viernes, 9 de marzo de 2018

Cuervos en las ramas



A la mañana repentina
abrí los ojos nebulosos.
Inundome las pupilas
un paisaje tenebroso.
Luz mortecina
que es jaula
de mis anhelos y mi vida.

Dos cuervos en las ramas
se ríen de mi desdicha
y también de mi desgana.
Me recuerdan con su parloteo
que soy culpable de mi tristeza,
que pendo de un aleteo
que si paro, me muero.

Como dedos invisibles,
como gusanos en mi pecho,
la presión se hace más fuerte
ante todo lo que he hecho.
Pero no hay dudas. No hay suerte.
No hay miedo. Solo presente.
El futuro ya no existe,
el ayer no importa nada,
solo luz de muerte, fina lluvia
y esos cuervos en las ramas.





viernes, 2 de marzo de 2018

domingo, 9 de julio de 2017

Tormento



El viajero notó un temblor tan brusco que le derribó por completo. Fue un trueno, y como trueno nadie, nunca lo hubiera esperado. El día anterior había estado bien, pero en aquel momento se hallaba hundido en la miseria, en una tormenta que le acuchillaba desde las sombras, desde la nada. Porque sí, era una puñalada y, aunque no pudiera verlo, desangraba.
  Se hizo un ovillo al principio, notando como la lluvia, la luz y los elementos acosaban sus sentidos. Luego, decidió arrastrarse pesadamente hasta una cueva cercana, perdiendo parte de sus enseres durante el proceso, en donde permaneció quieto, sujetándose las piernas con los brazos.
  -Hemos terminado... lo siento, no eres lo que buscamos... fracasaste... no te quiero... -bramaban el viento, la furia y las centellas, el eco de lo que ya no era.
  El viajero se había quedado sin brújula, estaba rota y ya su aguja no señalaba su próximo destino. Por eso no había podido avanzar. Por eso había acabado a merced de la tormenta. Durante toda la larga noche, siguió escuchando aquel funesto aullido. Incluso cuando cayó dormido, la voz de la vorágine siguió torturándole en el mundo de los sueños, que ni siquiera era el suyo. 

Despertó el viajero, envuelto en frío y miedo. Por fortuna para él, resultó que la tormenta había cesado, y que un sol brillante y cálido se filtraba por la entrada de la gruta. Era otro día, uno en que podía ser otra cosa, podía ser lo que quisiera. 
  Salió de su escondite, aún tembloroso y con recelo, cuando un reflejo en el suelo le hizo un guiño cómplice. Tras agacharse a recogerlo, se dio cuenta de que era su antigua brújula, que debía habérsele caído del bolsillo durante su presurosa huida. Cuando la sostuvo en su mano derecha, notó el calor del interior y la negrura de su cara posterior. Parecía que le hubiera caído un rayo encima. Con cuidado, le dio la vuelta para contemplar su inane aguja. Sin embargo, tras mover el objeto de un lado a otro, terminó esbozando una sonrisa.
  Tras reunir los enseres que había conseguido mantener, el viajero se ajustó la mochila, con menos equipaje que antes, y emprendió de nuevo su camino, siguiendo la dirección que le marcaba la punta de su brújula, milagrosamente arreglada. 
  Porque las tormentas pasan, a veces dejando daños, pero siempre dando oportunidades a quienes sepan aprovecharlas. 



Imagen de Pexels




jueves, 29 de junio de 2017

El pollo y la tarta

-A veces sueño que me apuñalo a mí mismo.
  El TICTAC del gran reloj de pared fue el único sonido durante unos segundos.
  -¿Como un suicidio?
  -No. Yo soy otra persona. Hundo el cuchillo en el pecho de otro alguien, pero que es yo. Es un sueño recurrente.
  -¿Cómo de frecuente?
  -Cada vez más.
  -Entiendo. ¿Recuerdas el contrato que firmamos tú y yo al principio de empezar nuestras sesiones?
  -El de no suicidio. Sí. Tranquilo, doctor, no tiene que preocuparse.

