha muerto alguien de pena? ¿O por un recuerdo? ¿O de dolor por la tristeza? No. Ni hablar. Te mata el veneno, un cáncer o un accidente, pero no  una escena del pasado. Quizás al evitar mis pensamientos todo este tiempo, en realidad he conseguido lo contrario a lo que pretendía, hacer al monstruo más grande, darle un poder desmedido para seguir torturándome y comiendo de mis entrañas. Pero he sido tonto, porque en realidad el miedo al dolor ha sido más terrible que el dolor en sí mismo, que aceptar el recuerdo. Porque lo que pasó entre nosotros pasó, y nunca podrá ser borrado...

  Eduín tomó aliento, como el corredor antes del sprint final de llegada a la meta. Algo en su interior estaba floreciendo, algo que llenó de tenue luz su maltrecho corazón. Desbloqueó su móvil.

  -A partir de ahora, no huiré más. Doy las gracias a la vida por los buenos ratos que pasé junto a ella y, de este modo, me lleno de ilusión para poder volver a compartir momentos así de felices con otra persona. 

  Eduín volvió a la galería y puso la foto de nuevo, esta vez resuelto a afrontar sus propios sentimientos. Y entonces, por primera vez en mucho tiempo, sonrió.

  Cuarenta  y tres segundos después, se comió tres pastillas de cloro.

  Fin.