Las sesiones ya no le ayudaban, las palabras eran brisa contra el metal de un coche que viajaba demasiado rápido. Había decidido no volver nunca a contemplar la descolorida cara de su doctor.
  Hacía calor en la calle. Con cada pisada levantaba ondas del asfalto, circunferencias temblorosas que se propagaban como el agua. Vio un perro de espaldas, con el lomo hacia el suelo, caminando por el cielo. Una boca de incendio explotó a su paso y el agua, en lugar de caer a la acera y encharcarla, ascendió liviana y se perdió en la inmensidad. Como su amor hubiera hecho, de no haberlo cambiado por algo que no sabía bien qué era.
  Jean Carlos era especialista neurocirujano, pero también bombero y bróker. Dejó la carrera de medicina en su segundo año, suspendió las pruebas físicas de la academia y nunca se había atrevido a atesorar su dinero con valentía. Aun así, era todo eso. Y más. Ni siquiera podía escribir cinco líneas con sentido. Ni siquiera sentido podía líneas escribir. Le dio otro trago a la botella que siempre llevaba guardada en el sombrero.
  La calle ardía, en efecto, pero él estaba frío, como un cadáver de 37 grados. Torció por un callejón cercano y una hoja pasó rozando su oreja, tan afilada que bien podría habérsela devanado de cuajo, hasta caer al suelo. Al depositar su vista, aquella masa carnosa y blanquecina le estaba esperando, como si hubiese sabido que llegaría aquel momento. El polluelo, apenas paso posterior a feto, no tenía plumas, pero para su desgracia sí un sistema lo bastante desarrollado para poder respirar.
  -A… a… a… -paladeaba el intento frustrado de ave, abriendo y cerrando cuanto pico había dado tiempo a formarse en el cascarón-. A… a… acábalo…
  Jean Carlos le miró con indiferencia distraída. Cada aliento debía ser un calvario para el animal.
  -Ojalá fueras yo. Ojalá yo fuera tú.
  -A… acábalo… -insistió el polluelo.
  El hombre alzó el pie, más por necesidad de hacer lo correcto que por compasión, y lo bajó bruscamente, como un mazo. Las tripas del animal quedaron desperdigadas por todas partes.

Jean Carlos giró la destrozada cerradura. La puerta estaba rota. Como todo. Cogió del pomo y tiró con esfuerzo, hasta que la entrada se abrió hacia dentro. A veces, hay que ir hacia atrás para avanzar. A veces, se retrocede demasiado.
  Los muebles que colgaban del techo esperaban para saludarle. Pero no lo hicieron.
  El hombre viajó maltrecho hasta el recibidor, en donde el suelo sostenía un anticuado teléfono de cable. Pulsó el botón que nunca parpadeaba.
  -No tiene mensajes –dijo una voz enlatada.
  -Jean, no quiero hablar contigo nunca más. Te has negado a crecer, te has negado a madurar, y yo no puedo jugar más. Nunca. Me has hecho terriblemente infeliz –escuchó Jean Carlos.
  El teléfono no sonaba. Nada lo hacía. Él podía escuchar a los roedores viviendo en las paredes, pero solo él. No aguantaba más. Le estaban chillando.
  -¿Qué día es?
  De repente, un recuerdo fugaz acudió a su cabeza, reminiscencia de otra realidad, de una vida pasada que ya no le pertenecía.
  Fue hasta la cocina, que apestaba a suciedad, y a agua estancada, y a moho. Contempló el calendario, el día rojo y señalado. Empezó a reír desconsolado.
  -Hace años, demasiados, ocurrió algo muy, muy malo…
  Jean Carlos rio, y siguió riendo un buen rato. No era una risa feliz. No sabía. No estaba llena de entusiasmo o jolgorio, ni tampoco era ironía. Reía desquiciado, como el loco sombrío que le contemplaba desde la esquina más oscura del cuarto. Ahora, los dos reían juntos. Y los roedores de las paredes. Y los muebles. Y la voz del teléfono, que era mezcla de muchas otras.
  -Me encantan las drogas.
  Jean Carlos se miró las manos, de uñas sucias, dedos largos y afilados. Poco a poco, las colocó cercanas a su cara, tanto que por milímetros no logró tocarla.
  -Pero no me gusta nada más.
  El hombre introdujo las extremidades en su rostro, rasgando piel, carne y hueso. Para sorpresa de cualquier espectador que pudiera haber estado, no ofreció ninguna resistencia. Los dedos atravesaron el tejido por completo, como si tuviera la textura de la gelatina. Tenía las manos dentro de él. Las apartó con asco y miró los restos barrosos de sus uñas. Lo que quedaba de su cara chorreaba entre ellos.
  -Acábalo… - le susurraron al oído el loco sombrío y el polluelo aplastado.

Cinco días después del suceso, los malos olores y las quejas del casero forzaron a la policía a entrar en el piso. Jean Carlos Barrier había muerto a los 26 años, no especificado si a causa de un accidente o no. Desde luego, aquella forma de suicidio no era muy habitual.
  El forense determinó que lo más probable era que se hubiera tropezado, habiéndose clavado su propio cuchillo de cocina en el abdomen al caer sobre él con su peso. Luego, habría rodado hasta colocarse mirando al techo, en un último esfuerzo fútil de respirar.
  El becario de fotografía, un joven bizco con un sentido del humor macabro, reía entre dientes, maliciosamente, ante la escena. El inspector a cargo le dedicó una amarga reprimenda, una perorata sobre el deber, el respeto y muchas cosas que apenas escuchó.
  -Pero señor, es que murió hace cinco días, más o menos…
  -¿Y? -contestó el inspector, de mostacho frondoso y cabeza pelada.
  -Mire el calendario, la fecha marcada... ¡fue en su cumpleaños!
  -¿Y? -insistió el hombretón.
  -Pues que parece una tarta, solo que el cuchillo sería la vela.

  El inspector miró a su subordinado. Tenía gracia, pero solo para un enfermo. O quizás no necesariamente, quizás para alguien más. Tal vez los muertos también tuvieran sentido del humor. Desde luego, Jean Carlos mantenía la sonrisa de oreja a oreja que se había marcado él mismo con las uñas.

viernes, 5 de mayo de 2017

El chico árbol

Existió una vez un dicharachero niño llamado Jran, que tenía muchos amigos y caía bien a todos, debido a su conducta alegre y desenfadada. El muchacho creció muy feliz durante los primeros años de su vida pero, poco a poco, empezó a sentir que las cosas no iban a suceder como él quería.
  Conforme se hacía mayor, el infante iba recibiendo más y más responsabilidades, y con ellas llegaron las presiones: estudios, encontrar un trabajo, tener una pareja, hijos, casa… Su cabeza era una olla a presión a punto de estallar. Sabía que no siempre podría vivir de sus padres, personas humildes que hacían lo que podían por sacar a su familia adelante, y que tenían que ocuparse tanto de él como de su hermano pequeño, Yohan, pero no quería hacerse adulto nunca.
  -Hijo, no puedes ser para siempre un niño. En algún momento tendrás que salir del nido y labrarte un futuro –le insistía a menudo su madre, comprensiva, siempre que le veía hacer el vago.
  -Es cierto que no puedo ser un niño siempre –concedió el muchacho-. ¡Pero tampoco he de ser un adulto! Para mí, eso sería como dejar de vivir, y yo no quiero.
  -¡Ningún hijo mío será un holgazán toda su vida! –se enfadaba su padre, más temperamental.
  -Encontraré otra manera… lo sé. Debe haberla.
  Pese a todas las presiones, Jran pasaba las horas muertas de su día a día tumbado en el campo, contemplando el cielo despejado, escuchando el murmullo del viento sobre las hojas de los árboles cercanos y deseando que aquella paz y libertad no terminaran nunca.
  -¡Qué maravilla! Esta sensación de sosiego es indescriptible. Me dan envidia los árboles, tan robustos y estables, tan tranquilos, sin preocupaciones ni exigencias de ningún tipo... –se decía a menudo el chico.
  De repente, a su cabeza acudió una osada idea.
  -Un momento. ¿Por qué he de tener envidia? ¿No somos acaso los humanos más evolucionados? ¿Por qué debemos anhelar algo que a otros seres sí que les es permitido? No señor, nunca le pasará eso a Jran. Si la vida que me ofrece el mundo humano no es adecuada… ¡seré otra cosa! Desde hoy, elijo ser un árbol.
  Tomada la determinación, Jran empezó con su transformación. Se buscó un terreno adecuado entre dos pinos, de tierra húmeda y fácil de horadar, en donde ocultó sus pies hasta más allá de los tobillos. Luego, se quedó muy quieto, a la espera de hacerse uno con el medio ambiente.
  Al principio, no sucedió nada. Jran no sabía cómo ser un árbol, así que simplemente estuvo quieto, manteniendo una pose neutra como sus nuevos compañeros. Pasaron así minutos, horas y días, sin comida alguna ni más agua que el de la lluvia. Pero el chico no se rindió hasta que, justo antes de desfallecer, el milagro comenzó a suceder: su pierna empezó a volverse dura y correosa, cubriéndose de una capa marrón muy rugosa, y este material fue asimilando todo su cuerpo, reptando por su cintura hasta cubrirle el pecho y llegar al cuello; sus dedos y su cabeza se hicieron verdes primero, y después se separaron en múltiples fragmentos y se volvieron láminas; finalmente, su cuerpo era tronco y sus extremos hojas. Era un árbol.
  Jran había cumplido su sueño, y pensó que había sido un premio por no resignarse a su sino. El chico notó el susurro del aire, la comida que corría a través de la tierra y la savia fluyendo por su cuerpo. También, pudo entender el idioma de los árboles.
  -¿Qué te parece? Al final lo consiguió –dijo uno de los pinos.
  -Nunca había visto tal cosa –acompañó el de al lado.
  -Hola, nuevos compañeros –saludó Jran, entusiasmado-. Me llamo Jran, mucho gusto en conoceros.
  -Claro, Jran, ¡hola! –correspondió el primero que había hablado.
  -Nosotros no tenemos nombres. Solo somos árboles.
  -Vaya, a lo mejor ahora debería dejar de tener nombre yo también -opinó Jran-. Como soy nuevo, hay muchas cosas que desconozco de vuestro mundo. Me gustaría que me indicarais si hay algo más que deba saber.
  -La verdad es que no mucho. No tenemos nada que hacer en todo el día, simplemente vemos avanzar las horas, nos nutrimos... y poco o nada más.
  A Jran le gustó oír eso. No tenía responsabilidades, ni obligaciones de ningún tipo. Simplemente, podía dedicarse a ver pasar el tiempo. Sin embargo, con el paso de los días, algo en su interior empezó a pedirle más.
  -¿Y qué hacéis para divertiros? –preguntó un día Jran a sus nuevos compañeros, que no eran muy habladores.
  -¿Divertirnos? No sabemos qué es eso. Ya te lo dijimos. Sencillamente, estamos.
  A Jran en principio no le importó tal afirmación. No obstante, cuando hubo pasado aun más tiempo, se dio cuenta del terrible error que había cometido. La inanición y la falta de actividad empezaron a pasar factura en la mente del chico. No hacía nada, no se entretenía. Ver a los animales o algún que otro viandante era su único divertimento, pero aquello ya no le satisfacía. Él quería moverse, interactuar con el medio, moverse, hacer cosas. Pero le resultaba imposible. Por más que quisiera moverse, no lo conseguía.
  -Esto está mal. ¡Esto está realmente mal! –se lamentó Jran, pasados los 3 días-. ¡He cometido un error!
  -¿A qué te refieres? –preguntó el pino.
  -A que no podemos movernos, ni irnos, ni tumbarnos. Tan solo esperamos a que pasen las cosas. ¿Cómo lo aguantáis?
  -Bueno, es que somos árboles. Es lo que siempre hemos hecho.
  -¡Pero yo no!
  Pasaron más días, y meses, y años. Jran descubrió con amargura que no era capaz de acostumbrarse a ello. Se sentía maniatado, amordazado y desesperado.  Cuanto más acontecía, más le costaba soportar aquello. Los segundos se volvieron horas en su mente. Quería chillar, pero  ni siquiera podía hacerlo.
  -Dime una cosa, ¿por qué dejaste de ser humano? Tienen mucha más libertad, pueden hacer otras cosas –le preguntó un día el pino.
  Jran no contestó, no tenía ánimos para ello.
  A largas temporadas, largos años les sucedieron. Jran se había agotado de esperar, de no moverse, de no hablar. Anhelaba cada instante como humano, y maldecía enormemente el día en que decidió ser un árbol. Su cabeza volaba a veces a otros lugares, pero sus recuerdos no eran lo bastante vívidos para mantenerle alejado de aquel infierno. Se hubiera suicidado, de haber podido.
  Un día, Jran vio a un joven acercarse a él con un hacha en la mano. A pesar del tiempo, a pesar de haber cambiado tanto a lo largo de los años, un instinto dentro de él hizo que le reconociera al instante.
  -¡Yohan, hermano!
  No sabía cuánto había sido árbol. Había perdido la cuenta. En cualquier caso, Yohan ya no era un niño, sino un adulto que había decidido convertirse en leñador. Por supuesto, seguía siendo humano, por lo que no pudo oírle y no supo nunca que estaba ante su largamente desaparecido hermano.
  Yohan golpeó a Jran con el hacha hasta que le partió el tronco. Ignorando que había sentenciado a su hermano, seccionó los cachos y se los llevó a su hogar, en donde quemó los restos en la chimenea, a la cual acudieron su mujer y sus hijos.
  Jran se sintió liberado. Finalmente, su suplicio había finalizado... o eso creyó, hasta que una nueva conciencia brotó del tocón que había quedado de su antiguo cuerpo.

  -Debió haberme arrancado de raíz.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Merecidamente

Había una personita que se sentía muy desgraciada, porque no tenía nada. Un día, caminando por la arena de una playa, se encontró con una gema preciosa, la más radiante que hubiera visto nunca. Habiendo hallado su joya, por primera vez se sintió feliz, y la cuidó y protegió como si su propia vida fuese en ello. Con el tiempo, se convirtió en lo más preciado que tenía, porque para ella era mucho más que una piedra que brillaba, era su espíritu, su bien y su dicha, por alguna razón.
  Entonces, sucedió que la personita conoció a otra de la que se enamoró. Como ya era feliz, pudieron compartir juntas muchas cosas, ser amigas y aliadas, confiárselo todo, incluso lo que a nadie más le habían dicho. Junto su nueva compañera, nuestra protagonista se sintió tan bien, que una vez decidió regalarle su más preciada posesión: la gema preciosa.
- Toma, ahora es tuya- dijo.
  La otra la cogió de sus manos y la miró de arriba abajo. Tras unos segundos, cogió fuerza con el brazo y la lanzó directamente al suelo. La gema preciosa se rompió en un millar de añicos brillantes, esparcidos por el suelo.
- ¡¿Qué has hecho?!- preguntó la personita, horrorizada.
- La culpa es tuya. Me la diste para que hiciera lo que quisiera con ella.

  Porque era más que una gema, la personita no se recuperó nunca de aquello. Recogió los pedazos y los tiró al mar, para nunca más saber de ellos.   

lunes, 20 de febrero de 2017

Rotos

Abrió el grifo y no salió agua. Como siempre. Después, bajó hasta la cocina. La nevera estaba vacía. Aun así, se sentó en la mesa y estuvo un rato parado, mirando a la nada. Hox se despidió de su esposa con un tímido beso y salió de la casa, se montó en el coche y empezó una nueva jornada, una en la que no haría nada, excepto dar vueltas con su bólido.
  Hox era un tipo feliz hasta donde podía serlo. Tenía una preciosa casa de 4 pisos, una familia (Amy, su mujer, y Ross y Christie, sus dos hijos mellizos) y no le faltaba nada que necesitara. No había manera de anticipar los terribles acontecimientos que tendrían lugar aquella funesta velada.
  Aparcó en la entrada, donde siempre, y cruzó el umbral de la puerta.
- ¡Cariño! Ya he… llegado…
  Algo en el ambiente le incomodó. No habría sabido explicar la razón, mas notaba que algo no iba bien. Fue hasta el salón. El televisor estaba encendido, con aquella perpetua imagen de un parque de atracciones congelada. Cuando vio lo que había al pie del sofá, su respiración se congeló.
- ¡Amy!
  Hox corrió hasta donde se encontraba su esposa, tendida boca abajo. Alguien la había desnudado. Alguien, o algo, le había hecho algo peor.
- Oh, Dios mío, Amy, no…
  La mujer tenía todos los miembros dados la vuelta, completamente descoyuntada. El hombre abrazó el frío cuerpo entre lágrimas.
- ¿Qué ha pasado? Por favor… Dios…- balbuceó como un bebé.
  De repente, el sofá salió despedido por los aires, impactando contra la televisión. Hox soltó a su esposa, presa del susto, y ésta también se elevó, golpeando varias veces el techo. El hombre tuvo entonces la súbita certeza de que lo que había sentido era que había algo más en la casa, una presencia llena de ira.
  Sin perder un segundo, Hox corrió por las escaleras. No entendía nada de lo que sucedía, y dudaba poder comprenderlo, así que decidió no perder tiempo en darle vueltas.
  La habitación de sus hijos estaba en la cuarta planta. Cuando entró, les descubrió abrazados en el centro, rodeados de todos los muebles. A juzgar por el desastre aparente, algo similar a lo que había presenciado en el salón había tenido lugar allí también.
- Papá… ¿qué está pasando?- preguntó Christie, entre lágrimas.
  La joven tenía el pelo rubio, mientras que su hermano era pelirrojo. El niño estaba tan asustado que ni siquiera podía hablar.
  Hox pensó que aquella era la pregunta clave que no importaba contestar. ¿Un demonio? ¿Fantasmas? ¿La casa estaba encantada? Era imposible de saber. Era inútil saber.
- Nos vamos.
  El hombre cogió a sus hijos de las manos y se los llevó. En su precipitada huida, muebles y objetos seguían volando: lámparas, mesillas, camas, espejos… Aquella vorágine era una auténtica pesadilla.
  Habían llegado al segundo piso, cuando un tirón seco e inesperado le arrebató a su hijo varón. Ross se elevó, gritando y tendiéndole la mano vacía en el aire.
- ¡Papá!- lloró el joven.
  Hox no fue capaz de reaccionar a tiempo. Los ojos del infante reflejaron un terror tan profundo como la muerte y, en un segundo, su cabeza se desprendió de su cuerpo.
- ¡Hermano!- chilló Christie.
  Quizás la niña sí, pero Hox no podía permitirse llorar. Ya habría tiempo luego. El hombre levantó a su hija en brazos y siguió adelante.
  A pesar de la celeridad, evitó caer por las escaleras. El recibidor era un campo de batalla, imposible de atravesar. Un cuadro volador casi le saca un ojo, y una silla estuvo a punto de derribarle. La puerta estaba impedida por un armario.
  Hox probó suerte en el salón. Trató de no mirar más de lo necesario, evitando enfrentarse al cadáver de su esposa.
- No mires, cielo- le susurró a Christie.
  El hombre corrió hasta una ventana y dejó a su hija en el suelo. Trató de abrirla sin éxito. Estaba atrancada.
- Papá, ¡deprisa!
  Las cosas se volvieron mucho peor dentro de la casa. Todos los objetos salieron despedidos al mismo tiempo, cada vez más cerca de ellos. El hombre puso todo su empeño en forzar la salida.
- ¡Papá!- chilló Christie.
  Finalmente, la estructura cedió. Hox sacó a su hija primero y después, de un salto, él también salió al exterior.
  El estruendo dentro de su casa les indicó que las cosas seguían siendo peligrosas. Hox y su hija no se detuvieron.
- ¿Qué está pasando…?- insistió la niña, deshaciéndose en lágrimas.
- No lo sé… juro que no lo sé…- lloró también Hox.
  Los dos habían alcanzado el coche casi, cuando un golpe le derribó. Notó una fuerza opresora en su espalda, tan poderosa que le mantuvo pegado al suelo.
- ¡Papá!- gritó Christie, mientras se elevaba varios metros.
- ¡Hija!
  Hox trató de zafarse. Pataleó impotente, pero no pudo hacer nada.
- ¡Pap…!
   El cuerpo de la niña empezó a retorcerse de manera horrenda, a deformarse y a romperse en varias partes, como si estuviese dentro de una trituradora invisible.
  El dolor y la rabia consumieron a su padre.
- ¡Nooo…!

- ¡Jaydon!- gritó Jocelyn.
  El niño miró a su hermana, con un gesto mitad culpable, mitad risueño en el rostro. Luego, cogió el muñeco que estaba pisando y se lo enseñó a la niña, radicalizando su sonrisa.
- Esto por lo de ayer.
  La pequeña miró su habitación, toda desordenada, especialmente su casita de muñecas. Algunos de sus juguetes estaban rotos, y su perro se entretenía masticando una muñeca rubia.
  Jocelyn empezó a llorar. Salió de la habitación, gritando desconsolada.
- ¡Mamá! ¡Jaydon me ha roto las muñecas y le ha dado mi prefe a Buster…!
- ¡Ella ayer me coló un balón!- se defendió su hermano, corriendo tras ella.
  Tendido en el suelo, Hox apenas podía dar crédito. Quizás por el dolor, quizás porque así lo había querido el destino, la barrera entre sus mundos se había roto y él había podido verles. Eran gigantes, eran poderosos, tanto que podían jugar con sus vidas. Pero aquellos seres, dioses o no, habían destruido a su familia.
  El muñeco se puso en pie con dificultad y corrió a esconderse. Por el camino, vio un reflejo plateado en una de las estanterías. Parecían unas tijeras gigantes.
  Hox se metió bajo la cama, manteniendo en su mente el recuerdo de sus seres queridos asesinados, mutilados. Y el recuerdo del acero.
- Llegará la noche… llegará mi venganza…

FIN